Visitando Cuba. La Presidenta tiene razón

Hace algunos años recorrimos Cuba. Es un viaje para los jóvenes idealistas que creen que el Estado es un filántropo justo; que vale la pena cambiar el emprendimiento por la burocracia y que distribuir es más importante que construir. Es un viaje para los que quieren sacrificar la libertad en el altar de la “justicia social”, para los que creen que es mejor tener funcionarios que empresarios y reguladores que emprendedores. Ahora, si usted va y no capta la diferencia entre Cuba y una sociedad libre, quédese allá hasta que la entienda.

En Cuba el tiempo se detuvo. Todo ocurre en cámara lenta. Fidel asumió antes de que yo naciera; antes de que The Beatles empezaran a cantar y que Chile tuviera TV. Paradojalmente congelada en el trópico, la modernidad le pasó por el lado, desde la arquitectura hasta el arte, pasando por la tecnología.

Un país sin inversión, debate ni elecciones libres. Marcado por un lento pero implacable deterioro, nadie se queda atrás, pero tampoco sale adelante; donde son todos progresistas porque retroceder más es imposible. Todos tienen 2 pegas, la formal e improductiva -porque como dijo un cubano “chico: nosotros hacemos como que trabajamos porque Fidel hace como que nos paga”– y la informal, donde se desloman por una propina.

Es un viaje al “Jurassic Park” de la guerra fría, a un país sin publicidad, malls ni tacos, donde los letreros camineros cambian el optimismo de “la chispa de la vida” por un intimidante “Revolución o muerte”. Los museos que valen la pena son prerrevolución. Casas privadas como el museo de Napoleón o de exiliados que se arrancaron con lo puesto y donde uno se siente un intruso en la intimidad de una familia a la que Fidel le robó sus bienes, su historia y su patria.

La síntesis la hizo uno de mis hijos diciendo: “papá, aquí todo lo bueno y bonito pasó antes de la revolución“. Un país donde se respira temor; en que la gente baja la voz y mira alrededor para hablar del “sistema”. Un pueblo separado del siglo XXI, por el mar y la desinformación.

“Cuba es un país seguro, en que nadie pide limosna, pero todos mendigan jabón, dulces o shampoo . Pero, para tranquilidad de nuestra presidenta, lo hacen con mucha dignidad.”

Cuba vive la peor versión del capitalismo, la del mercado negro, donde hay de todo pero caro y solo para algunos. Fui a la mítica heladería Coppelia, que está en una plaza que la imaginación sugería majestuosa y elegante, y es una placita pintada de color piscina, que refleja el ideal estético socialista: ordinario, pero pretencioso sin ser vulgar. El taxista nos advirtió que los helados eran pésimos, porque los trabajadores se robaban la leche para venderla en la economía informal

Cuba es un país seguro, en que nadie pide limosna, pero todos mendigan jabón, dulces o shampoo . Pero, para tranquilidad de nuestra presidenta, lo hacen con mucha dignidad.

En Cuba no hay supermercados, librerías, periódicos ni cines que merezcan ese nombre. Las casas mal tenidas y los campos a medio cultivar. Como reflexionaba un cubano: “aquí las cosas son de todos, así que nadie las cuida“. El tedio lo salva la música, la naturaleza y la amabilidad de su gente. La vida nocturna transcurre a media luz, porque la electricidad languidece. La prostitución campea y solo cambió los clientes gringos por europeos.

Los cubanos son un pueblo alegre que anda triste. Un país sin gordos, donde no hay alimentos a los que ponerles etiquetas con semáforos. En que la tarjeta de crédito la reemplaza la de racionamiento, donde los doctores trabajan de meseros. Es la educación gratuita más cara del mundo, porque sin crecimiento ni oportunidades condena a los profesionales a la pobreza o la emigración.

Fidel asumió en 1959 en uno de los países más avanzados de Latinoamérica y entregó un país peor del que recibió, más pobre y menos libre. Cuba nos hace agradecer que Chile no haya escuchado a la Cepal de Alicia Bárcena, sino que a los Chicago Boys de Milton Friedman. Por eso, frente a la duda del gobierno comunista sobre si enterrar, incinerar o embalsamar a Fidel un cubano dijo “las 3 para estar seguros“.

La contribución de Fidel a la justicia social evoca la de Torquemada a la fe católica. Nuestra Presidenta dijo que Fidel contribuyó a la dignidad de su pueblo. Ella tiene razón, a los cubanos solo les queda su dignidad, todo el resto se lo robó Fidel.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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