“Yo, el lápiz”: una reflexión pasando por Hayek y Smith

En mi curso “Capitalismo, Socialismo y Economía Política” siempre me gusta comenzar todos los semestres con el famoso texto de Leonard E. Read “Yo, el Lápiz“. De hecho, este es siempre el primer texto que doy a mis estudiantes (tanto de pregrado como de magíster) para adentrarse al mundo de la economía política por varios motivos. En este breve ensayo tratare de explicar, primero, por qué creo que el texto de Read es tan fundamental para pensar en la economía política y, segundo, trataré de explicar algunas enseñanzas e implicancias que yo desprendo de dicho texto y como el ensayo se relaciona con temas clave de la economía política como el uso del conocimiento en la sociedad (de Hayek) y la mano invisible de Adam Smith.

I. El lápiz: el mundo es más complejo de lo que a primera vista parece

Primero, el texto es muy aconsejable para estudiantes de pregrado, por qué es un texto sobretodo breve, ya que no tiene más de 8 páginas de extension, y se encuentra en español, pero que además apunta de forma simple y elocuente a un hecho fundamental de nuestras vidas que damos por descontado: el nivel de complejidad que poseen las cadenas de producción en el mundo y como los mercados, sin darnos cuenta y sin mucho esfuerzo aparente, son capaces de coordinar nuestras actividades de manera que den sentido y orden a esta cadena y nos ayuden ante tanta complejidad. De manera simple, y con la analogía de la producción de un simple lápiz mina (o grafito), el ensayo de Read nos ayuda a entender la complejidad del sistema productivo y las millones de redes e interacciones que hacen posible la producción de bienes como el lápiz.

Este tema de la complejidad de la producción y de lo enmarañados que son los mercados, es de hecho, a nivel superficial, el principal mensaje del texto, ya que nos advierte y nos demuestra algo que nosotros damos por descontado: la enorme complejidad de la producción y los enormes esfuerzos de coordinación que tenemos que hacer como sociedades para poder producir algo aparentemente tan simple como un lápiz de grafito. Pues pensemos en el simple lápiz mina qué usamos día a día durante nuestra adolescencia para estudiar y para hacer trabajos en el colegio; el lápiz es algo aparentemente tan simple que no le ponemos ni siquiera atención ni preocupación. Al final de cuentas, ¿cuánto nos puede costar un lápiz mina, $500 pesos? con una simple moneda en la calle podemos obtener un lápiz y no nos ponemos a pensar mucho. Fin del problema; ¿por qué tanto alboroto por un simple lápiz? A simple vista entonces, el lápiz es algo tan banal y tan fácil de producir, que ni siquiera nos detenemos a pensar que este podría ser una maravilla compleja, producto de la sociedad comercial. Entonces, debemos preguntarnos, ¿en verdad es tan fácil producir un lápiz grafito?

Como ya advierte el lápiz en primera persona en el ensayo: “Soy un misterio, más que un árbol o una puesta de sol o incluso un relámpago. Pero, lamentablemente, los que me usan me dan por hecho como si fuera un mero incidente sin antecedentes. Esta actitud arrogante me relega al nivel de lo cotidiano. Esta es una especie del error grave en el cual la humanidad no puede persistir demasiado tiempo sin peligro”

La respuesta que nos da el texto “Yo, el Lápiz” entonces es un NO rotundo. El lápiz es una cosa extremadamente difícil de producir, ya que requiere de un sinfín de materiales y de piezas que provienen de diversas partes del mundo. El lápiz parece, a simple vista sencillo, pero paradojalmente no existe ni una sola persona capaz de poder hacer un lápiz desde cero y en su totalidad, sin ayuda de otros o de mercados. (para aquel que está interesado puede ver este informativo video de cómo se hacen los lápices de Faber-Castell). Pues bien, un lápiz requiere, al menos, de los siguientes componentes: a) el metal que sostiene la goma borrador, b) la goma borrador, c) la madera y d) el grafito. De la misma forma, el grafito que va dentro de la madera es una mezcla química de grafito con arcilla que necesita agua, presión, calor, colorantes y cera. La madera del lápiz, a su vez, requiere de un tratamiento especial con pegamento y presión. La goma de borrador, a su vez, es un producto parecido al caucho hecho de la reacción entre el aceite de una planta con cloruro de azufre, etc. etc.

