Las máscaras del terrorismo indigenista

Sabemos que en Chile estamos viviendo tiempos recios. Hemos sufrido una pandemia con grandes consecuencias económicas, educacionales y psicológicas. Por otro lado, la sequía y el cambio climático están afectando profundamente al país y a sus pueblos agrícolas. Asimismo, nuestra convivencia social y el espacio público están casi en ruinas producto del “estallido social”, las redes sociales polarizantes y la ideología política extrema. Como si todo esto ya fuera poco, hoy en el país tenemos que enfrentar una nueva amenaza que nos acecha: el terrorismo y sus múltiples máscaras de violencia

Pues bien, estas semanas el Instituto de Economía y Paz (IEP – Institute for Economics and Peace), ha apenas publicado su informe anual conocido como el “Global Terrorism Index 2022″ y los resultados para nuestro país son alarmantes: dicho ranking global advierte que el terrorismo en Chile ha experimentado un alza enorme, convirtiéndose en el segundo país de Latinoamérica con más ataques terroristas. Asimismo, el informe internacional ubica a Chile, a nivel global, en el puesto top 18 del ranking mundial con más terrorismo. Además, señala que en el 2021 se registraron 362 ataques terroristas” y señala que más de la mitad “se atribuyeron a indígenas mapuches extremistas”. El IEP es la entidad internacional independiente más importante en la medición de violencia, terrorismo y paz. El cálculo de la puntuación del ranking GTI tiene en cuenta no sólo las muertes producto del terrorismo, sino también los incidentes, los rehenes y las lesiones del terrorismo, ponderando los resultados en un período de cinco años. El ranking utiliza una serie de factores para calcular el puntaje: utilizando el número de incidentes, muertes, lesiones y rehenes, los cuales luego se combinan con datos socioeconómicos y de conflicto.

En el caso de Chile, el GTI revela un alza del terrorismo en todos dichos índices, pasando del puesto 47 en el 2020 (con un puntaje de 4.031), al preocupante puesto 18 (con puntaje hoy de 6.496). De esta forma, hoy Chile se ubica dentro de los 20 países con más terrorismo en el mundo, apenas debajo de países tan inestables como Mozambique, Egipto y la República del Congo, y superamos en terrorismo a países como Kenia, Turquía, Libia y Palestina. Asimismo, Chile pasó a ser el segundo país con más terrorismo de la región muy cerca de Colombia (que tiene puntaje de 7.06) y muy por sobre nuestros vecinos cercanos como Perú (4.47) y Argentina (2.65). Pareciera entonces que, en estos últimos años, no solo nos hemos “Latinoamericanizado” y vuelto a la mediocridad económica y desorganización política que caracteriza a nuestro continente, sino que —más preocupante aún— nos estamos pareciendo cada vez más a los países inestables llenos de violencia y terrorismo que podemos encontrar a lo largo de África.

Dicho informe señala explícitamente el caso de Chile (p. 43) como preocupante cuando se ve su índice de terrorismo en el lapso de esta última década. En palabras del informe: “el nivel general de terrorismo sigue siendo mucho más alto que hace una década, con Chile, Perú y Argentina aumentando significativamente sus niveles de terrorismo en 2021, en comparación con 2011″. Junto con tener el segundo puntaje más alto de terrorismo en Latinoamérica, el estudio señala que se han registraron 831 atentados y 11 muertos por terrorismo en la última década, y solo en el 2021 se registraron 362 ataques terroristas en el país, en donde la mitad de estos fueron atribuidos a extremistas mapuches. De esta forma, “ha habido un resurgimiento en el conflicto entre los mapuches y el gobierno chileno en últimos años, con 359 ataques atribuidos a extremistas mapuches desde el 2020. La mayoría de dichos ataques han sido dirigidos contra las actividades comerciales y empresas en la región”.

Todo lo anterior es alarmante, pero no debería sorprender a nadie que haya tenido los ojos abiertos durante estos últimos años, ya que desde el 2019 aproximadamente que el Estado de Derecho en Chile y el monopolio legítimo de la fuerza del Estado se han desmoronado y el país ha caído en un espiral de ingobernabilidad que no veíamos desde la década de los 70′. Pues bien, en el último catastro de la violencia y terrorismo en la Macrozona Sur del país —realizado por la Agencia Nacional de Inteligencia (ANI) junto a la Dipolcar y la Policía de Investigaciones (PDI) se evidencia que, desde el 2015 hasta el 2020, se registraron 772 atentados, siendo un 36,4% de ellos perpetrado contra inmuebles de civiles y 22,9% contra camiones. El catastro constata que esta violencia ha venido en aumento en los últimos años y después del 18-O. De hecho, después del “estallido social”, el terrorismo en la Macrozona Sur ha alcanzado ribetes inverosímiles, con innumerables incendios a viviendas y delitos contra la propiedad que han visto un aumento del 126%, que pasaron de 206 a 466 casos solo entre el 1 de enero y el 6 de junio de 2020 y el mismo periodo del 2021. Además, las tasas de usurpaciones de terrenos crecen 342% en un año y los homicidios frustrados lo hacen en un 224%.

Con todo, para los estándares internacionales disponibles, lo que está ocurriendo en el sur del país definitivamente puede ser definido como una escalada de terrorismo sin precedentes. Chile pareciera haber rápidamente involucionado, a punta de una ciudadanía barbárica e irrespetuosa de las libertades más básicas, para colocarse dentro de aquel trágico grupo de países con más terrorismo en el mundo. Nos encontramos en la deplorable realidad de que no solo hemos retrocedido de forma considerable en materia de nuestras libertades económicas, sino que, más preocupante aún, ahora estamos retrocediendo respecto a nuestras libertades más fundamentales a punta del terror y la violencia contra civiles y empresas; todo esto disfrazado de una causa política descolonizadora e indigenista.

En síntesis, ante toda esta evidencia parece increíble que exista todavía un porcentaje de la población del país y diversos grupos políticos de izquierda que siguen negando la existencia del terrorismo mapuche en Chile y postulando que todo lo acontecido en el sur, no sea parte de una escalada terrorista, sino que más bien parte de una causa justa y noble por la emancipación de pueblos oprimidos que poseen “otra cosmovisión”. A través de tergiversar y manipular el lenguaje a conveniencia y usar conceptos difusos y de descolonización para justificar lo injustificable, nos hemos envenenado como sociedad. Y así, el lenguaje de la izquierda posmoderna, ha terminado por enmascarar al terrorismo y a sus demonios.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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