No nos vamos a perdonar

De las cosas que frustran y entristecen el intelecto, una de las peores es la búsqueda vana de sensatez y responsabilidad en la política de nuestros días, incluso en año electoral, del que se esperaría más estímulo cerebral y noticia interesante. Y no me refiero a la política de sus profesionales, los políticos, sino a la de todos. A la de los ciudadanos, los periodistas y los académicos, contando solo tres amplias categorías sin agotar los dedos de una mano.

La experiencia es bipolar, extrema. Va desde el aburrimiento hasta los saltos de pánico.

Cada vez más superficial y de corta mira, menos informado y visionario, el debate actual sobre los asuntos públicos aburre. Fastidia. La irrelevancia manda con todo el peso de su apabullante dominio, y llena con su bla bla indistinguible cuanta pantalla o papel tengamos a mano. Es lo que hay: lugares comunes, ideas con olor a naftalina, falta de mundo, pequeñeces insípidas y preguntas lisa y llanamente tontas, algunas planteadas por periodistas, candidatos, intelectuales y cibernautas con el desafío confiado de «ya le vamos a sacar al pizarrón». No faltan, por supuesto, la exhumación de ataúdes y el alboroto de fantasmas políticos. El condimento malo, que ni sal ni pimienta, es el chiste del día, el desliz, el pecado del imprudente y lenguaraz… cualquier cosa que cebe la rabia o la burla, pero que no vaya a ningún lado importante. Y de ahí la trifulca menor.

De repente, el griterío y los cañonazos que espabilan y sacuden la modorra como si despertara uno, sin saber cómo, en zona de guerra. Disparan insultos. Se dan de trompadas. De golpe, lanzan en cohete alguno de esos planes de reforma pretenciosos que ya sabemos en qué terminan. O prometen alguna política o medida experimental rayana en la locura, que de la boca sale rellena y pintada de fracaso y peligro, decidida a cargarse el país en los primeros cien días. Y uno se inquieta, pues lo único importante que aparece es en calidad de blanco, como la constitución o el sistema económico.

Sobre los grandes temas, los que deberían ponernos a tomar café todas las noches para estudiar cómo les hacemos frente, pues bien, gracias. ¿Ocuparse del largo plazo, que es cada vez más corto? Ya veremos… o ya verán otros.

Cinco minutos de debate o entrevista, y un vistazo a la gradería virtual en redes sociales, dejan clarísima la situación: el nivel es fatalmente deprimente.

Mientras tanto, los especialistas —los buenos— se queman las pestañas en reportes y análisis que nos advierten sobre impactos profundos y a gran escala. No mañana… ¡hoy! En lo geopolítico, lo demográfico y lo tecnológico, por ejemplo, nuestra nueva normalidad es la de los cambios disruptivos. Y eso significa que nuestras intuiciones de siempre y nuestra capacidad para proyectar están en aprietos. Entre los riesgos globales —y latinoamericanos— que encabezan la lista anual del Foro Económico Mundial están el fracaso de gobiernos, la inestabilidad social, el desempleo y el subempleo. No extraña, estando como estamos, que respondamos con torpeza, lentitud y negligencia —si es que respondemos— a los desafíos planteados en la educación, el trabajo, los modelos de negocios, las instituciones o la economía. Y esto vale para públicos y privados, para el Estado y la empresa, para la academia y la sociedad civil.

Pongámoslo así, solo con tres puntos de urgente atención: Mientras sigamos jugueteando ideológicamente con la gratuidad y el lucro en la educación, sin tratar en serio lo serio —su enfoque, orientación y propósito para hoy y para lo que viene—, seguiremos preparando con minuciosa prolijidad nuestro fracaso. Y como la inteligencia artificial, los robots y los algoritmos no hacen huelga, poco les importa a ellos nuestras discusiones desactualizadas al respecto, que evolucionarán torpemente hacia lo fácil y políticamente rentable: proteccionismo, cuotas e ingresos mínimos garantizados.  Ni hablar de la posición de este Chile que trastabilla ahora entre los índices de riesgo y otros números, mientras el mapa le cambió sin siquiera preguntarle. Ahí tenemos, por ejemplo, a un Perú mucho más competitivo y a una Argentina en veremos, pero distinta. Y no digo más porque ya basta y sobra.

Entre la irrelevancia, la inmadurez y la irresponsabilidad generalizadas, el panorama aterra. La discusión electoral no está dando precisamente buenas señas. Pero esto no es para llorar derrotados entre el pesimismo y la impotencia, sino para, de verdad, «sacarnos al pizarrón»… ¡a todos nosotros! No nos vamos a perdonar si este momento pasa a la historia como el inicio de nuestra decadencia.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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