¿Viaje de ida o de vuelta?

Nuestro país vive días complejos. La crisis social de la cual somos testigos y que no encuentra precedentes en el Chile democrático post dictadura, ha generado una repercusión en variadas esferas. Según consignan las encuestas Pulso Ciudadano, de Activa Research y Statknows, los problemas que más aquejan los chilenos se reiteran en los primeros lugares pensiones, alza en el costo de la vida y sueldos. Es decir, los problemas son más comunes de lo que se cree y no responden a entelequias construidas artificialmente para instalar una agenda, como es el caso de la búsqueda de una nueva constitución. Aquello solamente sería satisfacer, lo que precisamente se repudia, el ego y desconexión de la realidad de la clase política.

En este sentido, la problemática que atravesamos tiene mucho más que ver con el progreso mismo de Chile que con un deterioro o retroceso. El ex Presidente Ricardo Lagos, en su libro “En vez del pesimismo” resulta clave en este aspecto, afirmando que “las personas disponen de palancas para su desarrollo personal, esto es, cosas que deben hacer para lograr progresar junto a sus familias y comunidades. Una estrategia de desarrollo funciona cuando esas palancas contribuyen a lo que el país como un todo necesita, esto es, mecanismos para su desarrollo económico”. Así las cosas, cuando se produce un desajuste entre palancas y mecanismos, el desarrollo puede trancarse. Ese es el actual escenario.

Ocurre que el progreso de las personas y del país se ha ralentizado, ¿las causas? múltiples y variables. Vivimos en una época en que concentramos un Estado que cada día crece más producto de reformas mal hechas del gobierno anterior, en donde se realiza un gasto público ineficiente y prueba de ello es el elevado costo de los salarios de los altos cargos públicos, las asignaciones y la escasa modernización de servicios estatales. Un gasto público focalizado es precisamente lo que hoy se requiere, apuntar a aquellos grupos medios que han visto frustrados sus anhelos de progresar más rápido de lo que lo hacen, tratando de asegurar ese bienestar que tanto les ha costado alcanzar y que ven que cada día se parece esfumar con el viento.

Por último. No estamos frente a una disputa política, un desentendimiento o un rechazo a una medida. Se trata de una crisis política que ha puesto en tensión nuestra propia democracia, a tal punto de que algunos irresponsables han aprovechado el momento para levantar la moción de pedir la renuncia del Presidente, o bien, de acusarlo constitucionalmente. En pedir no hay engaño, dicen, pero aquí intentan pasar gato por liebre. Un vacío de poder es un viaje de ida, pero no se sabe sí de vuelta.

Lo que se necesita es un diálogo amplio, pluralista y fructífero, en que se dejen de lado las pataletas infantiles y se priorice una agenda que permita alcanzar la luz al final del túnel.

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