Siempre es más fácil quemar

Primero cayó Edward Colston en Bristol, y como quién enciende una chispa en un mar de petróleo el movimiento “anti estatuas” se expandió por el mundo en un abrir y cerrar de ojos. Rápidamente le siguieron las figuras de Colón e incluso Winston Churchill. La verdad es que desde Leopoldo II hasta el mismo Voltaire, nadie parece salvarse de la voluntad de los autoproclamados guardianes de la moral. Chile tampoco ha estado ajeno a esto, recordemos lo ocurrido el pasado octubre cuando se vandalizaron varias de las estatuas que hacían alusión al proceso colonial en nuestro país. ¿Justicia social o berrinche emocional?

“Hemos reemplazado el pensamiento crítico por la fuerza de la emotividad”

Lo que a simple vista parece ser para muchos la máxima expresión de justicia, humildad y consciencia social no es en realidad más que un trágico reflejo de la arrogancia de una juventud que está tan convencida de su superioridad moral como para juzgar el pasado con el mismo prisma de hoy. Una visión reduccionista, fácil y cómoda. En el pasado todos eran malos, despreciables e inhumanos. La ciencia, la tecnología y las humanidades evolucionaron, pero al parecer la moral siempre fue estática y el contexto es solo una palabra vacía. Hemos reemplazado el pensamiento crítico por la fuerza de la emotividad, porque la emocionalidad pulsional vale más que la honestidad intelectual de dejarse persuadir por buenas razones y exhibir las propias en un debate público de buena fe. Bienvenidos a la era de las soluciones fáciles.

Lo que pudo ser la instancia perfecta para replantearse el sentido de las estatuas, terminó siendo una burda cacería sobre un pasado que no queremos reconocer. En lugar de cuestionarnos lo que estas simbolizan, aprovecharlas para contar su historia, agregar información relevante en sus placas, explicar el contexto, y así defender la memoria de algo que no queremos repetir. Pudimos aprovecharlas para educar, visibilizar y honrar a las víctimas de un determinado período. Pero siempre es más fácil quemar.

La verdad es que luego de ver lo ocurrido durante las últimas semanas resulta imposible no acordarse de las palabras de George Orwell en su polémica obra 1984. Una sociedad donde “todos los documentos han sido destruidos o falsificados, todos los libros han sido otra vez escritos, los cuadros vueltos a pintar, las estatuas, las calles y los edificios tienen nuevos nombres y todas las fechas han sido alteradas”. Una ficción distópica que con el correr del tiempo ha cobrado más y más relevancia.

Y ahora la pregunta es ¿Cuánto pasado debemos quemar para sentir que finalmente se ha hecho justicia? ¿Cuándo el coliseo romano esté en ruinas y las pirámides no sean más que arena en el desierto? ¿Cuándo cada película de los años 30 y 40 sea reeditada para evitar cualquier tipo de sensibilidad? Tal vez Orwell tenía razón, y lo que el mundo va a buscar desde ahora será un eterno presente. “La Historia se ha parado en seco. No existe más que un interminable presente en el cual el Partido lleva siempre razón”. Y tal vez el Partido seremos todos nosotros. No será necesario que nos muestren dos minutos de odio cada día, ya lo hacemos por voluntad propia, cada vez que recogemos el celular.

No es momento de ser pesimista, o creer que todo está perdido, pero sí llegó la hora de examinar cómo reaccionamos hoy ante aquellas cosas que no nos gustan o nos incomodan. De lo contrario, lo que hoy es un simple clásico de ficción, mañana puede estar golpeando a nuestra puerta. Y que no nos sorprenda, nosotros lo invitamos.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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