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El activismo tóxico de Joseph Stiglitz Publicado en El Mercurio 18.11.2022

El activismo tóxico de Joseph Stiglitz

imagen autor Autor: Axel Kaiser

En su visita reciente a Chile, el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz afirmó que Milton Friedman “no tuvo problema” en trabajar con el dictador Augusto Pinochet para imponer sus ideas “tóxicas” al pueblo chileno. Friedman, según Stiglitz, no era un economista, sino más bien un “ideólogo de derecha” desinteresado en los hechos. La verdad, sin embargo, es que Friedman nunca “trabajó” con Pinochet y criticó explícitamente la falta de libertad política durante su régimen. Stiglitz, por otro lado, ha estado más que dispuesto a apoyar y defender a los peores demagogos y dictadores socialistas de América Latina. El Presidente Boric, quien se ha autodefinido como “marxista” y ha prometido “enterrar el neoliberalismo” es solo la mascota más reciente del activismo tóxico del economista norteamericano.

La amistad de Stiglitz con la corrupta dinastía Kirchner en Argentina es de larga data. Ya en 2005, el profesor de la Universidad de Columbia se reunió con el presidente Néstor Kirchner en Buenos Aires para apoyar su agenda “antineoliberal”. Durante años, Stiglitz ha respaldado la narrativa kirchnerista de que otras entidades, especialmente el FMI, tienen la culpa del desastre económico de Argentina. En enero pasado, Stiglitz llegó a proclamar que las políticas económicas del actual régimen de Fernández-Kirchner durante la pandemia del covid eran un “milagro económico”, generando rechazo de diversos colegas en Europa y EE.UU. El gobierno que defiende Stiglitz es el mismo que terminará 2022 con una tasa de inflación de más del 100% y una tasa de pobreza de casi el 40%.

"Durante años, Stiglitz ha respaldado la narrativa kirchnerista de que otras entidades, especialmente el FMI, tienen la culpa del desastre económico de Argentina".

En 2006, cuando el presidente boliviano Evo Morales necesitaba a un economista internacional para dar credibilidad a la nacionalización de los campos de gas y petróleo, Stiglitz estuvo feliz de complacerlo. En una columna para Project Syndicate, Stiglitz elogió la decisión de Morales a pesar de que significó una violación directa de los contratos que el Estado boliviano había negociado con empresas privadas. Pero Stiglitz además visitó Bolivia en 2006 para ofrecer apoyo directo al proyecto socialista autoritario de Morales. Tras el encuentro con miembros del gobierno, el propio Morales celebró el apoyo entusiasta de Stiglitz a su populismo. En Twitter, Morales escribió: “Se me informó que el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, quien estaba de visita en Bolivia, dijo que apoya las reformas de nuestro proceso. Solo el imperio y las organizaciones capitalistas internacionales rechazan el derecho de los países a administrar su propio patrimonio y recursos naturales”. Como era de esperar, los programas de nacionalización de Morales destruyeron cualquier incentivo para la inversión privada adicional dirigida a explorar y desarrollar nuevas reservas de petróleo y gas. Según el exministro de Hidrocarburos y Energía Álvaro Ríos, si no se modifica el modelo de Morales, en 10 años Bolivia podría verse obligada a importar gas para satisfacer las necesidades de su población.

En 2007, Stiglitz viajó a Ecuador para reunirse con miembros de la administración de Rafael Correa para discutir políticas económicas. Durante su visita, el premio Nobel respaldó plenamente la narrativa de Correa de que el “neoliberalismo” basado en las privatizaciones y el libre mercado había fracasado y aconsejó al régimen que continuara su curso populista. Stiglitz llegó a proponer terminar paulatinamente con la dolarización de la economía ecuatoriana para darle mayor poder al gobierno. Gracias a los precios récord del petróleo, Correa acumuló decenas de miles de millones de dólares para derrocharlos en sus políticas populistas disfrutando inicialmente de buenas cifras de PIB. Sin embargo, una vez que los precios del petróleo cayeron en 2015, la economía se estancó. Cuando Correa dejó el cargo, la deuda pública se había duplicado al 45% del PIB, el déficit fiscal estaba en el 6,7% del PIB, la economía estaba en recesión y el desempleo era el más alto desde la crisis financiera mundial de 2008. Como resultado de la mala gestión económica de Correa avalada por Stiglitz, su sucesor, Lenín Moreno, un político de izquierda, tuvo que pedir un rescate al FMI.

