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Balance 2023: desconexión moral y la consolidación de la violencia Publicado en Radio Agricultura, 03.01.2024

Balance 2023: desconexión moral y la consolidación de la violencia

imagen autor Autor: Antonia Russi

Tras el término del año 2023 lo peor de su balance fue la violencia y la crisis de seguridad nacional. Tanto así, que ni siquiera las fiestas de fin de año estuvieron exentas de terribles ataques, al punto de alcanzar nueve homicidios en Navidad. Sin embargo, esta escalada de violencia se inserta en un contexto bastante más complejo. Según El Mercurio, el año 2023 es el tercer año más violento desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Además de la crisis bélica internacional en Europa Oriental y en el Medio Oriente, América Latina también se ha sumado a esta proliferación de violencia, pero a la cabeza tiene a «actores no estatales» según Irene Mia, editora del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS). 

«El relato revanchista de hacer ver algunos actos como mera reacción a una injusticia (como la justificación de las quemas al patrimonio cultural o el indulto a delincuentes); cambiar y confundir conceptos como violencia y el uso de la fuerza, el buenismo migratorio y el hacer vista gorda al ingreso del narcotráfico, han remecido a nuestra sociedad». 

Con esto nos referimos al aumento del crimen organizado, pero también al aumento de la delincuencia con intimidación. De esta manera, se puede ver el asentamiento de la violencia de forma estructural en Chile, pero lo que es aún más alarmante es la creciente desensibilización institucional ante la escalada violenta, que puede tener un impacto cultural a largo plazo tremendamente difícil de erradicar. 

La psicología social ha dedicado gran parte de sus esfuerzos en estudiar la cognición social y la moralidad del individuo en la sociedad. En este sentido, la Teoría de la Cognición social abarca globalmente varios de estos elementos, intentando vincular el conocimiento moral con el razonamiento de la acción moral misma (Bandura, 1999)De esta manera, ambos procesos se insertan en un contexto social y se comunican mediante mecanismos de autorregulación. La autorregulación, a diferencia de lo que en la actualidad se intenta instalar, es un proceso gradual durante el desarrollo humano, pero que, alcanzando la madurez, la agencia moral es dominada por estándares propios, cuyas «autosanciones» están determinadas por el juicio interno y no así la supuesta «represión» impuesta por la civilización. Con todo, estas auto-sanciones mantienen la conducta en línea con los propios estándares y ya no estarían motivados por castigos legales o culturales (Scandroglio, 2008). Tampoco es cierto que el ser humano es de por sí violento. Si bien, este experimenta cuotas de violencia que son claves para la sobrevivencia, por lo general la crueldad es (estadísticamente) aversiva para el hombre y este tiende a rehuirla (Littman & Levy Paluck, 2015).

Los mecanismos de autorregulación de la violencia, así como la mayoría de los elementos relacionales, pueden ser modificados desde el exterior. Por ello, estos pueden ser activados o inhibidos, permitiendo que maniobras sociales y psicológicas puedan desvincular las auto sanciones morales con la conducta inhumana. Por ello, el macrosistema cultural (así como las tendencias, ideologías políticas o narrativas hegemónicas) pueden hacer que se inhiban las reacciones a comportamientos violentos y crueles. Albert Bandura (1999) categoriza variados mecanismos de desconexión moral con la crueldad; como la justificación moral, etiquetar conducta inhumana eufemísticamente, desplazar la responsabilidad, deshumanizar a ciertos sujetos o atribuir culpas a otros agentes. 

Es evidente, si hacemos un poco de memoria, que alrededor de los últimos cinco años en Chile se ha intentado tergiversar el concepto de lo violento, lo cruel y lo incivilizado. Permitiendo que la violencia se haya ido instalando como nunca la habíamos visto. Así, el relato revanchista de hacer ver algunos actos como mera reacción a una injusticia (como la justificación de las quemas al patrimonio cultural o el indulto a delincuentes); cambiar y confundir conceptos como violencia y el uso de la fuerza, el buenismo migratorio y el hacer vista gorda al ingreso del narcotráfico, han remecido a nuestra sociedad. 

Si bien es posible, que aún no nos hayamos acostumbrado a tales actos y nos sigan horrorizando, no sería astuto creer que esto será para siempre. Uno de los siglos más violentos que se haya documentado en la Historia terminó hace solo dos décadas y sus consecuencias nos siguen afectando transversalmente. Por lo mismo, es crucial estar atentos a los errores que permitirán que la deshumanización y la violencia se instalen en nuestra sociedad, antes de que se transformen en una cultura y comunidad enclaustrada por el totalitarismo permisivo de lo violento. 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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