Pero esto es solo el principio, ya que detrás de cada uno de estos elementos, hacia abajo, hay una concatenación enorme o toda una cadena de otras actividades de producción que van interactuando hasta las materias primas más elementales que forman el lápiz. Solo para ilustrar la cadena de actividades que se encuentran a la raíz o en la base de la producción de un lápiz, pongamos foco solo en la madera que es sólo uno de los elementos del lápiz.

La madera se tiene que obtener a través de cortar la leña de un árbol en algún bosque y después transportarla en un container; para poder cortar madera, se necesita un leñador adiestrado y una motosierra; para poder tener una motosierra se necesita bencina, metal y acero; para poder producir acero se necesita el mineral de hierro, el carbón y la electricidad para activar los hornos de calor; para poder producir hornos se necesita tecnológia avanzada, ingenieros, microchips y ventiladores etc. etc. etc. Y esta es sólo una de las múltiples lineas de concatenación que simultáneamente son necesarias para poder llegar a producir un lápiz, ya que no hemos hablado de las otras cadenas de actividades que se necesitan para producir el grafito, la cadena de la goma, las cadenas de logística, las actividades para producir los colorantes, etc. Lo importante es reconocer que cada elemento, de cada parte de dicha cadena, requiere a su vez de otros elementos que forman parte de otras cadenas y así indefinidamente, generando una red casi infinita de interdependencias que poseen un grado de complejidad asombroso. Esto se puede entender como la analogía de un iceberg, ya que lo que vemos es simplemente las actividades más visibles del proceso de hacer un lápiz, como cortar la madera, etc. pero lo que no vemos es el 80% (o más) de todas las actividades concatenadas que están debajo del proceso, como todos los procesos de la motosierra, los hornos, etc., que hacen del lápiz un producto altamente complejo e intrincado.

Esto también se puede entender como un árbol de decisiones o un árbol de acciones concatenado hacia abajo, con una sola punta final (el lápiz), pero con innumerables ramificaciones hacia la base, lo que realmente demuestra la complejidad de hacer un simple lápiz. Esto es a lo que el texto “Yo, el Lápiz” se refiere como la “linea familiar” o las raíces del origen del lápiz: “Así como usted no puede seguirle la pista a su árbol familiar desde muy atrás, así es imposible para mí nombrar y explicar todos mis antecedentes. Pero me gustaría sugerir suficientes de ellos para impresionarlos con la riqueza y la complejidad de mi trasfondo“. Es por esta concatenación de millones de cadenas de actividades hacia abajo y su extremada densidad y complejidad, que podemos decir que hoy no existe ninguna persona que sepa hacer un lápiz por sí solo, ya que se requiere de la cooperación de millones de individuos que ni siquiera se conocen, no hablan la misma lengua y de la concatenación de actividades en las cuales las personas que trabajan ni siquiera saben que están trabajando para el fin último de producir un lápiz. Como dice el mismo lápiz: “En realidad, millones de seres humanos han participado en mi creación, ninguno de los cuales ni siquiera conoce más que un poco de los demás” respecto a como esta hecho el lápiz. En efecto, este punto clave nos lleva a la reflexión respecto al rol de la mano invisible de la coordinación de los mercados.

II. El problema de la coordinación en la sociedad y la mano invisible

Con todo, la parábola del lápiz ilumina algo mucho más profundo, relacionado con el complejo proceso de coordinación en la sociedad y como ‘la mano invisible’ del mercado nos ayuda a resolver dicho problema sin ni siquiera pensar en él. El problema fundamental de la sociedad entonces es que cada producto y cada servicio que deseamos producir se comporta con el mismo (o incluso mayor) grado de complejidad que el del lápiz; es decir, cada bien que queremos producir requiere de la coordinación de las actividades de millones de personas, las cuales las tenemos que poner a trabajar bajo un proceso de coordinación o de comunicación para producir los bienes que deseamos. Entonces, la pregunta fundamental es: ¿cómo podemos coordinar todas estas actividades? ¿cómo podemos asegurar de que haya bastante madera para producir lápices a tiempo? ¿cómo podemos asegurar de que haya suficiente acero y bencina para poder hacer correr las motosierras? ¿cómo podemos asegurar de que haya suficiente alimento para todos los que trabajan en todas esas cadenas de producción? etc. etc. etc. Resulta evidente que este es un problema de coordinación bastante difícil (sino imposible) de resolver de manera consciente o deliberada. Este problema de coordinación y de complejidad es el ineludible problema que toda sociedad debe resolver constantemente todos los días.