En 2007 Stiglitz también viajó a Caracas para reunirse con Hugo Chávez y felicitarlo personalmente por el gran trabajo que estaba realizando en el frente económico y de políticas públicas. Durante su visita, celebró la masiva redistribución populista de la renta petrolera afirmando que “no era un objetivo revolucionario, sino innovador”. Stiglitz insistió en la idea de que Chávez estaba ayudando a los pobres: “El presidente Chávez parece haber tenido éxito en llevar salud y educación a la gente de los barrios pobres de Caracas, a los que antes veían pocos beneficios de la riqueza petrolera del país”, dijo. Luego continuó argumentando que los tratados de libre comercio eran malos para América Latina y que la iniciativa absurda de Chávez de crear un Banco del Sur que pudiera competir con el Banco Mundial y el FMI era una “buena idea”. Stiglitz, incluso, llegó a respaldar la reforma constitucional de Chávez para socavar la autonomía del Banco Central de Venezuela, argumentando que no era bueno que un banco central tuviera un margen de maniobra excesivo.

Pero en ningún lugar se reflejó más claramente el desprecio de Stiglitz por la democracia liberal, la verdad y los derechos humanos que en sus visitas a Cuba en 2002 y 2016. En 2016, en Cuba, reflexionó públicamente sobre su encuentro con el dictador Fidel Castro en los siguientes términos: “Recuerdo vívidamente la visita que realicé a la Asociación de Contadores y Economistas de Cuba (ANEC) cuando esta organización me invitó para festejar mi cumpleaños el 9 de febrero de 2002, y la fascinación que me produjo que Fidel conociera mi onomástico y me felicitara personalmente. Fue extraordinario contar con su presencia, y en los tres siguientes días nos reunimos con él”. Según medios cubanos, en su visita de 2016, Stiglitz también elogió los éxitos de Cuba en el desarrollo de la salud y la educación. Es más, Stiglitz llegó a argumentar que Cuba estaba “económicamente preparada para enfrentar los cambios tecnológicos que se estaban produciendo en la economía global”. Una de las principales mentiras que difunde el régimen es precisamente la que celebró Stiglitz según la cual la salud en la isla es de primer nivel. La verdad es que muchas de las estadísticas del sistema de salud de Cuba son manipuladas. La proporción de médicos como parte de la población, por ejemplo, es una de las más altas del mundo. Sin embargo, la mitad de ellos son explotados en el exterior como fuente de ingresos de la dictadura. En general, el programa de esclavitud de médicos de Cuba genera alrededor de 7 mil millones de dólares cada año para el régimen. Mientras tanto, los médicos de la isla ganan alrededor de 50 dólares al mes. La situación de salud de los cubanos en la isla además es grave. En 2010, The Wall Street Journal reportó que los cubanos deben llevar sus propias jeringas, toallas y sábanas cuando acuden a los hospitales. Las mujeres evitan los exámenes ginecológicos para prevenir infecciones causadas por equipos y prácticas antihigiénicas. Y en lo que se refiere a la calidad de los médicos, aquellos que huyen a Estados Unidos descubren que su formación a menudo no está al nivel necesario para obtener una licencia para ejercer la medicina. Como resultado, muchos se convierten en enfermeros. Otros investigadores han descubierto que la verdadera tasa de mortalidad infantil es al menos el doble de la cifra oficial del régimen. En lugar de haber confiado en las estadísticas oficiales de un régimen totalitario, hubiera sido mejor para Stiglitz haber visitado los centros médicos reales donde los cubanos reciben tratamiento y ver por sí mismo cómo estaban funcionando las políticas que admira. Pero preocuparse por los hechos no debe parecer necesario para un activista ideológico cuyo radicalismo pudo incluso impresionar a Fidel Castro. Con motivo de la visita de Stiglitz a Cuba en 2002, Castro le presentó a Stiglitz al periodista español Ignacio Ramonet, un comunista acérrimo, diciendo: “Es economista y estadounidense, pero es el mayor radical que he visto en mi vida. Junto a él, soy un moderado”.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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