Simbiosis fascista

Poco se ha comentado sobre lo sucedido hace algunos días en Escuela Militar y el enfrentamiento de grupos extremistas en el contexto del debate constituyente. La diferencia es que ahora otro protagonista hizo irrupción directa e identificable: la extrema derecha. Lo que reflejan estos episodios es que no existe nunca un solo fascismo en el horizonte, sino que, cual tercera ley de Newton, una acción conllevará siempre una reacción de igual a mayor magnitud que haga resistencia a la fuerza original. Esta irracional estupidez colectiva encuentra su correlato en el otro para justificarse, pues de otra manera caen en la irrelevancia de estar combatiendo contra una muralla de humo; necesitan de un enemigo. Así la extrema derecha se mezcla con su opositor natural, en una especie de parasitismo fascista, con una consigna inimaginable en común: el sistema necesita de ellos para renovarse, pero no por la vía institucional, sino por necesidad de la vía armada. No solo los extremos se tocan; a veces tienden a mimetizarse, siempre usufructuando del otro para seguir subsistiendo.

No condenar con la suficiente fuerza las expresiones de violencia, independiente de la vereda en la cual estemos, irremediablemente potencia a estos grupos que así solo tienen espacio para crecer.

Sin embargo, su violencia no es estable o regular, y tampoco es su propósito que así sea. Necesitan que la escalada de agresiones sea siempre exponencial porque así se legitiman. Esta especial circunstancia la han aprovechado por la triste negligencia del Estado para controlar los episodios de violencia, y donde esa apertura de impunidad se está volviendo sintomática. No condenar con la suficiente fuerza las expresiones de violencia, independiente de la vereda en la cual estemos, irremediablemente potencia a estos grupos que así solo tienen espacio para crecer, llevando a la sociedad —que mira al margen— a dos acciones; polarizarse y tomar posición en alguna de estas trincheras, o rehuir de los espacios públicos, dejando la cancha libre a que estos grupos sigan controlando las calles.

Ambas opciones terminan por alimentar a un fascismo que se alimenta de más fascismo. En definitiva, este fenómeno solo crece por culpa de quienes creen que la violencia es un medio legítimo para realizar cambios. La historia nos ha demostrado que nunca será una opción válida por principios democráticos. Lección aparte para aquellos políticos que sigan estas mismas lógicas, pues siempre serán parte de la simbiosis fascista.

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