Una década perdida

Se cumplen ya casi 10 años desde que se desatara la crisis financiera más poderosa de nuestra era. Como era esperable, el evento dio municiones a aquellos que culpaban a la economía libre de todo tipo de males, incluidos desastres como el de 2008. Pero lo cierto es que la última crisis fue fundamentalmente el resultado del intervencionismo estatal en los mercados. De partida los famosos créditos sub prime surgieron por presiones del regulador norteamericano que forzó a los bancos a otorgar un porcentaje creciente de hipotecas a minorías que muchos decían eran excluidas por el sistema y por tanto no podían cumplir el sueño de la casa propia. Así surgió la Community Reinvestment Act bajo el gobierno de Carter que luego sería endurecida bajo Clinton al punto de aplicar castigos ejemplares a bancos que se negaran a entregar créditos a los famosos ninja -no income, no job, or asset-.
 
A lo anterior se agregó el rol jugado por las famosas Fannie Mae y Freddie Mac creadas por el gobierno de EEUU con el objetivo de hacer financiable la vivienda a personas sin capacidad de pago. Estas entidades son conocidas como GSE, Government Sponsored Entities, precisamente porque cumplen con un mandato del gobierno y cuentan con una linea de crédito directo con el tesoro norteamericano. En la práctica, ambas compañías operaban en el mercado secundario de hipotecas donde ofrecían a diversos inversionistas paquetes securitizados de hipotecas compradas a Wall Street. Por esa vía ambas instituciones llegaron a cubrir prácticamente la mitad del mercado hipotecario norteamericano ubicándose en el ojo del huracán financiero que se desató en 2008. Como los inversionistas daban por descontado que, al ser patrocinadas por el gobierno, éste jamás las dejaría quebrar, entonces el riesgo moral se incrementó tan exponencialmente como el precio de los inmuebles que inflaban.
 
En otras palabras, el beneficio era privatizado mientras el riesgo era socializado. Es muy probable que sin la intervención de estas dos entidades la burbuja inmobiliaria jamás habría alcanzado las proporciones que alcanzó y la crisis no habría tenido el potencial devastador que se conoció. El mismo Alan Greenspan advertía en una audiencia frente al congreso de EEUU sobre el peligro que representaban estas dos entidades con su mandato gubernamental para la estabilidad del sistema financiero. Aquí entramos a un tercer y decisivo factor causante de la crisis que nada tiene que ver con el libre mercado. La Reserva Federal mantuvo las tasas de interés artificialmente bajas por mucho tiempo antes de que se desatara la crisis. Esto ha sido señalado como una causante importante de la burbuja por académicos como John Taylor.
“El tiempo mostrará cual será el desenlace del experimento tan contrario a la lógica económica más elemental que llevamos.”
 
Luego de que reventara la burbuja de las puntocom en 2001, Greenspan redujo las tasas a mínimos históricos con lo cual estimuló la economía norteamericana a costa de inflar una nueva burbuja pero esta vez inmobiliaria. Cuando la inflación comenzó a subir producto del exceso de liquidez en el sistema y Greenspan se vio obligado a incrementar las tasas, la prosperidad artificial que había creado se desplomó tan increiblemente como surgió. ¿Y qué ha pasado desde entonces? Pues la misma receta que generó la crisis se aplicó para intentar resolverla. Rescates a bancos que deberían haberse dejado quebrar, gasto público sideral, tasas de interés en o% y masivas inyecciones de liquidez se han aplicado a destajo para tratar de revivir un sistema asfixiado por el exceso de crédito y la mala asignación de recursos producto de la alteración de los precios relativos a que lleva la anulación de ese precio fundamental que finalmente es la tasa de interés.
 
De ahí que no haya habido recuperación económica real como señala el mismo Taylor. Y esa es también la razón por la que, salvo un milagro, una nueva crisis peor que la anterior es inevitable. Lo que no es inevitable es culpar al mercado, pues nada de esto habría pasado si se hubiera permitido que éste ajustara los excesos y eliminara a los malos inversionistas como corresponde a un capitalismo competitivo auténtico. El tiempo mostrará cual será el desenlace del experimento tan contrario a la lógica económica más elemental que llevamos. Por ahora lo claro es que ha pasado una década perdida, sostenida solo por el bombín monetario.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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