Y la derecha, ¿dónde está?

La derecha política, exceptuando algunas opciones marginales, a falta de narrativa propia y a fuerza de asumir los valores del progresismo, no tiene capacidad institucional de torcer la cosmogonía socialista, vive a la defensiva y con bastante miedo y solo se limita a rebatir los excesos afiebrados de la agenda de la izquierda.

Quienes creemos en la libertad, en el respeto irrestricto al proyecto de vida del otro, haríamos bien en entender que cuando la izquierda pierde una elección, intenta destruir el país, porque prefiere un país destruido que salvado por su enemigo político. Y cuando la gana, lo consigue.

“Quienes creemos en la libertad, en el respeto irrestricto al proyecto de vida del otro, haríamos bien en entender que cuando la izquierda pierde una elección, intenta destruir el país, porque prefiere un país destruido que salvado por su enemigo político. Y cuando la gana, lo consigue”

A fines de la década pasada, Sudamérica estaba gobernada por la izquierda. Lula en Brasil, los Kirchner en la Argentina, Bachelet en Chile, Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y el comandante Chávez en Venezuela. A este grupo de políticos autoritarios se sumaban aportando narrativa las universidades, los medios, las fundaciones y otros proyectos artísticos encolumnados detrás de la idea de hacerse con el poder para imponer su punto de vista. Todo parecía indicar que el futuro latinoamericano repetiría los fallidos intentos marxistas de los 70.

Pero la capacidad de estropicio del socialismo no defrauda nunca, por lo que, promediando la segunda década del siglo XXI, ya había cavado la sepultura de la izquierda latinoamericana. La corrupción rampante, el autoritarismo en cada acto de gobierno, las sucesivas crisis económicas por pésimos manejos administrativos aún con precios internacionales favorables, explotaron entre los franquiciantes del entonces Foro de San Pablo, generando desconfianzas profundas que hicieron virar el sentido del voto. La foto del éxodo masivo de venezolanos terminó de completar el panorama desolador; nadie puede hacerse el inocente respecto de lo que representa el chavismo, sistema que en voz baja abrazan todos los socialistas de la región.

Así las cosas, las riendas cambian de mano hacia gobiernos más liberales o conservadores, lejos del populismo de izquierda, y asumen Macri en la Argentina, Piñera en Chile, Kuczynski en Perú, Cartes en Paraguay y Duque en Colombia, prometiendo alejarse de Venezuela y presentándose como alternativas de gobierno alejadas de la corrupción. Pero una proverbial impotencia para cambiar la agenda de la izquierda dominó las nuevas gestiones -la única excepción es quizás Brasil, cuyo presidente es, curiosamente, el único de los actuales que ha sufrido un intento de homicidio a manos de la izquierda-; tras no haber descollado como mejores administradores que sus predecesores, postergaron inexplicablemente las expectativas de sus propios votantes en cuanto a rescatar en el discurso y en las políticas los valores republicanos y la defensa de los derechos individuales, con el solo fin de calmar el descontento de quienes no los habían votado.

No modificaron el adoctrinamiento educativo, se mostraron sumisos a la perspectiva de género, a la que hicieron financiar a sus propios votantes, y fueron incluso más dadivosos con los subsidios frente a las redes clientelares, asumiendo una postura culposa por pertenecer al ideario liberal -al punto que no existe en la región una opción alternativa al mecanismo electoral donde el voto se entrega a cambio de una promesa de estado de bienestar. Menos aún fueron capaces de cambiar la ideología responsable de los malos resultados económicos de los países del Tercer Mundo, aquella que promueve políticas que imponen limitaciones institucionales y desalientan la actividad productiva. En el caso de Chile, la ideología igualitaria condujo a cambios en el marco institucional que tanto éxito había traído al país, transformándolo en uno cada vez más incapaz de proporcionar resultados económicos beneficiosos. Aún contra toda evidencia, la frecuente repetición de que los problemas son el resultado de una desigualdad extrema y de la injusticia social, terminó por convencer a muchas personas de que el sistema debía socializarse más.