Basado en este desafío social de los sistemas económicos , el Premio Nobel de Economía F.A. Hayek (1899-1992), en su famoso ensayo de 1945 “El uso del conocimiento en la sociedad“, establece que el problema de la sociedad entonces, es un problema epistemológico o de conocimiento fragmentado. Es decir, ¿cómo podemos coordinar todo este conocimiento, estas habilidades y toda esta información que es necesaria para coordinar la producción compleja de todos los bienes en una economía?

Peor aun, nos recuerda Hayek, el problema se hace más difícil ya que el conocimiento y la información económica necesarias para resolver este problema de coordinación tiene 4 propiedades muy importantes: 1) dicho conocimiento esta fragmentado y diseminado en la sociedad, 2) el conocimiento económico es contextual, es decir depende específicamente “del tiempo y del lugar” en donde las personas se encuentren, 3) hay información económica y de “Know how” que es difícil comunicar en palabras o en números, 4) todas las personas involucradas vienen de culturas distintas y hablan distintos idiomas; por todos estos motivos, la comunicación y el uso de este conocimiento es muy difícil de establecer y difícil de distribuir a lo largo de la sociedad.

Por todas estas problemáticas propiedades del conocimiento económico, es que Hayek plantea que el gran problema de la sociedad es el cómo hacer mejor uso de todo dicho conocimiento que poseemos, pero que es muy difícil de comunicar. Descubrir el hecho de que el problema fundamental de la sociedad es uno de información, coordinación dinámica y de conocimiento disperso -y NO uno del mejor uso de recursos dados para actividades ya fijadas- es una de las principales contribuciones de Hayek a las ciencias sociales, y debe ser una de las ideas filosóficas más poderosas del Siglo XX (no por nada el creador de Wikipedia se inspirel creador de Wikipedia se inspiró en esta idea y otros Premios Nobel de Economía han puesto este ensayo como top 10 de los mejores ensayos en la historia del pensamiento económico). En simple, el problema de la sociedad NO es un problema de maximización ingenieril (maximizar la producción de cosas conocidas dado parámetros de restricción establecidos), sino que es un problema “open-ended” o abierto de coordinación y uso de todo aquel conocimiento disperso en la sociedad. La economía como sistema es algo complejo que no podemos dejar a ingenieros con planillas excel.

Afortunadamente, reconoce Hayek (1945), las sociedades comerciales por casualidad y suerte se han topado con un método muy fácil y casi automático para resolver este problema de coordinación sin siquiera tener que poner mucho esfuerzo consciente: el mecanismo de los mercados y los precios. Es a través de las interacciones de mercado, la competencia y los precios, establece Hayek, que las sociedades comerciales han sido capaces de resolver el problema de coordinación de la sociedad usando las señalas de precios (alzas y bajas) y de ganancia-pérdidas como guías automáticas que van dirigiendo nuestras actividades comerciales hacia una coordinación u orden (como los semáforos del tráfico económico). Lo sorprendente de todo esto, es que nadie pone demasiado esfuerzo en resolver el problema de la coordinación en la sociedad, no necesitamos de entidades burocráticas, no necesitamos de economistas, ni tampoco de entidades de planificación central para poder resolver este problema tan complejo.

La maravilla de todo esto es que el mecanismo de mercado está, como si fuera una gran computadora dinámica, constantemente resolviendo este problema del mejor uso de nuestro conocimiento y de nuestras habilidades a través de las señales de los precios; pero no hay nadie que está conscientemente trabajando para resolver este problema, ya que lo estamos resolviendo todos conjuntamente con nuestras interacciones descentralizadas en el mercado. En una sociedad comercial entonces, dicho problema de coordinación es resuelto en manera local y por partes fragmentadas, en donde cada uno de nosotros está participando al resolver pequeños problemas locales de coordinación que se van concatenando y coordinando en el gran orden económico. En otras palabras, estamos todos trabajando en conjunto y cooperando para resolver el problema de coordinación, pero ni siquiera nos damos cuenta de aquello, ya que nadie esta deliberadamente resolviendo el macro-problema.

