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Los grandes nunca mueren Publicada en El Mercurio, 07.02.2024

Los grandes nunca mueren

El día de ayer, en un trágico accidente, falleció el exPresidente Sebastián Piñera Echenique. Deja un vacío inmenso en la política chilena, donde llenó sus páginas los últimos 40 años. Partió como una locomotora, siendo elegido senador por Santiago, derrotando contra todo pronóstico a una figura consular de la derecha chilena. En el Senado se destacó como un hombre estudioso y ponderado, cuando en nuestra política todavía se apreciaba la técnica y el conocimiento. Fue presidente de su partido, Renovación Nacional, candidato a Presidente y Presidente dos veces. Enfrentó un terremoto, una pandemia, una revolución violenta, dos acusaciones constitucionales y un proceso constitucional que encausó la peor crisis política de los últimos 40 años.

«Su fe en la democracia, y sobre todo en el diálogo, no lo abandonaron nunca, ni siquiera cuando sus opositores octubristas se entusiasmaron con la violencia y apoyaron una Constitución antidemocrática que, como el Presidente predijo, fue rechazada por el alma nacional».

Alguien decía que la vida se divide entre los pensadores y los hacedores. Piñera desafiaba esa máxima. Era ambas cosas. Su conocimiento de la política, la economía y la naturaleza humana eran admirables. Pero no se quedaba solo en eso. Hablaba poco de ecología, pero hacía mucho por ella (incluido el parque Tantauco, una maravilla de la naturaleza que él destinó a la preservación y para la admiración de las futuras generaciones). Como empresario no era solo un inversionista financiero, como lo acusaban sus detractores, sino que también ayudó a construir la línea aérea más grande de Latinoamérica; creó un negocio de tarjetas de crédito que nos facilitó la vida a todos; y tiene un campo agrícola donde incluso plantó cerezos para que sus nietos disfrutaran de sus resultados. Su manejo del derecho y del funcionamiento del aparato público lo hacían un experto en políticas públicas, como dificulto haya otro. Su envidiable inteligencia y capacidad de gestión se notó en el manejo del terremoto y la pandemia, fenómenos naturales imprevistos y de magnitudes colosales que él supo enfrentar liderando desde la primera fila, interiorizándose de cada detalle y aspecto relevante para que nuestros compatriotas pudieran enfrentar y sobreponerse a esos eventos.

A Chile no le sobran personas como él o como Ricardo Lagos, que ahora ha decidido retirarse de la vida pública. Son los líderes que Chile necesita, de aquellos que combinan una mirada larga hacia el horizonte, con una praxis política que pone los pies en la tierra. Esos líderes que son estudiosos y que escuchan, pero saben tomar decisiones. El Presidente Piñera fue un político de los de verdad. Valiente, temerario, consecuente y con un sentido patriótico encomiable.

Nunca se quejó de Chile ni de los chilenos. En momentos de duda, siempre decía que los chilenos harían lo correcto y no se equivocó. Su fe en la democracia, y sobre todo en el diálogo, no lo abandonaron nunca, ni siquiera cuando sus opositores octubristas se entusiasmaron con la violencia y apoyaron una Constitución antidemocrática que, como el Presidente predijo, fue rechazada por el alma nacional.

En lo personal, me honró con su amistad y me encomendó la cartera de Educación, que para él era fundamental para que nuestro país pudiera seguir progresando. Su obra, los Liceos Bicentenario, serán su gran legado a la educación pública. Él demostró que ella tiene los recursos y el capital humano para ser de excelencia, y es en la gestión de los colegios donde se juega esa calidad. Para nuestros niños, le preocupaba el inglés y la informática; quería que todos los chilenos fueran instruidos en los idiomas del futuro. El Presidente fue una persona que admiré desde la distancia como político y desde la cercanía como su ministro y amigo. En lo humano, Sebastián Piñera era un hombre de familia, amigo de sus amigos, gozador de la vida, con mucho sentido del humor, sin rencores conocidos y un trabajador incansable.

Murió como vivió, desafiando sus límites y tratando de tocar el cielo donde descansan los inmortales. Querido Presidente, como creyente que era, siga rezando por su país y trabajando por nosotros.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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