Así apuraron el quebranto. Los propios gobiernos de derecha huyeron de la confrontación hacia una posición defensiva que la oposición utilizó arteramente. Estancada la región y atrincheradas las ideas de la libertad, era impensable enfrentar las reformas que demandaban sus economías exhaustas. Sea por debilidad, por culpa, por incompetencia o por error de diagnóstico, los gobiernos de centro derecha que lideraron la región la segunda década del siglo XXI perdieron el puñado de oportunidades que se presentaron y solo lograron un retroceso alentador del socialismo, el que volvió recargado a la arena política. En la Argentina reapareció el kirchnerismo, Bolivia repatrió triunfalmente a Evo y Chile, que inexplicablemente había respaldado un año atrás y mayoritariamente a un presidente contrario a una reforma constitucional con un mandato implícito de acelerar el progreso, se encuentra inmerso en un proceso constituyente de neto corte socialista producto de un brote de violencia con características propias del terrorismo.

“Pero esta izquierda es distinta a la anterior principalmente porque propicia una polarización enceguecida de odio que no tiene el beneficio de la duda ni aún en los votantes más distraídos. No es que la derecha polarice; es que la izquierda se ha corrido tanto del centro que se aleja de todo”

Pero esta izquierda es distinta a la anterior principalmente porque propicia una polarización enceguecida de odio que no tiene el beneficio de la duda ni aún en los votantes más distraídos. No es que la derecha polarice; es que la izquierda se ha corrido tanto del centro que se aleja de todo. Pero además, las instituciones que podrían actuar como contrapesos a esa locura de poder, apenas arañan el digito en el nivel de confianza, lo que demuestra que los límites a los gobiernos quedan aún más desdibujados. En suma, la tendencia hacia el ideario izquierdista es clara y representa un desafío.

En este contexto, ¿hay lugar para vivir en un sistema en el que la libertad prime en las decisiones de las personas? Cualquier análisis que se haga no puede dejar pasar por alto lo que por décadas dejó pasar la derecha y es la defensa de las ideas, aunque esto sea tarea de largo plazo. Porque la derrota en la idea de tener sociedades sensatas que crezcan más o menos a ritmo apresurado para alcanzar el desarrollo, antes que política, fue cultural. No se puede tener éxito en política si se siente vergüenza de lo que se piensa, y menos si no se anima a mostrar el ideal como un camino alternativo. Pero así obró la derecha, permitiendo que el sistema académico, cultural, mediático, el que construye sentido, que dinamiza problemáticas, que genera debates y difusión, en definitiva, el que modela las narrativas fuera captado por la hegemonía socialista. No se dio batalla a un sinfín de ideas, de adoctrinamientos y de medias verdades que terminaron armando el relato de la izquierda que lleva educadas a varias generaciones que ya ocupan cargos públicos y privados. La derecha se dejó asociar con los procesos autoritarios sin presentar batalla, como si el terrorismo comunista y su zaga de muerte y miseria no hubiesen ocurrido, y solo supo sentir vergüenza desde entonces. Se hizo cargo de una oposición maniquea propia del populismo donde las cosas no se valoran por lo que son sino por cómo son calificadas moralmente, en una visión en la que izquierda significa bueno y derecha malo. La derecha está en inferioridad porque tiene que rechazar la acusación de ser golpista. Se da por descontado que la penitencia de este pecado hay que hacerla cada día. En cambio la izquierda ha creado el mito de una revolución luminosa, que desacredita a la democracia presente, y donde ellos aparecen como los herederos del virtuosismo frente al oscurantismo y la maldad.

Ello es aún más curioso considerando que los votos que apoyan las ideas de la libertad están, como para llevar al poder a dirigentes que en campaña se identificaban con la civilización y el progreso. La traición a los votantes es entonces, imperdonable y cuesta entenderla. Creer que por complacer al otro se salva el propio pellejo es no entender ni de cerca las jugadas de manual de la izquierda. Terminan perdiendo el pellejo y el orgullo.

