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El triunfo del 22 Publicada en La Segunda, 20.12.2023

El triunfo del 22

Los años que siguieron a la crisis financiera de 2008 y la perturbadora aparición de redes sociales tenían que terminar en algo. El desasosiego que trajeron esos dos fenómenos fue grande y prácticamente ningún país se ha salvado. Ricos o pobres, industriales o agricultores, latinos o nórdicos, con o sin lucro en educación, y de habla inglesa o portuguesa, todos los países han tenido que enfrentarse a estallidos, demagogia y populismos —antes en apaciguamiento—. Cada uno con sus particularidades.

«Nos salvó una pandemia mundial, durante la cual tampoco cejaron: mintieron sobre propiedad de pensiones, sobre qué hacer con el crimen y sobre qué hacer con el virus —para qué seguir con el tour—. Y terminamos estos cuatro años con dos pataletas ciudadanas en contra la idea inicial que aprobó la minoría del 39% de los chilenos, travestida en un supuesto 78%».

En Chile llovió el herético dinero luego de una dictadura. Aparecían oportunidades y trabajo, paz y felicidad, todos anestesiados. La política no penetraba en las nuevas generaciones y había nula transmisión de todo lo que se mejoraba en protección de los humedales, la educación y la construcción de plazas. Faltaba todavía, pero los políticos se durmieron en los laureles mientras se repartían los trabajos estatales y bloqueaban a los jóvenes. Y los chilenos, élites incluidas, crecían sin leer los diarios y menos las deprimentes estadísticas, por lo que no diferenciaban una constitución de un Nintendo. Trabajaban y celebraban, hasta que todo se derrumbó. Los universitarios sin trabajo y la pobreza y barrios destruidos que todavía quedaban, empezaron a hacerse importantes hasta que llegó la derecha al poder. Enojo y venganza. La soledad de la metrópoli oscurecía todo y explotaban las redes sociales al mismo tiempo que arribaba la odiosidad del gobierno de Bachelet 2 con sus reformas que destruyeron la conversación, la educación y la economía.

La inmovilización económica, sumada a una inmigración descontrolada, eliminó la anestesia y nos llevó al estallido de 2019. La canalización demagógica de toda esa violencia la lideraron los genuflexos líderes de la Concertación que se entregaron alucinados a unos jóvenes carnavalescos incapaces de terminar la universidad —porque sus compañeros mateos estaban trabajando, en otra—. Todos, con unas míseras excepciones, incluso intentaron destituir al inocente presidente Piñera, ya que después de ceder la Constitución, tampoco lo dejaron en paz. Nos salvó una pandemia mundial, durante la cual tampoco cejaron: mintieron sobre propiedad de pensiones, sobre qué hacer con el crimen y sobre qué hacer con el virus —para qué seguir con el tour—. Terminamos estos cuatro años con dos pataletas ciudadanas en contra la idea inicial que aprobó la minoría del 39% de los chilenos (travestida en un supuesto 78%, porque en 2020 llegó a votar apenas la mitad —y muchos mareados con el Nintendo, en todo caso—).

Estos cuatro años catárticos nos salvaron de caer en el eje Bolivia-Ecuador-Venezuela, y esperemos sirvan de vacuna cívica para los años y generaciones eternas que vienen. Y los políticos, por mientras, que se ordenen. No nos quedan fusibles para la temida salida.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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