El macro-problema económico se resuelve desde-abajo-hacia-arriba a través de la interacción de todos nosotros a través de los mercados, en donde vamos probando de resolver individualmente todos nuestros micro-problemas económicos personales sin ni siquiera interesarnos o preocuparnos del macro-problema. La solución emerge pacíficamente a través de nuestras micro-interacciones comerciales. Guiados por los precios, guiados por nuestro interés personal y guiados por las ganancias y pérdidas en un ambiente competitivo, estamos todos ayudando a resolver el problema de coordinación de la sociedad sin darnos cuenta, como si fuéramos guiados por un ente consciente. En simple, el problema de la sociedad-como la producción del lápiz- lo resolvemos día a día y ni siquiera nos damos cuenta. Esta, en síntesis, es la maravilla epistemológica del mercado, el cual es una máquina que nadie diseñó, pero que nos ayuda a resolver el problema de la coordinación del conocimiento en la sociedad de manera pacífica y a bajo costo. Como reconoce el Premio Nobel de Economía Vernon Smith:

“En el corazón de la economía hay un misterio científico: ¿Cómo es que el sistema de precios lleva a cabo el trabajo del mundo sin que nadie esté a cargo? Como el lenguaje, nadie lo inventó. Ninguno de nosotros podría haberlo inventado, y su funcionamiento no depende en modo alguno de la comprensión o comprensión de nadie. De alguna manera, es un producto de la cultura; sin embargo, de manera importante, el sistema de precios es lo que hace posible la cultura. … El sistema de precios -¿Cómo se produce el orden a partir de la libertad de elección?- es un misterio científico tan profundo, fundamental e inspirador como el del universo en expansión o el de las fuerzas que unen la materia.”

De esta forma, el proceso espontáneo de coordinación a través del mercado nos ahorra recursos de conocimiento, nos ahorra tiempo y nos ahorra esfuerzos, ya que actúa como una “gran mente invisible” que está trabajando para resolver el gran problema de la sociedad y coordinar nuestro conocimiento (no requiere ser entendido y minimiza nuestros costos de información). O, en palabras de Giovanni Sartori:

“es preciso añadir una última serie de propiedades a las características del sistema de mercado. [… en el mercado, el individuo] Sabe lo poco que hay que saber. Con ese poco le basta, porque es el mercado el que desenmaraña las informaciones por él. La competencia de mercado, como subraya Hayek, es de por sí un procedimiento de descubrimiento y además acaba siendo un enorme simplificador de información. El mercado no sólo produce información en forma de señales extraordinariamente simplificadas, sino que también autentifica (o desmiente) esa información a través de los mismos procesos de feedback que la producen. […] Los órdenes organizados, para funcionar, imponen altos costos de información y también de conocimiento. En cambio, el orden de mercado no requiere ser entendido (no implica altos costos de conocimiento) y minimiza los costos de información. El mercado no es sólo una mano invisible; es también una mente invisible

– Giovanni Sartori, Que es la democracia, p. 260.

El mercado es aquella gran ‘mente invisible’ que nadie ha creado ni diseñado, pero que viene a nuestra ayuda para resolver el problema más complejo de toda sociedad: su coordinación económica eficiente, a lo largo del tiempo, a través del uso del conocimiento que existe en ella. Cabe recordar que este gran descubrimiento qué hace Hayek respecto al rol del mercado -y que es uno de los hallazgos más trascendentales de la economía política en el siglo XX- fue algo que Adam Smith ya había intuido con su famosa analogía de “la mano invisible”. En palabras de Smith:

“El orden de mercado es el único sistema social que conocemos que nos permite cooperar y colaborar pacíficamente entre personas que ni siquiera nos conocemos, y, peor aun, que si nos conociéramos quizás hasta nos odiaríamos”.

