Trump en nuestra Constitución

Es bien difícil analizar las elecciones gringas, más aún acá, desde el fin del mundo, pero hay algo que me niego a creer: que los votos de Trump son una afirmación de todo lo malo que él, como individuo, representa: mentira, racismo, machismo, prepotencia, etc. Quizás soy ingenuo, pero no puede ser que el 48% de los 150 millones que votaron tan dementes como él. Tiene que haber mucho más, y no solo un apoyo a baja de impuestos, proteccionismo o la tirria al ideal cosmopolita.

Meryl Streep nos dijo hace unos años que si no fuera por ella y la «gente de Hollywood», no tendríamos «más entretenciones que ver fútbol y artes marciales que, en todo caso, no son El Arte». Es decir, ella, y Hollywood, son la fuente de la correcta entretención y del verdadero arte. Lo decía en función de unos arrebatos de Trump y debido a que «la prensa, los extranjeros y Hollywood», estaban siendo «la clase más vilipendiada de la sociedad estadounidense en la actualidad»: Hollywood, la industria del cine que a través de los Oscar premia a las minorías —y no películas—, y que se nutre en el más simple y burdo baile de dólares gracias al consumo de superhéroes, explosiones e infantilismo. Como si una asociación entre McDonald’s, KFC y Subway insistiera en presentarse como los verdaderos jueces de la alta cocina, dijo Ernesto Ayala. Y de la cocina saludable, agregaría yo. Puro show. ¿Qué hay de malo en seguir el fútbol americano y tomar cerveza? Juzgar mezclando cuestiones como mitomanía y machismo con tener camionetas y salir a pescar hace mal. Ese es el tipo de cosas que despierta iras contra los demócratas que se transforman en votos. Hace unos días, el expresidente de RD, Rodrigo Echecopar, hacía creativas comparaciones de las elecciones gringas con los partidos de cricket, el sofisticado deporte británico. Espero no se burle algún día de quienes todavía seguimos nostálgicos de la noventera Don Balón.

Deberíamos aprender de la prueba que al parecer superó la democracia estadounidense: controlar a un loco descriteriado. Por más mal que hizo, no pudo hacer mucho. Las instituciones hay que pensarlas así, imaginando que el peor energúmeno llegará al poder. Por eso nunca hay que darle muchas herramientas al Estado. Imagínense a Trump twitteando hacia dónde debe dirigirse el famoso «régimen de lo público» de Atria y sus amigos. O nuestra educación en manos de Matías Walker o de los diputados Winter o Urrutia. Y en Chile también tenemos unos que hacen lo suyo: se hacen ricos actuando en teleseries hijas del más burdo consumismo para después, en nuestros Oscar de la bondad en Twitter, autosantificarse y autoanularse mentalmente cancelando por modas a personas con opciones incomparables al trumpismo, AMLO o el chavismo. Parece que la cosa era estudiar teatro.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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