Visionarios

Estación de metro Malostranská, Praga. Sin tarjeta de viaje. La costumbre lleva a la ventanilla para comprar un boleto. Un aviso tajante manda al usuario a las ya viejas máquinas dispensadoras, todas rayadas al lado derecho a fuerza de frotar monedas. Dice el mito que, si no pasan a la primera, basta un par de raspones. Tienen muchos años allí. Son las mismas que están en la calle, pues el sistema de transporte praguense –bastante bueno, por cierto– integra metro, tranvía y trenes de cercanías. En fin… nada demasiado sofisticado. Lo típico: monedas, tintineo, cambio y boleto. Como no hay barras de acceso a los andenes, solo se marca el papelito con fecha y hora en otra maquinita. Si apareciera el inspector, que en siete años apenas he visto una vez, he allí la constancia que salva la multa.

Como he dicho, nada de otro planeta. En las estaciones más nuevas, como Nádraží Veleslavín, la dispensadora es digital. Hace «bip» en vez de «clic». El asunto me ha dejado pensando. Cualquier estación santiaguina promedio tiene más empleados visibles que el inquilino de la ventanilla de Malostranská, hoy medio aburrido mirando cámaras de seguridad, y el inspector, que es como el cometa Halley: aparece de vez en cuando, cazando vivarachos e incautos. Metro Manuel Montt: cuatro en boletería, supervisores, personal de seguridad. Hay dos máquinas gigantes que, por lo que se ve, apenas se usan. Aún con la Bip!, a la hora complicada hay fila y congestionamiento garantizado.

El punto es que el futuro no llega de golpe. Se anuncia. Hace añales la automatización advierte que cada día más y más personas serán reemplazadas por aparatos y dispositivos. Hoy es más rápido, pues cualquier máquina medianamente decente hace lo que ayer mismo era ficción. Los softwares, la calidad de la visión de los robots, la autonomía y los algoritmos tienen en la mira millones de puestos de trabajo. No se trata solo de las tareas rutinarias. Dice Tom Ford en Rise of the Robots que el término más preciso es  «predictable». Estamos hablando de inteligencia artificial.

No busque en YouTube los robots de Boston Dynamics o a Sofía. Tampoco el restaurante Eatsa, en San Francisco, completamente automatizado; los drones repartidores; los vehículos autónomos y la «Chair Force», como a modo de chiste llaman a operadores de la Fuerza Aérea estadounidense que observan, patrullan y bombardean algún objetivo desde su escritorio, algo bastante más saludable que terminar KIA (Killed in Action). Tome su iPhone y pulse por unos segundos el botón central. Le responderá Siri, que aún es un poco tonta. Pero no la insulte porque podría molestarse y quizás será su futura asistente personal.

Radiólogos, abogados, mensajeros y hasta médicos… un estudio citado por Klaus Schwab en The Fourth Industrial Revolution lista los oficios con lápida esculpida. Le he comentado a mi amigo Gabriel, a propósito de un artículo de Nima Sanandaji: «el debate público en Chile en materia laboral huele a naftalina. Se discuten cosas que pronto serán casi absurdas. No hablaremos de cuotas de género, sino de personas y máquinas». Según Gabriel discutiremos por «cuotas de especie». Alexandros Vardacostas, de Momentum Machine, dice sin anestesia que sus dispositivos no están para hacer más eficientes a los empleados, sino para obviarlos completamente.

Concluyo: No sé si los liderazgos intelectuales, de opinión, empresariales, sindicales y políticos chilenos están siendo visionarios. El visionario no es superdotado ni adivino; solo sabe leer las señales del entorno y actuar en consecuencia. Si es responsable, pone los temas en la agenda e insiste. Y los considera en sus análisis y decisiones. ¿Qué pasará cuando la automatización, la robótica y el «Internet de las cosas» avancen aún más en la industria, la enseñanza, el hogar y en el propio Estado? ¿Está nuestra educación trabajando en las competencias para el mundo actual, especialmente en la creatividad, la innovación y la adaptabilidad? ¿Pararán los trabajadores del metro las estaciones cuando lo inminente ocurra? ¿Estamos discutiendo las políticas y reformas en este siglo o en la época del salitre? Son las cuatro de la madrugada y voy a dormir. Dice la app de mi teléfono que debo mejorar mis hábitos de sueño.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad de los autores y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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