¿Y Chile cuándo?

Los cónclaves oficialistas han devenido un ritual inocuo, como quedó expresado una vez más esta semana. Si en un inicio sus convocatorias impresionaban, pues sugerían el fortalecimiento de la labor gubernativa, hoy aparecen como un recurso mediático que solo aspira a crear la sensación de liderazgo y unidad ante la gente. Si hace meses estas citas beneficiaban a la Presidencia, hoy la perjudican y aumentan la desconfianza en la política.

Lo peor de estos cónclaves no es que no resuelvan nada y alimenten la frustración ciudadana. Según asistentes al último, en Cerro Castillo, la Mandataria dedicó gran parte del tiempo a escuchar las críticas a la gestión de Palacio y las invitaciones que le hicieron los partidos a zanjar de una vez los temas pendientes (entre ellos, la reforma laboral). Pero los políticos dejaron Viña del Mar como los asistentes al encuentro con Bachelet en su visita a La Araucanía: con la sensación de que se apunta y escucha mucho, pero no se imprime el rumbo a seguir, a menos que seguir como vamos sea el rumbo deseado.

Lo peor de estas citas es algo que La Moneda al parecer no entiende: el tema reiterado de un gobierno no pueden ser las tensiones entre la Mandataria y su ministro del Interior, el “segundo piso” y el gabinete, el ala jacobina y la moderada, o la descoordinación entre Ejecutivo y tiendas oficialistas, o el rol del programa, sino los desafíos de Chile. A los políticos se les paga para que se ocupen y resuelvan los problemas del país, no para que inviertan tanto tiempo en ver cómo atemperan sus disputas. Palacio ignora el abecé de la política: el gobierno no es un fin en sí mismo, sino un medio cuyo fin es el desarrollo del país.

Como los objetivos están trastocados, la preocupación por los chilenos se ve menoscabada, y así lo que pasa a dominar las noticias son los conflictos del conglomerado gobernante. Ocurre ahí como en el fútbol: el tema ya no es cómo juega la Selección, sino las tensiones entre entrenador y ANFP. Cuando el problema del cirujano que va a operar es el cirujano mismo, el que corre riesgo es el paciente. Para superar esta situación y volver a los problemas de Chile, urge un liderazgo claro y capaz de interpretar lo que el país quiere.

Por otra parte, la clase política en su conjunto tampoco ha entendido otra verdad elemental: Chile no volverá a ser el que fue hasta hace poco ni llegará a ser el Chile con que soñó la Nueva Mayoría. La derecha perdió el statu quo que estimaba seguro, y la izquierda perdió la posibilidad de, amparada en el carisma de Bachelet, hacer realidad su utopía. Vivimos hoy en el mundo de las ilusiones perdidas y aún nadie postula sueños viables. Tenemos hoy a un Chile desarticulado, irritado, desorientado y frustrado, que se ve a sí mismo en decadencia o estancado, y no confía en nadie.

También los nuevos referentes políticos deben tomar conciencia de esto y explorar alternativas que puedan convocar a una mayoría que saque a Chile del estancamiento, y le brinde unidad, estabilidad y prosperidad. Chile necesita reformas bien pensadas, legisladas y materializadas, no chapuceras ni a matacaballo. Lo duro para Chile no son los dos años que se fueron bajo la actual administración, sino los dos que faltan.

Y el panorama es complejo: ausencia de liderazgo, desconfianza generalizada, pésimos augurios económicos, delincuencia desbordada, violencia impune en La Araucanía, ofensiva mediática boliviana y un escándalo que golpea a la familia presidencial. Chile es como una pelota que está dando botes en la cancha. Hay que tener presente la historia de Venezuela: el populista Hugo Chávez, militar sin experiencia política pero de gran carisma, se apoderó de esa pelota y condujo a su país por una vía que terminó -algo difícil de consumar- arruinando a Venezuela, dueña de las mayores reservas petroleras del mundo.

Agotados ya, al parecer, los esfuerzos para reconciliar las dos almas que dividen a la Nueva Mayoría, y ante el peligro de continuar hasta 2018 con un oficialismo letalmente dividido, la Mandataria aún tiene, no obstante, una posibilidad de recuperar liderazgo y salir airosa: identificar como estadista lo que la gente anhela y lo que es viable, hablar con claridad y proponer acuerdos pensando más en Chile que en los partidos políticos y su lógica de poder. Así como la derecha debe convencerse de que Chile ya no será el mismo de antes, Bachelet debe aceptar que Chile tampoco quiere cruzar el sendero que trazó su improvisado programa de reformas. La ciudadanía anhela políticos e instituciones que hagan su pega, pero también un país más justo y próspero, que perfeccione lo que avanzó en las últimas décadas, que se inspire en naciones desarrolladas pero no en estatismos fracasados.

La solución no está ni en la restauración ni en la refundación del país, sino en la consecución de nuevos consensos que nos permitan superar la crisis y avanzar hacia un Chile con el cual pueda identificarse la mayoría.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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