Sandel y los límites del mercado

Durante enero estuvo en Chile Michael Sandel, el famoso filósofo de Harvard que cuestiona la existencia de mercados en ciertos ámbitos como, por ejemplo, el de órganos humanos. Para él, ciertos mercados —aunque salven vidas, como el de los riñones— no deberían existir por diferentes razones. La primera, y más clásica, es la desigualdad. Diferentes poderes adquisitivos de las personas implicarían accesos desiguales a esos bienes. ¿Habría entonces que prohibir el mercado de la comida, o el de la educación también?
 
La segunda crítica se podría separar, a su vez, en dos. La primera tiene relación con el simbolismo de los mercados. Para Sandel, autor de libros como “Lo que el dinero no puede comprar” y “Justicia”, quien este verano haya regalado una gift card ha mostrado “una desconsiderada indiferencia” con su ser querido. La segunda crítica argumenta que el mercado corrompería al ser humano. Su existencia, o del mismo dinero, nos haría más egoístas o desplazaría las buenas intenciones de nuestras acciones. Eliminaría nuestro altruismo o, por ejemplo, la vocación implícita en ciertas actividades. Esta crítica exige una comprobación empírica y los ejemplos que Sandel nos entrega son escasos, parciales, y casi en su totalidad, mal interpretados.
 
El argumento del simbolismo es también rebatido, ya que estos significados que Sandel le atribuiría al dinero son simples constructos sociales circunstanciales, que cambian y evolucionan con el tiempo.
 
Por ejemplo, a finales del siglo XIX en Estados Unidos el regalar dinero era la mejor manera de demostrar cariño y afecto. Algo más familiar: ¿a alguien le gustaría que contratasen a ciertas personas para rellenar el funeral de un ser querido? Me imagino que pocos; sin embargo, las “lloronas” no son un invento como El Trauco. Entonces, ¿vamos a prohibir un mercado de riñones —y dejar a miles de personas morir—porque a alguien le parece de “mal gusto”?
 
La crítica más asertiva a estos “críticos del mercado” como Sandel es la que argumenta que, si existen problemas con el cómo, propongan una regulación, pero no lo prohiban. Si hay un problema con el qué, como la pornografía infantil, prohíbalo, con o sin mercado. Corolario final: “Lo que se acepta a tener (o a hacer) gratis —como donar riñones—, se acepta a ser intercambiado por dinero”.
 
Por cierto, es bastante pintoresco que Sandel publique su libro en editoriales comerciales y no en editoriales universitarias. Mercantilizar el conocimiento era de bastante “mal gusto” en la antigüedad.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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