Violencia: No importa quién era, dónde estaba ni cómo vestía

Lastesis’ nos enseñaron que no hay justificación para ningún acto de violencia contra las mujeres. Que la santidad de su voluntad debe respetarse sin peros, excusas ni explicaciones. No importa si ella se viste provocativa, ningún varón tiene derecho ni a piropearla ni a censurarla por su apariencia, menos a realizar avances no bienvenidos. Cuando yo interpreté esto como ‘tolerancia cero con las pequeñas humillaciones’, me criticaron señalando que no existe graduación, que no hay pequeñas ni grandes humillaciones. Y que es igualmente degradante piropear a una dama que insultarla.

Uno puede estar de acuerdo o no con ese criterio (el derecho penal desde luego disiente). Pero, dada la sensibilidad ambiente, es mejor respetarlo. Y simplemente, cuando se encuentre con una dama que luce un escote generoso e irradia un perfume embriagador, usted debe permanecer silente, indiferente y con la mirada fija en el horizonte.

Varias personas me han dicho que este fundamentalismo es necesario para terminar con la violencia y el abuso de una vez por todas. Que después el péndulo volverá a centrarse y se reconocerán matices, de manera que un piropo inapropiado no tenga la misma censura que una violación. Ojalá que así sea. Pero mientras tanto, recomiendo andar de ciego, sordo y mudo por la calle.

Yo quisiera que ese mismo rigor se aplicara en contra del resto de la violencia que respiramos a diario. Que esas mismas personas rechazaran sin ambages, excusas ni pudores la violencia en la Plaza Italia y en La Araucanía. Yo quisiera que cuando un individuo ataca a machetazos a un carabinero, nadie dijera que no tenían filo; que cuando queman el metro nadie dijera que son 30 años y no 30 pesos. Yo quisiera que cuando una organización criminal roba madera o vende drogas, nadie dijera que eso se resolverá cuando se solucionen los temas de fondo… Uno aspiraría a que los talibanes del respeto a la intimidad y privacidad aplicaran el mismo criterio estricto de ‘Lastesis’ respecto del respeto a la propiedad privada o la forma en que las familias educan a sus hijos; o al mero hecho de circular por la calle sin que lo hagan bailar. Pero paradojalmente ahí se llenan de matices.

Lamentablemente, la violencia se salió de madre y eso tiene varios responsables. Muchos que han sido ambiguos en la condena a la violencia; sectores de la prensa que se han olvidado de su mandato profesional, que los hechos son sagrados y las opiniones subjetivas y no al revés; sectores de izquierda que tienen un vértigo con la violencia y la épica revolucionaria que los traiciona; jóvenes que se confunden y homologan moralmente la violencia privada con la fuerza pública. Tampoco ayudan miembros de organismos de DD.HH. que, desde la comodidad de Washington o NY, pontifican sobre cómo la policía, con un pito y una manguera, debe controlar a delincuentes armados con machetes y bombas molotov.

Ojalá terminar con la violencia fuera un problema de carácter como en el ‘Far West’. En un estado de derecho no es así. Todos los poderes tienen límites y deben actuar conforme a la ley. Fracasa el Estado si los fiscales persiguen más a los policías que a los delincuentes o si sectores políticos quieren refundar carabineros antes que perseguir el narcotráfico y robo de madera (el eje política y mafia debe investigarse).

De ésta salimos si todos cumplen con su deber: si los chilenos repudian la violencia sin matices; que los medios informen con objetividad y distancia; que el Ejecutivo respalde la fuerza pública sin ambages; que los fiscales persigan a los malos sin miedo y los jueces de garantía protejan a los ciudadanos. Hasta el momento solo la Corte Suprema ha estado impecable conjugando los DD.HH. con la obligación de la autoridad de mantener el orden y hacer cumplir la ley.

Un período electoral y de discusión constitucional como el que enfrentaremos este año no convive con un trasfondo de violencia. Es hora de tolerancia cero con la violencia, sin peros, excusas ni contextos. Como dicen algunas: ‘Ya habrá tiempo para matices’.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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