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¡Seguimos! Publicado en La Segunda, 25.05.2022

¡Seguimos!

Ya son menos los kioskos que se ven por Providencia —y menos de esos que estaban saturados de revistas—. Hace poco ví uno que tenía colgada una National Geographic que titulaba: «¿Por qué mentimos?». Su clásico amarillo desentonaba entremedio de otras revistas que respondían: eran puras ediciones distintas de Vanidades.

"Ahí, en el discurso, es donde hay que dejar libres a los vendedores ambulantes, pero, si me hago alcalde, arraso con las calles; en fin, esto es, ha sido, y seguirá siendo, una simple pose, pura vanidad, pura pose de bondad"

Lo mismo dijo el Presidente Boric, recién elegido, cuando defendió a su ídola Taylor Swift en Twitter. Para Boric, Damon Albarn era el clásico tipo de persona que necesita insultar, o mentir, para llamar la atención, y por eso había salido a decir que ella no componía sus canciones. Boric quizás no sabía de su existencia, y quizás tampoco la de Blur, Gorillaz o The Good, the Bad & the Queen. Se entiende, especialmente luego de conocer sus diez libros favoritos. El británico pidió al tiro perdón después de que le hicieron ver su error, y lo pidió «sin reservas y sin condiciones». Sin embargo, estaba hablando sobre algo general, interesante, pero también herético para los puritanos: hablaba de jerarquías, de que existen opiniones y cosas mejores que otras, una reflexión simplemente inaceptable en una conversación hoy. «Según quién», te dirían los puritanos. Para Albarn, un músico que compone está por sobre el que coescribe o le escriben. Una idea insoportable, aunque en el discurso no más. Ahí, en el discurso, es donde no existen conocimientos superiores, pero, si me enfermo, voy al doctor; ahí, en el discurso, es donde la élite no-jesuita es explotadora e indigna, pero, por mientras, abuso de los emocionalmente débiles; ahí, en el discurso, grito sobre «actos del habla» y contra discursos de odio, pero, si un terrorista le declara la guerra al Estado, no hay que perseguir «ideas ni declaraciones»; ahí, en el discurso, es donde hay que dejar libres a los vendedores ambulantes, pero, si me hago alcalde, arraso con las calles; en fin, esto es, ha sido, y seguirá siendo, una simple pose, pura vanidad, pura pose de bondad.

Un viejo amigo insiste que para entender a estos nuevos puritanos hay que leer «La revolución de los santos». Magno nombre, es de Michael Walzer. Ahí habla de los calvinistas, quienes «deploraban el interés privado» y hacían «elaboradas reglas contra todo pecado imaginable,… incluso jugar cartas», aunque también habla de la «casuística política calvinista y jesuita», tal como el «populismo jesuita» que describe Loris Zanatta: el buenismo que declaró como enemigo al individuo moderno, que apunta con el dedo a esa «codicia sembrada en la sociedad chilena» que ha hecho incluso que «colegios particulares pagados, algunos católicos, cobren matrícula a los papás»; un acto demoníaco, pero, mientras tanto, ellos, los santos, hacen de las suyas, harto más diabólicas que comprar y vender acciones o cobrar una matrícula por trabajar. Mentirosos y vanidosos todos. Y quizás peor: se lo creían.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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