“Es verdad que por regla general él [individuo] no intenta promover el interés general ni sabe en qué medida lo está promoviendo. Al preferir dedicarse a la actividad nacional más que a la extranjera él solo persigue su propia seguridad; y al orientar esa actividad para producir el máximo valor, él busca su propio beneficio; pero en este caso como en otros muchos, una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en sus propósitos. El que sea así no es necesariamente malo para la sociedad. Al perseguir su propio interés frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si deliberadamente intentase fomentarlo.”

La riqueza de las naciones, libro IV, cap. II, pp. 456-457.

Solo que, sin duda, Hayek fue mucho más allá de Smith y explicitó mucho mejor aquello que Smith solo supo explicar con una simple analogía en su libro Las Riquezas de las Naciones en 1776. Es decir, se necesitaron más de 150 años de ciencia económica para que Hayek pudiera iluminar por primera vez y de manera definitiva y clara el verdadero rol epistemológico y de coordinación que cumplen los mercados a bajo costo. Los precios en el mercado entonces son las señales o las luces que van iluminando el camino de la coordinación y los cuales permiten la comunicación entre todas las partes, sustentando un lenguaje económico, movilizando y diseminando aquel conocimiento económico difícil de comunicar. Los precios y los mercados son el lenguaje con el cual nos comunicamos el conocimiento disperso para luego coordinarnos en el mercado sin darnos cuenta; además, dichos precios que transmiten información poseen también los incentivos adecuados para que nosotros actuemos de manera eficiente sin desperdiciar recursos escasos (los precios son señales de información envueltas en incentivos).

III. La extensión de la cooperación entre extraños (más allá de la tribu)

Otra enseñanza importante de “Yo, el Lápiz”, y que se relaciona con como Hayek entiende la mano invisible de Adam Smith, es el hecho de que el orden de mercado es el único sistema social que conocemos que nos permite cooperar y colaborar pacíficamente entre personas que ni siquiera nos conocemos, y, peor aun, que si nos conociéramos quizás hasta nos odiaríamos. En otras palabras, Smith entendió qué ‘la mano invisible’ del mercado es el único mecanismo que conocemos para extender pacífica y voluntariamente la cadena de cooperación e interdependencia social más allá de la mera tribu o de la familia. A lo largo de la historia de la humanidad, el ser humano siempre ha trabajado y cooperado en pequeñas sociedades llamadas tribus o familias, pero siempre ha desconfiado “del extranjero” y ha encontrado dificultad en cooperar con, y confiar en, otros que no conoce y en preocuparse por otros que no forman parte de su familia, linaje o grupo tribal. De esta forma, las sociedades siempre han sido cerradas, desconfiadas y poco tolerantes, restringiendo la cooperación pacífica solo en pequeños grupos o bandas.

Una de las ventajas del mercado, que reconoce Adam Smith como filósofo moral, es que extiende nuestro radio de acción de la cooperación pacífica, al extender la división el trabajo, la cooperación y el intercambio para con aquellos que no conocemos, aquellos que son “extranjeros”, aquellos que se ven y piensan distinto, con aquellos que hablan otros idiomas e incluso con aquellos que ni siquiera compartimos las mismas creencias religiosas, políticas o culturales. Dicho de otra forma, el mercado -a través de su orden impersonal y su lenguaje abstracto de precios- extiende la cooperación pacífica mucho más allá de lo que podría ser posible bajo otros ordenes sociales. Incluso nos guía a compartir, cooperar y colaborar con aquellas personas que, de hecho, si las conociéramos quizás hasta las odiaríamos profundamente. Pero el mercado permite que todos formemos parte de una gran concatenación de actividades cooperativas sin saber quiénes son los otros participantes del juego de coordinación; eliminando aquella información irrelevante o sensible, pero que bien podría ser problemática y conflictiva como raza, etnia, orientación ética, creencia política, orientación sexual, etc.

