Una mujer para Constantinopla

En un vuelo a Santiago, un argentino intentando seducir a una estupenda chilena sentada a su lado, la miraba a los ojos y con ese verso de galán porteño le decía ‘¿qué hace una mujer como vos en Santiago de Chile?, vos sos una mujer para San Petersburgo… para Constantinopla’. Yo me la imaginaba embelesada, haciéndose la misma pregunta y contrastando la realidad de Santiago con el sueño de ser Catalina La Grande caminando por su palacio de invierno. Por supuesto mientras ella fantaseaba con volar en primera a San Petersburgo, el fauno lunfardo tenía otra cosa en mente.

En política, al igual que en el amor, esa seducción funciona y la izquierda lo hace de maravilla. Contrastar el mundo imperfecto en el que vivimos con el mundo perfecto con que soñamos es la receta del éxito político. Los candidatos nos susurran ‘¿qué haces endeudado, esforzándote y estudiando en una universidad privada, que te va a dar un título que nadie aprecia, para terminar trabajando para un abusador? Tú eres un joven inteligente y solidario, que mereces un futuro exitoso, estudiando gratis en una universidad pública de excelencia para después emprender exitosamente sin tener un jefe explotador’. Al joven, igual que a la dama cautivada por el seductor, inmediatamente le dan ganas de botar el lápiz, quemar los cuadernos y salir a tirar molotov en apoyo del seductor que le prometió ese futuro esplendor.

Chile está cansado de esforzarse y cree que lo merece todo y gratis. Nos hemos acostumbrado tanto a una economía libre, con promociones de todo tipo, que ya no reconocemos una oferta seria de una chanta, confundimos al casanova lujurioso con el pretendiente honesto. Lamentablemente en política no hay Sernac y se puede mentir a destajo. Esto permite aprovecharse de la gente. Esto lo sabían Garay o Chang, que defraudaron a medio Chile prometiendo rentabilidades generosas y libres de riesgo (con el apoyo entusiasta, por supuesto, de nuestros rostros de TV). Si ellos hubieran elegido la política y no los negocios, hoy serían alcaldes de Valparaíso o Recoleta en vez de prófugos de la justicia.

“Chile está cansado de esforzarse y cree que lo merece todo y gratis. Nos hemos acostumbrado tanto a una economía libre, con promociones de todo tipo, que ya no reconocemos una oferta seria de una chanta, confundimos al casanova lujurioso con el pretendiente honesto”

Chile a partir de 1929 se dejó seducir por el viaje al paraíso a través del Estado empresario y terminó mal. El recorrido es conocido, se llama ‘el otro modelo’ y la policía lo denomina ‘persiga el dinero’, y consiste en que los políticos se dedican a gastar los ahorros de otros mientras culpan a los privados o al neoliberalismo de los problemas que los mismos políticos crean. Empiezan gastándose los fondos de la seguridad social (ahí está el estadio nacional); siguen con endeudamiento externo (Chile tuvo 9 defaults de su deuda), inflación creciente (1.000% con Allende), expropiación del cobre y de la agricultura (gringos y agricultores explotadores), aumento de impuestos (que paguen los ricos) y de funcionarios públicos (camaradas y correligionarios) y requisición de la industria. Terminó cuando se acabó la plata, con el Estado controlando el 80% de la economía, con cero ahorro e inversión, con la juventud sin oportunidades, emigrando los que podían (acuérdese de la ‘fuga de cerebros’); los veteranos sin jubilaciones, y con violencia desatada que destruyó nuestra convivencia y democracia.

Hoy el viaje al paraíso es en aerolíneas recoleta con piloto yihadista y tripulación encapuchada. Todos los vuelos anteriores se han estrellado, pero como nadie lee historia hay cola por embarcarse. Pensiones generosas sin ahorrar; ofertas de agua brotando de manantiales cristalinos sin invertir; salud nórdica y sin colas; educación de calidad capeando más que la Greta Thunberg. Si total son todos DD.HH. que usted se merece gratis y de calidad por su sola condición de ciudadano. ¿Qué hace en Santiago si usted es para San Petersburgo o Constantinopla? Los más viejos sabemos que son promesas falsas; que se acaban cuando se gastan la plata ajena y usted va a terminar vacunado, en un motel, sin vista al Bósforo, pobre y pagando la cuenta.

Ojalá los electores se espabilen como la dama del cuento, que cuando aterrizamos y el galán porteño le pidió el teléfono, ella con gran elegancia le regaló una sonrisa y le dijo que no, que prefería Santiago.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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