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Con Milei, Argentina ha vuelto a ser noticia Publicada en El Líbero, 28.08.2023

Con Milei, Argentina ha vuelto a ser noticia

Argentina ha vuelto a ser noticia. Desde el Mundial andaba deslucida: sólo algún récord de inflación de vez en cuando o un capricho de Messi en el Caribe, y el resto quedaba para los especialistas o las víctimas directas. Pero eso cambió el pasado domingo 13 de agosto cuando se celebraron las primarias obligatorias. Sus resultados han dejado pasmados a los dirigentes: políticos, medios, sindicalismo y empresarios, en fin, a toda la cúpula que dirige el país, aunque sus resultados estaban anticipados desde hace tiempo porque la fragilidad y peligrosidad de la situación política actual del país resulta responsabilidad directa de ellos. 

Las cifras de la pasada elección se componen de los siguientes números. El Frente de Todos –que cambió de nombre a Unión por la Patria– en las elecciones generales de 2019 sacó casi 13.000.000 de votos y ahora 6.400.000. Esta pérdida de casi la mitad de los votos explica la pelea interna del peronismo. 

Juntos por el Cambio, como oposición oficial en estos últimos 16 años, debería ser quien capturara esos 6.500.000. Es, después de todo, la principal oposición. Pero también resultó sometida a la misma contracción, al mismo declive. En las elecciones generales de 2019, obtuvo 10.800.000 votos. En estas últimas 6.600.00. Gran desafío para Patricia Bullrich. Si procura reconciliarse con los simpatizantes del alcalde porteño que compitió contra ella, correrá el riesgo de enojar a quienes podrían sentirse atraídos por Milei. Pero si trata de seducir a quienes votaron al libertario, asegurándoles que en el fondo es tan «liberal» como el que más, pero que, a diferencia de un candidato sin estructuras, sería capaz de formar un gobierno genuinamente reformista, podría asustar a «moderados» de Juntos por el Cambio que, luego de pensarlo, tomarían a Sergio Massa por el mal menor. 

«Milei dio un mensaje contra los dos últimos gobiernos, hay aquí una cuestión de oportunidad bien lograda, ya que hace años viene predicando contra ambas administraciones».

Frente a esto La Libertad Avanza, el partido de Javier Milei que no existía en el 2019, irrumpe con 7.000.000 de votos que toma de ambos partidos. Lo votan pobres y ricos, votantes de JxC y del peronismo, y de todas las franjas etáreas. 

Y aunque hay un aumento del voto blanco y nulo, que pasa de 600.000 en 2019 a 1.400.000 en 2023, el gran fenómeno fue la ausencia, la abstención. En las elecciones generales de 2019 hubo 6.700.000 de personas que no concurrieron a votar. Hoy la cifra volvió a aumentar a 11.500.000. Se trata de un país que, por fuera de la ley, pasa del voto obligatorio al voto voluntario. Ahí está el agujero. En la abstención está cifrado el resultado de las elecciones del 22 de octubre. Hay una mayoría abrumadora de argentinos resuelta a romper con el statu quo.  

Pero lo que sorprende no es que Milei haya ganado las pasadas primarias con su slogan del tipo «que se vayan todos». Lo que llama la atención es que esa patria dirigencial haya quedado tan perpleja. Ahí está la clave del voto de Milei, en la desconexión que existe entre quienes dirigen el destino del país y lo comunican, y quienes forjan ese mismo destino. Se trata de un país que pasó de estar entre los más ricos del mundo al lugar 140, en el que 18 millones de personas viven en la pobreza -no sólo la clase media-baja es pobre, también la media-media. En donde la seguridad, que se supone monopolio del Estado y no es discutida ni por el candidato liberal, no existe y por ello un par de motochorros matan a una niña camino a la escuela a cambio de un celular viejo para comprar droga. En el que ir al supermercado aún en los barrios más ricos es un paseo por las góndolas venezolanas. En el que la educación y la salud -otrora orgullo después de haber dado cinco premios Nobel- están ya, no en franco deterioro, sino ausentes: muchas escuelas del conurbano permanecen cerradas después de la pandemia. En el que siendo el valor agregado por trabajador agrícola de los más altos del mundo, cuatro millones de personas no comen suficiente y donde un buen tercio de ellas, sin empleos ni ingresos genuinos, malviven de limosnas y dádivas estatales por las que deben -o deberían- obediencia a los que se las dan. Y en el que la inflación proyectada hoy es del 140%.  

Que ante semejante escenario quienes son los responsables de conducir el país -los mismos desde hace años- no hayan visto que un Estado completamente fallido que no provee nada pero exige ante su altar el sacrificio de todo –ejemplo de ello es su esquema de 148 impuestos– en algún momento iba a querer ser desmantelado habla de su autismo. Sólo quien lleva una vida acomodada y segura puede quedar sorprendido ante el resultado electoral del pasado 13 de agosto. La idea de que las elecciones se ganan aumentando las jubilaciones o subiendo el piso del impuesto a las ganancias se demostró falsa: la gente ya entendió que hay una parte del drama que no se resuelve con más gasto. El clásico discurso protector peronista, su visión del Estado como igualador social y su apelación a la acción colectiva de sindicatos o movimientos sociales tiene poco que ver con las vidas sufridas, atomizadas y entrecortadas de cada vez más personas. Pero si este discurso pudo sonar pasado de moda, el discurso progresista que encaró parte de la oposición apareció como una excusa para encubrir sus privilegios. 

