Soy joven… vote por mí

Aprovechando que estamos en época de campaña, le propongo un ejercicio simple. Analice la publicidad de los candidatos jóvenes de su comuna. Le apuesto que más del 90% tiene en su eslogan la palabra “juventud”, “fuerza joven”, “un recambio para (agregue aquí el nombre de su comuna)”… Acérquese un ratito a alguno de estos candidatos y pregúntele sobre sus ideas. Nuevamente le puedo asegurar que su discurso descansará casi exclusivamente en su condición juvenil y en cómo -a partir de su edad y solamente su edad- “le viene a cambiar el rostro a la vieja política”. Ejemplos sobran, pero todos tienen un denominador común: lo nuevo -o lo joven- viene dotado de un aura inmaculada que debemos respetar sin siquiera ahondar en las ideas de fondo -ideas de verdad, no esas que se leen en un panfleto Chacón-.

Ser joven no es sinónimo de renovación. El rostro amable y la consigna están muy lejos de esa política de ideas que tanto necesitamos hoy. El resultado de esta dinámica “de vitrina” crea políticos de forma y no de fondo, y genera ciudadanos frustrados con un discurso público que prometió igualdad, gratuidad (agregue aquí el concepto políticamente correcto que quiera); y que terminó en pura frustración de expectativas. El ciudadano no es un consumidor, la política no es un mercado de bienes y servicios ofrecidos por modelos con buen casting en un eslogan ingenioso. Más que productos garantizados, el ciudadano necesita de condiciones, ideas y convicciones que le permitan vivir de manera pacífica en una sociedad donde el bienestar de uno no implica necesariamente la miseria de otro. Al poco andar, las personas se darán cuenta que los políticos nunca tendrán la capacidad de cambiarles sus vidas de manera radical, pese a que algunos diputados jóvenes -y, obviamente, bien evaluados por las encuestas- nos traten de vender esta añeja idea como la última chupada del mate importada desde algún país escandinavo.

La verdadera renovación de la política está en un cambio de mentalidad. Una convicción basada en el reconocimiento de la persona como un ser capaz de elegir su destino sin perjudicar al de al lado. La gente lo sabe y ya no cae tan fácil en el político que consigue el voto a cambio de algún ofertón estatal. El problema es que esa conciencia se expresa hoy en desconfianza generalizada, en abstención de participar; en vez de incentivar con votos políticas realistas y responsables. Es importante que las nuevas generaciones de políticos tengan claro este asunto si verdaderamente quieren reencantar a la gente con un nuevo discurso público. Aquí radica la verdadera renovación. Aquí radica el rescate de la política. El país lo necesita con urgencia.

 

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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