Una Convención parapetada

El aumento de la opción Rechazo para el Plebiscito de salida y la creciente desconfianza en la Convención, ambos evidenciados en al menos tres encuestas en las últimas semanas, debería lleva a reflexionar o reconsiderar varias cosas al respecto.

En primer lugar, queda claro que la ciudadanía no le dio una hoja en blanco ni chipe libre a los constituyentes. No los eligió para hacer cualquier cosa ni lo que les venga en gana, tal como advertía Ortega y Gasset en las cortes constituyentes en 1930 en España a algunos que, en ese entonces, sumidos en un radicalismo irracional, olvidaban que no fueron electos para hacer ni de payasos, ni tenores, ni jabalíes. En Chile tampoco los eligieron para convertir la Convención en peña folclórica, kermesse de colegio, fiesta de disfraces o feria costumbrista.

Por olvidar aquello, los independientes y los escaños reservados, algunos electos con muy pocos votos inclusive, han terminado oficiando de modo profundamente faccioso. Muchos parecen no entender la diferencia entre ser activista de una causa específica y el ser redactor de una constitución. Eso explica también las crecientes tendencias particularistas e identitarias, donde destacan el discurso pro indigenismo y el autonomismo, que cada vez generan más dudas y reticencias al elevar a una categoría casi sagrada a ciertos grupos o azuzar reclamaciones territoriales y jurisdiccionales sin claridad suficiente.

En segundo lugar, la creciente desconfianza en la Convención ha mostrado que una parte de ella, la predominantemente de izquierda, esta entrampada en el síndrome del pensamiento grupal. No aceptan críticas ni correcciones y todas las consideran un ataque al proceso mismo y el objetivo de tener una nueva carta. Cualquiera sea el caso, acusan conspiraciones, catastrofismo, manipulaciones, desinformación o malas intenciones. Esto se hizo más evidente frente a los últimos sondeos de opinión donde algunos convencionales mostraron su claro desdén respecto a los medios y acusaron todo tipo de intencionalidades. Así, parapetados y presumiéndose los únicos buenos y justos frente a un mundo corrupto que deben transformar, varios convencionales asumen una defensa ciega de su labor y sus objetivos, desatendiendo a expertos, académicos u otros actores, lo que lleva incluso a disparates como decir que se debe aprobar lo que sea que salga o reseteartodo. El propio convencional DC, Fuad Chahin, dijo que “hay una especie de burbuja donde nos miramos al ombligo” y que cualquier crítica se considera “un sabotaje interesado”.

Sin duda, la idea de unanimidad que acompañó el apoyo a cambiar la constitución y la posterior elección de los convencionales, probablemente les ha hecho creer a varios de los constituyentes que cualquier cosa que propusieran, por improvisada o carente de experiencia comparada, sería aceptada por la ciudadanía. Lo peor es que también parece llevar a otros, incluso el presidente Gabriel Boric, a pensar que cualquier cosa que se presente como carta fundamental será mejor que lo existente. Pero ¿Cuál es el estándar para evaluar lo que se propone? ¿Solo lo que la propia Convención considera adecuado según sus particulares puntos de vista?

Lo denunciado por Renato Garín en estos días, más allá de lo que pueda considerarse una humorada de mal gusto y una falta de ética entre colegas, evidencia el problema antes descrito, donde ciertos convencionales asumen que todo el resto es malo o tiene malas intenciones. Lo peor es que eso se traduce no solo en sectarismo, sino en un abierto amedrentamiento a los no conformistas y disidentes. Algo que ya fue denunciado tiempo atrás por otros convencionales como Bárbara Rebolledo. El propio Agustín Squella, quien ha había solicitado una jornada de reflexión en la Convención, ha dicho que destaca “la cerrazón de algunos colectivos y la arrogancia de no pocos egos”.

Así, más que una deliberación, lo que existe al interior de la Convención es matonaje amparado en un claro del asambleísmo donde ciertos grupos, como la Lista del Pueblo, frenteamplistas y el PC, presumiéndose poseedores de un humanismo y moral superiores, buscan imponerse sin mediar razones o cuestionamientos. Es decir, la convención no está solo parapetada, sino capturada por estos grupos. La gente no es tonta y se da cuenta de aquello. Entonces, qué clase de Constitución se está redactando si hay rumores de amenazas entre convencionales y presiones de todo tipo.

En tercer lugar, el aumento del rechazo muestra que los convencionales se han desconectado de los ciudadanos. Esto se evidencia en que presumen que la tarea que se les encomendó no es conformar un marco político nuevo para Chile, sino hacer un nuevo país con naciones y autonomías exacerbadas. Esto explicaría que muchas de las propuestas al interior de la Convención parecen más destinadas a satisfacer determinadas perspectivas identitarias y culturales a costa de desmembrar el país, y no a establecer una nueva constitución para Chile. ¿Qué garantía existe de que lo que se redacta como Constitución no presentará problemas prácticos e incluso democráticos más graves de los que se aluden a la carta vigente al azuzar particularismo de forma extrema?

Entre Apruebo y Rechazo hay un espacio, una distancia, se llama corrección. Aprobar por aprobar algo mal hecho, no tiene sentido. Rechazar por rechazar algo no terminado, tampoco. Quizás aún queda algo de tiempo para hacer una buena constitución, pero eso dependerá de tener una disposición más mesurada y humilde.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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