Tragedia de Juan Fernández: Sobre héroes y tumbas

Se cumplieron 10 años desde el accidente de Juan Fernández. Ahí murió un grupo variopinto de chilenos con distintos apellidos: Camiroaga, Correa, Fernández, Arnolds… con diferentes oficios: arquitectos, militares, deportistas, camarógrafos…Y con distintas historias vitales. Hombres y mujeres sin nada en común salvo su amor a la patria, su generosidad con el prójimo y su responsabilidad con el trabajo bien hecho y el servicio a los demás.

El 2 de septiembre de 2011 es un día que vivirá en la gloria de nuestra historia y en la memoria de nuestra generación. Será un día que conmemora el Chile que todos queremos ver, un Chile unido trabajando por una causa común. Ese Chile que convocó a personas disímiles, pero que tenían mucho que aportar en la reconstrucción y la recuperación de la vida normal después de un terremoto descomunal que dejó una huella imborrable en el país. Ese grupo no pensaba políticamente igual, no pretendía criticar a nadie ni convencer a nadie, no buscaba decirles a los isleños de Juan Fernández cómo debían vivir su vida o cómo debían comportarse. Solo quería ayudarlos y hacer bien un trabajo.

Uno de esos chilenos era Felipe Cubillos. Él representa mucho de lo que debemos rescatar para salir de la coyuntura aciaga en que nos encontramos. Felipe era un patriota que amaba a su bandera, su gente y su geografía (en la vela del yate con que corrió la regata de la vuelta al mundo llevaba el dibujo de un selknam). Era un deportista de elite, que había representado a Chile en panamericanos y campeonatos mundiales; era un líder de opinión, fundando con otros chilenos parecidos a él una organización solidaria ejemplar como es Desafío Levantemos Chile. Al igual que su héroe, Arturo Prat, sirvió en la Armada de Chile y fue abogado.

Como empresario fue más empeñoso que exitoso. Pero su definición de éxito empresarial tenía que ver con crear cosas, perseguir sueños y construir obras. Si además ganaba plata, mejor, pero no era eso lo que motivaba su capacidad industrial. Creó desde pisciculturas en Peñaflor hasta marinas en Puerto Montt, pasando por navieras de transporte de salmones, empresas ‘punto com’, bombines marinos para generar electricidad y pigmentos a base de algas para alimentar salmones. En algunas le fue mal, en otras bien, y en la mayoría más o menos. No tenía capital para sus proyectos, pero nunca lo vi criticar a los demás empresarios ni quejarse porque no lo apoyaran. Llamaba a los amigos, a los bancos o invitaba a socios y aperraba solo, con esfuerzo y sin quejarse. Nunca le faltó alguien que creyera en sus sueños y cuando no resultaban, quedaba siempre la satisfacción de un trabajo honesto y bien hecho. Como él decía: ser empresario es sin llorar, porque las probabilidades de éxito son una en 10.

Felipe era un libertario de derecha, pero no era político. Lo suyo era el liderazgo social más que la competencia electoral. Era un escéptico del Estado, al que nunca le pidió apoyo ni subsidios. Decía que del Estado solo esperaba que lo dejara tranquilo y no lo ahogara con impuestos, burocracia y regulaciones.

Felipe creía en las personas, en su derecho a elegir y en su obligación de hacerse responsable de sus actos. Nada le molestó más en su cruzada posterremoto que llegar a una caleta de pescadores y ver a un grupo de ellos esperando por la ayuda estatal, sin hacer nada por ayudarse a sí mismos. Era un hombre de familia que dejó cuatro hijos que eran su principal orgullo. Felipe demostró que se puede ser separado, pero mantener una familia unida; que se puede ser hippie, pero cumplir sus responsabilidades; que se puede emprender sin capital. Y que se puede servir sin exigir nada a cambio.

Como bien dijo su amigo Marcelo Gidi (sj), en la homilía conmemorativa de este jueves, Felipe era un rebelde con causa. Y, citando al Quijote, nos recordó esa frase maravillosa que reflejaba su humanidad: ‘La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar. Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida’.

Felipe y los 20 héroes que fallecieron ese día dejaron un ejemplo de vida. Descansen en paz, se lo merecen.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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