Uber, Cabify y el tsunami disruptivo

Esto no amerita demasiadas vueltas ni tecnicismos. Aclaro primero tres conceptos para poner las cosas en orden: iteracióninnovación disrupción.

La iteración es hacer lo mismo, pero mejor. La innovación es, esencialmente, hacer cosas nuevas. La disrupción es hacer cosas nuevas —es decir, innovar— que dejan a otras obsoletas, destruyendo, pero a la vez creando nuevas posibilidades y oportunidades. Destrucción creativa, pues, un concepto que al parecer acuñó un tal Werner Sombart, sociólogo alemán, y popularizó el famoso moravo Joseph Schumpeter.

Dicho esto, las innovaciones disruptivas han existido siempre —o casi, supongo—, pero hoy son pan de cada día; constantes, radicales y profundas como nunca antes en la historia. Y esto no solo es cosa de novedades guau, sino parte de fenómenos que han dejado hasta nuestra forma de pensar —o eso que en inglés llaman mindset— rayana en la inutilidad.

En su libro No ordinary disruption —lo pueden comprar y descargar vía Amazon en lugar de ir a la librería local, donde además no está—, Dobbs, Manyika y Woetzel dicen que las fuerzas disruptivas que actualmente rompen todas las tendencias en la demografía, la economía, la geopolítica, la tecnología y la conectividad, por mencionar solo algunos ámbitos, son tan masivas, poderosas y rupturistas que están remeciendo y quebrando patrones que por mucho tiempo han regido en casi cada mercado… de hecho, casi en cada aspecto de nuestras vidas. Y el que estén produciéndose al mismo tiempo hace que el mundo cambie de manera tremenda, dejando las intuiciones en las que nos formamos muy poco efectivas para comprender el entorno y tomar decisiones.

Los gurúes de Silicon Valley andan por la misma frecuencia. Salim Ismail, en su libro Exponential organizations, dice que el pensamiento lineal y los pronósticos en esa sintonía son hoy muy peligrosos para las empresas… en realidad, para todo. Suponen que el cambio se puede proyectar usando herramientas lineales y tendencias del pasado para predecir un futuro mucho más acelerado, de crecimientos exponenciales. Tarea: revisen lo que es la Ley de Moore y lo que pasó, por ejemplo, con Kodak y con Iridium, de Motorola Inc.

Sin más rodeos, lo que sospecho le está ocurriendo al gremio de taxistas, a funcionarios y legisladores, a propósito de la posible aprobación de regulaciones proteccionistas para controlar —no prohibir, que sería el colmo— Uber y Cabify, es que no tienen en mente estos conceptos, que no son teorías sino explicaciones de fenómenos muy reales que están dejando a los dormidos, a los ingenuos y a los desinformados tragados, ahogados o arrastrados por el tsunami de innovaciones tecnológicas disruptivas. O todo a la vez. Y si lo saben, están pataleando como pueden entre las aguas para salvar la popularidad o el trabajo, dependiendo del caso.

Mis únicas sugerencias para el mediano y el largo plazo, que nada tienen que ver con los detalles de las regulaciones mencionadas, son simples: tener conciencia, primero, de que el problema o desafío para taxistas y políticos no son estas firmas, sino lo que representan: disrupciones, a mi modesto juicio, imparables y menos por un papel. Basta mirar los avances en materia de vehículos autónomos, que ya funcionan, y su eventual incorporación a la industria del transporte. Lo segundo es que se olviden del argumento de la «competencia desleal». Las legislaciones y las instituciones, en general, no le están siguiendo el paso a las tendencias y las fuerzas disruptivas. Incluso muchas empresas y gremios están casi en la máquina de vapor en términos culturales. Aquí la cosa es que el modelo de negocios de Uber y Cabify está atendiendo mis necesidades de transporte mejor, y la prueba de ello es que la última foto que tengo montándome en un «techo amarillo» está en blanco y negro. Lo tercero es que piensen seriamente en reinventarse; no hay otra salida a la vista. No sé… ¿un servicio vintage de techos amarillos? Parece mofa, pero créanme que casi lo digo en serio.

Amigos, tratar de detener, retrasar, contener o adaptar los fenómenos disruptivos a modelos de negocio que van en retirada es como poner saquitos de arena en la playa para parar un tsunami. A los legisladores y políticos, y no para este caso particular sino en general, les sugiero cambiar sus planes de veraneo y darse una vuelta por Estonia. Está haciendo mucho frío ahora, pero van a ver cómo los bálticos —que también regulan— llevan como un siglo de adelanto mental en materia de políticas públicas y tecnología. Aquí hay un gran reto a la inteligencia y a la visión.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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