Milei dio un mensaje contra los dos últimos gobiernos, hay aquí una cuestión de oportunidad bien lograda, ya que hace años viene predicando contra ambas administraciones. Porque si Massa representa al oficialismo kirchnerista, Larreta y Bullrich representan la continuidad de lo que pasó con Macri, quien huyó de la confrontación apenas terminada la campaña, y ante la imposibilidad de desarmar redes clientelares veladas por subsidios procuró ser aún más dadivoso con una postura culposa frente a su pertenencia al ideario liberal. Dio aires a un Estado inviable y apuró el quebranto. Tampoco modificó el adoctrinamiento educativo, ni la sumisión profunda a la perspectiva de género volcada a cualquier política pública a costa de los contribuyentes. Debilidad, culpa, incompetencia o error de diagnóstico, no interesa: un puñado de oportunidades perdidas provocaron el retroceso alentador del kirchnerismo que volvió recargado a la arena política. Al final, más de lo mismo. 

Así las cosas el ganador de las primarias y posible próximo Presidente ha pasado a estar en el centro de todas las acusaciones. ¿No hay acaso alguna virtud para destacar de quien aboga por los valores que constituyen la esencia de nuestra Constitución, violada una y mil veces por quienes gobiernan hace décadas, frente a la mirada distraída del resto? ¿No tiene ningún mérito quien hablando claramente y sólo exponiendo sus ideas y programa de gobierno logró conseguir el 30% del electorado, harto de una dirigencia política populista, corrupta e inútil que ha llevado al país a tener el peor desempeño de América, con la sola excepción de la Venezuela chavista? Loco, iracundo, de extrema derecha, populista, extravagante, antisistema. Los adjetivos peyorativos que le dedican en el país y en el mundo sobran. De la clase dirigente, nadie parece quererlo. Incluso los empresarios que debieran apoyar a un candidato pro mercado están despavoridos. Aunque no creo en los liderazgos mesiánicos, no se repara que estas características personales no parecen tener tanta importancia si acaso es capaz de llevar adelante lo que es la esencia de su mensaje: el poder debe volver a la gente.

Hay que achicar el Estado, que se ha convertido en una bestia voraz, para que los argentinos recuperen la libertad y la responsabilidad de llevar adelante su propio destino, algo que es norma en sociedades más civilizadas. Frente a este mensaje de empoderamiento del ciudadano, las excentricidades de una persona que es uno más –no es el león que dirige la manada, sólo ha venido «a despertar a los leones»– parecieran perder peso. Milei no es más que la consecuencia de un sistema dirigencial putrefacto. En ese sentido sí es antisistema, y está bien que lo sea. 

El miedo de la dirigencia y de los privilegiados viene por otra parte. Después de décadas sin difundir un planteo teórico seductor, una épica de la libertad, el orgullo de una historia científica y ética de progreso –sólo la defensiva para librarse de los complejos derivados de una historieta revisionista maniquea– Milei aportó narrativa propia y sacó los pies del plato. Y tiene razón. Tampoco puede ser que la cultura del esfuerzo, la meritocracia, el respeto a la ley, la responsabilidad individual, la vida familiar, y, sobre todo, la idea del mercado como el mecanismo ordenador de la economía sean cuestiones de extrema derecha, ni podemos seguir creyendo que el problema de la región, su pertinaz estancamiento moral y económico, es un temita de gestión.

Otro dato del autismo del establishment: sólo Milei ha presentado un programa y sólo a él, que no rehúye una sola pregunta y responde con meridiana claridad, lo han sometido a interrogatorio. Milei no es izquierda ni derecha. Representa otra cosa. Es el único candidato que está diciendo lo que quiere hacer tanto en lo filosófico –el camino es el liberalismo, porque el Estado no puede darlo todo– pero además está dando secuencia a las acciones políticas, estableciendo la transición, detallando el contenido por etapas. Primero, reformas de primera generación, apuntar al equilibrio macro: ajustar las cuentas públicas para que haya cierto equilibrio fiscal, bajar el gasto público para bajar los impuestos que son muchos y muy altos, dejar de emitir moneda con un programa de dolarización –que en sí mismo incluye una secuencia de equilibrar cuentas públicas, abrir la economía, flexibilizar el mercado laboral– y abrir la economía porque la Argentina está aislada del mundo. El abc de la economía ortodoxa. Luego vendrán privatizaciones y más tarde aún, las reformas de tercera generación, las que más asustan por temor a perder lo adquirido, que es reformar los sistemas de educación y salud. Como si los estudiantes hoy estuvieran en Harvard. 

No, el problema de Milei no son las formas. Es más histriónico que el promedio, pero hay que entender que quienes están en la arena política en la Argentina con cierto éxito parecen salidos de The Late Night Show. Y ya hemos explicado que en todo caso, para un candidato que por primera vez en un siglo propone devolverle a la gente el poder que le fue mordiendo el Estado, sus rarezas tienen un peso relativo menor. Por lo dicho, tampoco es su programa el problema. Que es el único candidato, y en muchos años, que presentó programa y equipo de gobierno al inicio mismo de la campaña -Bullrich todavía no puede explicar su plan económico porque ella no sabe y no puede disciplinar a los economistas que la acompañarían. Que no tenga partido político tampoco pareciera ser relevante. La política de partidos no existe en la Argentina hace décadas. Peronismo, Pro, radicalismo, GEN, Recrear, ARI, son todas organizaciones personalistas sin democracia interna. 

La pregunta que importa, en realidad, es si podrá cambiar los destinos del país. Difícilmente. A menos que los responsables mismos de la decadencia del país decidan colaborar y dejen atrás su vida prebendaria más propia de un país bárbaro que del que infundadamente dicen haber ayudado a construir.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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