“No se puede tener éxito en política si se siente vergüenza de lo que se piensa, y menos si no se anima a mostrar el ideal como un camino alternativo”

El camino hacia el totalitarismo eligió bien la narrativa. No es sencillo convencer a las personas de que la miseria, la decadencia y el desacierto son deseables. Así que cuando un programa de gobierno no tiene otra cosa que ofrecer más que un horizonte como el venezolano o el cubano, lo que hace es distraer la atención haciendo hincapié en las desigualdades que produce el mérito para lograr que sea algo humillante. Es necesario fomentar no sólo el odio al triunfo sino la alegría del fracaso externo. Es necesario poner bajo sospecha al exitoso y glorificar su caída. Lo curioso es que la derecha, que supo presentar una historia de ciencia y progreso en Occidente, no se haya apropiado de esos logros y solo se presentara a la defensiva para librarse de los complejos derivados de una historieta revisionista maniquea a la que no se ventiló como era debido.

Resultaron indistinguibles ideológicamente los cuadros de eventual oposición al Socialismo del Siglo XXI de los adeptos a dicho modelo. La agenda de género, climática, ecologista, indigenista, igualitarista, la supuesta gratuidad de los servicios públicos y la necesidad del gobierno repartiendo dinero son calcados. Y ahora, encima, la crisis sanitaria ofrece un nuevo fundamento para su expansión. Cuando el arco político inició su viraje al centro, en la convicción de un mayor reporte de votos, ya nunca pudo dejar de correr el eje. Hoy, defender la propiedad privada o la libertad de expresión es ser facho.

Para entender el panorama: el sudamericano es socialista o socialdemócrata, la región es más izquierdista que hace cuarenta años y este proceso de transformación no fue por conspiración sino el fruto de décadas de trabajo consciente, escrito, debatido y expuesto a la luz por la izquierda académica y mediática. Hoy la derecha política, exceptuando algunas opciones marginales, a falta de narrativa propia y a fuerza de asumir los valores del progresismo, no tiene capacidad institucional de torcer la cosmogonía socialista, vive a la defensiva y con bastante miedo y solo se limita a rebatir los excesos afiebrados de la agenda de la izquierda. En el mejor de los casos, se dedica a fluir por lo políticamente correcto y maximizar sus opciones de permanencia en el poder porque oponerse implica elevados costos y lo que prima es el corto plazo.

Difícilmente haya esperanza política en opciones que consideran que la lucha por la libertad puede ser supeditada al objetivo de la uniformidad lograda mediante la redistribución, aunque más no sea por no ofender creencias socialmente aceptadas. Y estamos en el colmo de la idiotez si pensamos que es liberal o de derecha querer resolver el pertinaz problema de la región, su eterno estancamiento moral y económico.

“La derecha debe buscar y apoyarse en las ideas propias, devolviendo la fe a los votantes, porque Occidente es hijo dilecto del liberalismo”

Entendamos que la izquierda no sabe perder, que nunca se agacha ni ante la contundencia de las urnas, sólo toma impulso. El contrapeso que debió crecer con los recambios políticos de derecha, dejó pasar la oportunidad cuando la izquierda estaba en retroceso y ahora está de regreso con la lección aprendida: es difícil que quiera perder el poder otra vez.

¿Hay futuro para la derecha en la región? No de esta forma, bajo esta agenda y con esta complacencia que condena a todos a vivir esta pesadilla socialdemócrata. Sí hay futuro si la derecha se dedica a difundir las ideas que hicieron fuerte a occidente, tarea que demanda dinero y tiempo, y a armar en la política una agenda que le permita gradualmente volver a la senda del progreso. Como se dijo, los votos están, por lo que el trabajo no se presenta sólo de largo aliento. La derecha debe buscar y apoyarse en las ideas propias, devolviendo la fe a los votantes, porque Occidente es hijo dilecto del liberalismo: sus postulados básicos, el cumplimiento de los contratos, la propiedad privada, la responsabilidad individual y la igualdad ante la ley, han sido el marco necesario y suficiente para la profusión y difusión de innovaciones que han mejorado la situación económica especialmente de los menos favorecidos, los que han salido de la pobreza en los últimos doscientos años a un ritmo galopante. No se puede tener vergüenza de semejantes logros; pero sí habrá que estar a la condena del futuro si no se toma la posta y se vuelve a iniciar la gesta.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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