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Ya son menos los kioskos que se ven por Providencia —y menos de esos que estaban saturados de revistas—. Hace poco ví uno que tenía colgada una National Geographic que titulaba: «¿Por qué mentimos?». Su clásico amarillo desentonaba entremedio de otras revistas que respondían: eran puras ediciones distintas de Vanidades.

“Ahí, en el discurso, es donde hay que dejar libres a los vendedores ambulantes, pero, si me hago alcalde, arraso con las calles; en fin, esto es, ha sido, y seguirá siendo, una simple pose, pura vanidad, pura pose de bondad”

Lo mismo dijo el Presidente Boric, recién elegido, cuando defendió a su ídola Taylor Swift en Twitter. Para Boric, Damon Albarn era el clásico tipo de persona que necesita insultar, o mentir, para llamar la atención, y por eso había salido a decir que ella no componía sus canciones. Boric quizás no sabía de su existencia, y quizás tampoco la de Blur, Gorillaz o The Good, the Bad & the Queen. Se entiende, especialmente luego de conocer sus diez libros favoritos. El británico pidió al tiro perdón después de que le hicieron ver su error, y lo pidió «sin reservas y sin condiciones». Sin embargo, estaba hablando sobre algo general, interesante, pero también herético para los puritanos: hablaba de jerarquías, de que existen opiniones y cosas mejores que otras, una reflexión simplemente inaceptable en una conversación hoy. «Según quién», te dirían los puritanos. Para Albarn, un músico que compone está por sobre el que coescribe o le escriben. Una idea insoportable, aunque en el discurso no más. Ahí, en el discurso, es donde no existen conocimientos superiores, pero, si me enfermo, voy al doctor; ahí, en el discurso, es donde la élite no-jesuita es explotadora e indigna, pero, por mientras, abuso de los emocionalmente débiles; ahí, en el discurso, grito sobre «actos del habla» y contra discursos de odio, pero, si un terrorista le declara la guerra al Estado, no hay que perseguir «ideas ni declaraciones»; ahí, en el discurso, es donde hay que dejar libres a los vendedores ambulantes, pero, si me hago alcalde, arraso con las calles; en fin, esto es, ha sido, y seguirá siendo, una simple pose, pura vanidad, pura pose de bondad.

Un viejo amigo insiste que para entender a estos nuevos puritanos hay que leer «La revolución de los santos». Magno nombre, es de Michael Walzer. Ahí habla de los calvinistas, quienes «deploraban el interés privado» y hacían «elaboradas reglas contra todo pecado imaginable,… incluso jugar cartas», aunque también habla de la «casuística política calvinista y jesuita», tal como el «populismo jesuita» que describe Loris Zanatta: el buenismo que declaró como enemigo al individuo moderno, que apunta con el dedo a esa «codicia sembrada en la sociedad chilena» que ha hecho incluso que «colegios particulares pagados, algunos católicos, cobren matrícula a los papás»; un acto demoníaco, pero, mientras tanto, ellos, los santos, hacen de las suyas, harto más diabólicas que comprar y vender acciones o cobrar una matrícula por trabajar. Mentirosos y vanidosos todos. Y quizás peor: se lo creían.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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