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Hoy es la sal, mañana quién sabe

Hoy es la sal, mañana quién sabe

imagen autor Autor: Jorge Gomez

En el último tiempo, de manera cada vez más frecuente, nuestros legisladores han dado muestras de una fuerte concepción paternalista de su rol ante los ciudadanos. Una forma de despotismo sutil, pero peligroso, en nombre de nuestro bienestar. Así, por ejemplo, su justificación para prohibir el salero en la mesa se basa en una especie de moral correctiva -o de biopoder- de lo que se considera una mala costumbre.

 

Nadie discute que el consumo excesivo de ciertos alimentos pueda ser dañino para la salud, y es obvia la conveniencia de promover una dieta saludable entre la población. El punto es el principio subyacente detrás de la idea de proteger mediante prohibiciones a las personas, ya sea de sus malos hábitos o de sus “actos inconscientes e instintivos”, como sugirió un diputado.

 

Esto no es otra cosa que la vieja idea de que las personas son sujetos irracionales e ignorantes, víctimas de impulsos que deben ser encarrilados. Esa forma de pensar, que Isaiah Berlin describe muy bien en “Dos conceptos de libertad”, se encuentra en la mayor parte de las doctrinas totalitarias o dictatoriales en la historia, y en conceptos como el del “hombre nuevo” que debe ser reeducado para curarse de su egoísmo y alcanzar su verdadera humanidad.

 

Este principio, además, refleja una antropología particular que distingue entre dos tipos de personas: por un lado, el iluminado que conoce la verdad o la razón, en este caso el legislador (o el sabio, el tecnócrata, el científico o el intelectual); por otro, las grandes masas a las que se considera engañadas, irracionales o ignorantes. El legislador sería una especie de agente benevolente y racional, un tutor que nos libera de nuestras bajas pasiones, de nuestra debilidad y miseria moral, y nos muestra la vía hacia nuestra constitución como seres humanos íntegros. Y como no sabemos controlarnos… adiós a la sal.

 

El detalle más relevante de todo eso es que la idea niega una cualidad humana que todos tenemos, sin distinción: la voluntad, y con ella la capacidad de elegir fines, de equivocarnos, pero también de entender razones. Es decir, desconoce algo fundamental de nuestra humanidad.

 

Debería preocuparnos que nuestros legisladores nos crean incapaces de discernir cuánta sal le echamos a nuestra comida, porque si hoy prohíben el salero, mañana quién sabe.

 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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