Transantiago y Melbourne

Un estudio realizado por ingenieros de la U. de Chile presenta a nuestro Transantiago como el sistema de transporte con más alta evasión del mundo y donde, prácticamente, no existiría fiscalización. Al respecto, viene al caso recordar una anécdota personal como estudiante de intercambio académico en la ciudad de Melbourne —donde existe una bajísima evasión, según el mismo estudio—. Era 2006 y llevaba un par de días en la ciudad australiana donde, mientras buscaba un lugar en donde instalarme, usaba constantemente el sistema “privado de transporte público”. En uno de estos tranquilos viajes arriba de los llamados tram, súbitamente aparecieron tres grandes personajes vestidos de azul oscuro, con el ceño fruncido y visiblemente empoderados.

Un pasajero adelante mío se bajó corriendo y yo, sin entender mucho, observé cómo estos personajes le pedían, uno a uno, los documentos a todos los pasajeros. De repente, en un idioma inglés inentendible para mí, empezó una escena algo violenta. Fuertes discusiones terminaron con los tres sujetos recriminando a otra persona abajo del tram, mientras aparecían refuerzos. Luego, más avanzado el viaje, se repitió la escena inicial, pero esta vez llegaron hasta mí. Me pidieron mi ticket y, al ver que yo había pagado una tarifa «escolar», me solicitaron mi identificación como tal. Mostré mis credenciales universitarias nacionales e internacionales, pero empezaron a increparme. Yo no les entendía ni lograba hacerme entender. Desesperadamente les exhibí mi pasaporte chileno para mostrar que había recién llegado y no entendía mucho su inglés y menos sus reglas —las que yo, imaginaba, había violado—. Después de analizado mi pasaporte, uno de estos personajes llamó a una compañera y yo, ya vejado públicamente, bajé avergonzado junto con ella. Abajo, más tranquilos y luego de que el tram se había alejado, la mujer cambia de idioma y me dice: “¡Y tú ´soy’ chileno! ¡Todos son iguales! ¡Siempre haciéndome pasar vergüenzas frente a mis colegas! Ya, ¡ándate cabro chico!”.

Es claro que tenemos un problema cultural que costará un largo trecho arreglar. Sin embargo, si a nuestro Transantiago se siguen subiendo inspectores solos, una vez a las mil, y las multas o castigos no tienen ninguna consecuencia real, más que un largo trecho, será uno infernal.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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