Tejedores de discordia

En la actualidad, increíblemente, la idea del riesgo de la guerra civil en el seno de una democracia parecer ser una excentricidad. Si alguien esboza el riesgo de aquello se le acusará de catastrofista o de promotor de la violencia. Pero advertir algo no necesariamente significa querer que suceda, ni considerarlo deseable. Pero como dice el dicho, es mejor prevenir que curar.

En Chile, en las últimas semanas hemos sido testigos de varios episodios que evidencian un nivel preocupante de desmesura. Un desenfreno que se hizo muy evidente en octubre de 2019, que luego quedó latente con la llegada de la pandemia y que, contrariando los pronósticos más optimistas, el proceso constitucional parece haber reactivado de forma más intensa al impulsar una evidente polarización política, sobre todo entre las élites.

“Un desenfreno que se hizo muy evidente en octubre de 2019, que luego quedó latente con la llegada de la pandemia y que, contrariando los pronósticos más optimistas, el proceso constitucional parece haber reactivado de forma más intensa al impulsar una evidente polarización política, sobre todo entre las élites.”

El acto de cierre del Apruebo en Valparaíso sin duda es un ejemplo claro de libertinaje. La pelea entre ciclistas y huasos a caballo en la Alameda es otra muestra de la desmesura enemiga de la democracia. Los combos del diputado De la Carrera contra otro legislador en el Congreso es otra muestra del desenfreno imperante que va contra la ética que debe imperar en la política.

Hace tiempo que la sociedad chilena muestra estar dominada por histriones y demagogos. Qué mejor ejemplo que ese gran histrión llamado Rodrigo Rojas Vade, alias Pelao Vade. Como una ironía, el día 5 de septiembre, sea cual sea el resultado del plebiscito, también se cumplirá un año desde que nos enteramos de su mentira. Predominan, como diría Ortega, cabezas confusas, mentas vagas, que no saben bien lo que quieren y no quieren, que han nacido para disparar juntos todos los problemas y no resolver ninguno, que se ven atraídas teatralmente por aspavientos heroicos que han visto antes en libros. O por las redes sociales diríamos ahora. Entonces, se creen Che Guevara o partisanos luchando contra un ejército de Hitler imaginario. Más que sujetos políticos, parecen infantes jugando a la guerra o la revolución, sin visualizar que, con su irresponsable frivolidad podrían incubar una tragedia.

Ortega decía, además, que estas almas patéticas se embriagaban hablando muy bien, generando la borrachera demagógica, azuzando con ello la discordia. Así, a la falta de escrúpulos se suma el visible el predominio de los eufemismos, del discurso instrumental y utilitario. Estamos ante una fiesta de disfraces o un baile de máscaras donde reinan los demagogos. Esos que se presumen el sheriff del pueblo. Pero el disfraz de los histriones no es solo literal, como aquellos que se visten a la usanza de un pueblo originario aunque no saben ni su idioma, sino también retórico.

Muchos ofician de pontificadores, como Giorgio Jackson. Otros ofician de víctimas permanentes para justificar el convertirse en victimarios o profitar de sus propios muertos o de la historia.

Lo anterior se refleja en que Chile tiene un serio problema de liderazgos, de agudeza intelectual, pero también de mando. Porque aquel que cree que su rol como político es dar el sermón de la montaña, por cadena nacional, ha elegido mal su dedicación. Peor si es un histriónico que habla bien o es un frívolo. Porque el que presume de mesías y además es frívolo, inevitablemente termina siendo un inquisidor que divide al mundo entre buenos y malos. El problema es que cuando el vínculo político se vuelve más importante que el vínculo familiar, cuando se produce la confusión entre el plano político y el plano íntimo de las personas, se incuba el riesgo de la stasis. Entonces, se siembra la discordia, la división y el riesgo del enfrentamiento civil. Y vemos una extravagante pelea entre huasos versus ciclistas.

Un error frecuente consiste en presumir que la politización de la ciudadanía se refleja de cualquier forma, incluso con la violencia. Pero una muchedumbre violenta y errática es totalmente contraria a la idea de ciudadanía. Por eso, la irrupción de la violencia en una democracia debería ser vista como el triste proceso de agonía de la política democrática y no como su refuerzo. Por eso, validar las barricadas y a la vez decir que se quiere mejorar la democracia con más democracia, es una contradicción brutal.

Una contradicción que se vuelve problemática para quien asume el deber de gobernar. Quizás el ejemplo más claro de eso en la actualidad es la notoria imposibilidad del gobierno de desarticular en serio a los grupos terroristas en el sur. Frente al terrorismo, cada vez más criminal como vimos en Contulmo, no sirve posar de gobernante para portadas extranjeras. Se requiere voluntad cierta. Porque buscar la concordia, sobre todo en tiempos convulsos, es quizás el acto político por excelencia y eso exige imponer la paz.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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