Seguiría indignado

Mañana, Felipe Cubillos cumpliría 53 años. Su última y más famosa columna se titulaba “Soy un indignado”. En ella se lamentaba de que nuestra libertad estuviera más amenazada por la debilidad de sus defensores que por la fortaleza de sus agresores.

Como homenaje a su cumpleaños y a esa gran columna que escribió, les voy a contar por qué yo también estoy indignado. O soy parte del “estado de crispación”, que le llaman hoy.

Por éstas y otras muchas razones, mi amigo Felipe seguiría indignado y esperando que los defensores de la libertad levanten la voz.

Me indigna ver a la gente hacer una cola interminable en un paradero porque al Estado se le ocurrió diseñar un sistema de transporte malo, feo y caro. Me enardece que todos los años haya que subsidiarlo, cuando antes no le costaba nada al erario. Además, me revientan los frescos que no pagan.

Me indigna cuando me roban dos veces en mi casa, otro par de veces en los autos y tengo que mirar para cada lado antes de abrir la puerta. Pero el gobierno me dice que tengo un problema de percepción.

Me indigna que me den lecciones sobre institucionalidad y gobierno corporativo, pero usan al SII para perseguir adversarios políticos, y todavía no nombran Contralor General de la República ni director del SII.

Me irrita enormemente la espera interminable para obtener la revisión técnica de mi auto porque al Estado se le ocurrió crear un sistema tan inútil como ineficiente.

No puedo entender que una inmensa minoría, tan arrogante como poco práctica, haya reformado un sistema tributario inteligente y perfeccionado con años de prueba y error, cambiándolo por un galimatías ininteligible.

Me rebela que un grupito de pseudointelectuales de folletín, con una experiencia inversamente proporcional a su ego y estulticia, se tome el Ministerio de Educación y cause el efecto de un arma de destrucción masiva sobre uno de los desafíos más delicados del emprendimiento humano, como es la educación de los niños.

Me revienta el doble estándar y el cinismo: que los promotores de la estatización educacional y la salud eduquen a sus hijos en colegios privados y cuando se enferman se internen en las clínicas del sector oriente.

Me indigna que después de la exhibición de incompetencia que demostró Arenas, lo contrate la CEPAL -que financiamos todos- para asesorar en políticas públicas. ¡Si su gestión en Hacienda es más digna de decorar un prontuario que un currículum!

Me amarga que a una librería donde compro asiduamente, y en la que con toda tranquilidad se pueden encontrar obras de criminales como Hitler, Stalin y el Che Guevara, se le ocurra censurar los libros de un autor nacional políticamente incorrecto.

Me ofende que el sector público no entienda que está para servir a las personas, y no al revés. Por eso se llaman “servicios públicos”. Pero más me envenena que algunos sigan promoviendo que los defectos de la empresa privada se van a solucionar con organismos estatales, cuando el riesgo de abuso, negligencia y corrupción aumenta exponencialmente.

Me rebela ver cómo se enseñorean los peores vicios de la condición humana y que destruyen nuestra institucionalidad y convivencia: la ignorancia arrogante y la incompetencia con iniciativa.

Exijo una explicación cuando veo al gobierno decir que apoya a Carabineros, pero cada vez que reaccionan, incluso en defensa propia, los respaldan con un silencio ensordecedor.

Me ofende que los mismos que persiguen el cigarro y el azúcar -porque hacen mal para la salud- promuevan la marihuana porque hace bien.

Me enfurece pensar que cuando caiga el telón, los autores de la debacle se van a ir a las universidades, organismos internacionales (libres de impuestos) u ONGs a asesorar en cómo llevar a otros países desde el umbral del desarrollo a la edad de piedra.

Me indigna que la política arriesgue ser capturada por un juego de slogans , repetidos majaderamente por una pequeña turba que desconoce nuestra historia y reniega del alma humana en sus infinitas complejidades, buscando despertar en esas almas los peores sentimientos de envidia, resentimiento y codicia.

Por éstas y otras muchas razones, mi amigo Felipe seguiría indignado y esperando que los defensores de la libertad levanten la voz.

Por Gerardo Varela

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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