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El odio a los ricos Publicado en El Líbero, 08.12.2023

El odio a los ricos

imagen autor Autor: Juan Lagos

Hace pocos días fue tendencia en las redes sociales el periodista argentino Ernesto Tenembaum por el ataque que pronunció en su programa de radio en contra del empresario Marcos Galperin, fundador de Mercado Libre. Lo que empezó como una respuesta a un tuit de Galperin terminó por convertirse en una diatriba socialista de manual. Criticó a Galperin por haberse ido a vivir a Uruguay, acusándolo de amarrete y miserable, que por su culpa el país tiene menos recursos, perjudicando a los más pobres de Argentina (aunque nada dice de los pobres beneficiados en Uruguay con esa decisión, dicho sea de paso). No conforme con eso, Tenembaum menospreció la trayectoria del empresario argentino diciendo que Mercado Libre no es una cosa del otro mundo, que no descubrió una vacuna o pateó el penal de la final contra Francia, solamente se aprovechó de un recurso tecnológico «para repartir paquetes».

Me valgo de este ejemplo solo por reciente, porque expresiones de esta naturaleza se ven a diario en todas partes del mundo. Con todo, no por su repetición deja de ser una pobre forma de ver el mundo. Reducir el aporte social a la cantidad de impuestos pagados al Estado es pasar por alto las millones de interacciones voluntarias que, en un marco de convivencia común, contribuyen significativamente a mejorar nuestra vida diaria. Considerar el pago de impuestos como un gesto de generosidad es menospreciar que las virtudes humanas emanan de actos realizados libremente y no de aquellos llevados a cabo bajo coacción, como lo es el pago de impuestos. Por último, celebrar únicamente el ingenio de quienes inventan algo nuevo en la economía es pasar por alto que el éxito económico también depende de la gestión eficaz, la perseverancia constante y no solo de la chispa de creatividad.

«El odio a los ricos es un libro importante que le permitirá entender que la recesión de nuestra economía no solo es un fenómeno de cifras y políticas, sino que tiene sus cimientos en raíces morales profundas».

El menosprecio de la actividad empresarial puede tener diversos orígenes. Por ejemplo, la ignorancia en economía o finanzas básicas nos puede hacer pensar que mantener una empresa a lo largo del tiempo es pan comido o la falta de experiencia en la vida también puede alimentar esa falsa idea. Pero ninguna causa es más perenne en este caso que el resentimiento que puede causar el éxito económico en algunos. En ese caso, el problema deja de ser puramente intelectual y pasa a ser también un problema moral.

La envidia y el odio a los ricos no sale gratis para los países como bien lo demuestra el libro El odio a los ricos. Igualitarismo, decadencia económica y percepción pública, escrito por Axel Kaiser y Rainer Zitelmann. Esta obra deja en evidencia que el odio a los ricos fue un factor clave en el freno del desarrollo económico en Chile, lamentable fenómeno previsto por el propio Kaiser en La fatal ignorancia y debidamente analizado a posteriori por diversos autores como Pablo Paniagua en su libro Atrofia o más recientemente en el ensayo «Una década perdida» de Gonzalo Sanhueza y Arturo Claro.

El odio a los ricos fue el combustible cultural del que se valieron políticos demagogos para buscar la igualdad a través de reformas al sistema tributario que terminaron por destruir a la economía chilena. La causa de nuestros problemas en tiempos del segundo mandato de la presidenta Bachelet estaba en que los ricos no ponían la plata suficiente para asegurar el bienestar. Los hechos terminaron demostrando que la realidad era mucho más compleja que la pintada por los personeros de la Nueva Mayoría. Fuimos por mejor redistribución a cambio de prosperidad y al final no conseguimos ni lo uno ni lo otro.

No se trata de un fenómeno exclusivo para Chile, en todos los lugares donde primó el resentimiento hacia los que más dinero tienen terminaron fracasando más temprano que tarde. Nadie está libre de esta enfermedad moral que carcome nuestra economía y nuestra vida en comunidad. No lo estuvo Alemania después de la Segunda Guerra Mundial, tampoco Inglaterra y Suecia en los setenta, ni menos Venezuela a fines de los noventa. Pero, así como nadie está libre, nadie está condenado a padecer ad eternum de este mal que estanca el progreso: Alemania necesitó de un Ludwig Erhard para superar el mal hereditario de la envidia que tenían los alemanes y que los llevaba a todos a querer vivir «con la mano en el bolsillo de los demás» (p. 52 del libro). Pronto Veremos si Milei podrá hacer lo propio con Argentina y ya veremos quién nos podrá echar una mano aquí en Chile.

El segundo capítulo del libro está basado en un estudio sobre la percepción que tienen los chilenos sobre los ricos, ejercicio similar que ya había realizado Rainer Zitelmann en su libro Los ricos ante la opinión pública aplicado esa vez a Alemania, España, Estados Unidos, Francia, Italia, Reino Unido y Suecia. Los resultados no son muy halagüeños: en el contexto chileno, se evidencia una tendencia generalizada hacia posturas anticapitalistas y una imagen poco favorable de los acaudalados, aunque no llega a los niveles de crítica observados en algunas naciones europeas. La juventud chilena muestra una postura más crítica comparada con las generaciones mayores. Una de las gráficas que más me llamó la atención fue: ¿qué rasgos de personalidad asocian los chilenos con los más ricos? Más de un 50% de los encuestados catalogaron a los ricos como materialistas, arrogantes, codiciosos y egocéntricos. Mientras que menos de un 30% los considera trabajadores, imaginativos, optimistas u honrados.

El odio a los ricos es un libro importante que le permitirá entender que la recesión de nuestra economía no solo es un fenómeno de cifras y políticas, sino que tiene sus cimientos en raíces morales profundas. Esta percepción hostil hacia la riqueza ha facilitado la implementación de políticas que, lejos de fomentar el desarrollo, han terminado por socavar los pilares de nuestro progreso.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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