El orden del mercado hace vista ciega de nuestros detalles personales que son irrelevantes para la producción, pero que podrían ser motivo de conflicto, a la hora de resolver el problema de coordinación de la sociedad. Smith reconoce que solo el mercado entonces, y no la benevolencia porque esta es escasa y su radio de acción es limitado a la familia o conocidos, es que podemos sostener una sociedad comercial grande, compleja y tolerante que amplia las fronteras de la división del trabajo y genera la prosperidad que ha generado en los últimos 200 años. Como diría F.A. Hayek (1978) en su breve ensayo “el mensaje de Adam Smith en el lenguaje actual“:

“El gran logro de su famosa tesis respecto de la división del trabajo, fue reconocer que los hombres cuyos esfuerzos no estaban gobernados por necesidades concretas conocidas ni por las capacidades de los individuos que les eran más cercanos, sino por las señales abstractas de los precios de la oferta y la demanda, estaban por esa razón capacitados para participar en el enorme campo de la ‘gran sociedad’; que no puede ser vigilada adecuadamente por ‘ninguna sabiduría ni conocimiento humanos. … La gran sociedad llegó a ser posible evidentemente gracias a que los individuos no dirigían sus propios esfuerzos hacia las necesidades visibles, sino hacia aquello que representaban las señales del mercado como una probable ventaja de las entradas sobre los gastos. … [así, el] individuo practica más el bien y satisface necesidades mayores que si se hubiese dejado guiar por las necesidades y capacidades visibles de sus vecinos”.

Volviendo al ejemplo del lápiz, puede ser que el leñador de la madera sea africano, que el vendedor de grafito sea judío, que la comerciante de colorantes sea musulmana, que el dueño del supermercado sea homosexual y que la consumidora final del lápiz sea una socialista con tendencias anarquistas; pero nada de esto importa demasiado, ya que el mercado extiende la cooperación pacífica entre todos aquellos personajes, minimizando los puntos de conflicto y de odio entre ellos. De esta manera, la sociedad comercial puede ser una sociedad abierta y tolerante, expandiendo su radio de cooperación hacia confines impensables antes.

Es evidente que si pusiéramos a todos estos personajes en un solo cuarto a hablar cara a cara entre ellos de política o a tratar de formar un grupo organizado entre ellos es probable que terminen peleándose por algo. La acción colectiva explícita y deliberada o una división del trabajo conscientemente diseñada por estas personas tendría bastante poco éxito y costaría bastantes esfuerzos; en contraste, y esta es la maravilla de ‘la mano invisible’ de Smith, el mercado permite que haya una forma indirecta y vasta de acción colectiva (impersonal) a través de las señales abstractas del sistema de precios. El mercado ayuda a evitar que estos personajes terminen peleando u odiandose y además los guía a cooperar entre ellos extendiendo la división del trabajo y beneficiándonos a todos bypaseando el conflicto visible entre las partes.

De esta forma, el ensayo de “Yo, el Lápiz” es una gran fábula de la sociedad comercial abierta y de la cooperación pacífica entre millones de desconocidos que vemos acontecer día a día ante nuestros propios ojos, y la cual nos recuerda que “es un error [creer] que Adam Smith haya predicado el egoísmo: su tesis central nada dice con respecto a cómo debían usar los individuos el aumento de sus entradas; y todas sus simpatías estaban con el uso benevolente del incremento en el ingreso. Le preocupaba cómo facilitar a la gente el contribuir al producto social en la forma más amplia posible y pensaba que esto requería que se pagara en lo que valían sus servicios para quienes los solicitaban” (Hayek, 1978, p. 90). El egoísmo entonces, no es el principal actor de ‘la mano invisible’, sino que el sistema de precios, que es el único mecanismo conocido capaz de facilitar la cooperación entre desconocidos y extender el radio posible de colaboración, para que así la división del trabajo pueda extenderse entre extraños y ahí en donde la benevolencia no alcanza a llegar (más allá y fuera de la tribu). De esta forma, el egoísmo es meramente un actor secundario en el gran orden del mercado.

En definitiva, el texto “Yo, el Lápiz” es un gran cuento revelador y es un texto esencial para cualquiera que desea acercarse a la economía política y a cualquiera que desee entender de cierta manera cómo funciona, en simple, el sistema de coordinación de mercado. Como reconociera Friedman: “Necesitamos tener una mayor comprensión del tipo de sistema, y del tipo de principios económicos, que nos permitieron alcanzar este gran logro de los últimos 200 años de civilización”. Sin duda, “Yo, el lápiz” y textos como este que trato de ofrecerles, son la mejor manera de generar dicha mayor compresión de los principios económicos fundamentales del sistema de precios y de aquella maravilla y pilar de la civilización que son los mercados.

Pablo Paniagua

Economista e investigador FPP

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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