Salud y educación: ¿El turco o el burócrata?

Foto: BBC

Estaba en Berlín, donde se vive de primera fuente el drama de los refugiados sirios. En la primera página de un diario venía una foto de un comerciante turco en Esmirna, ciudad que se ha transformado en el puerto de embarque de los sirios hacia Europa.

El turco, muy canchero, se retrataba adelante del escaparate de su tienda. En su vitrina izquierda mantenía el negocio tradicional de ropa y en la de su derecha, unos mismos maniquíes que ya no lucían la última moda de temporada, sino que chalecos salvavidas, neumáticos y otros aparatos flotantes.

Esto me hizo reflexionar en por qué el Estado no debe ser empresario. ¿El porqué del Estado Subsidiario? ¿Se imagina usted la capacidad de reacción que tendría el Estado frente a esa demanda súbita e inesperada por flotadores? Primero, vendría la discusión política sobre la moralidad de venderles salvavidas a los refugiados o de profitar con la desgracia ajena. Concluida la discusión, el Estado tendría que licitar los salvavidas, para lo cual el Instituto de Normalización tendría que aprobar una nueva norma de flotadores, aprobarse la bases de licitación por Contraloría, inscribir proveedores en Chilecompras, revisar que no hayan sido condenados por prácticas antisindicales ni tengan juicios contra el fisco, tomarse razón del decreto, etc. Para cuando se hubiera concluido el proceso, Siria se habría normalizado, los refugiados se habrían ahogado o sobrevivido gracias a ellos mismos pero no a la ayuda del Estado. No sin razón, alguien decía que si al Estado lo dejaran a cargo del Sahara, al poco rato habría escasez de arena.

En ninguna parte mejor que en Berlín se puede apreciar el fracaso empresarial del Estado. Hay un museo de la RDA que es tragicómico. Sin precios, nadie sabía qué ni cuánto producir. Ergo, había abundancia de cosas inútiles y escasez de las útiles. El diseño era horroroso y no había innovación. Yo invitaría a los choferes de la retroexcavadora a que fueran a mirar el museo.

El Estado es un mal empresario, porque es un competidor desleal que no quiebra; puede perder millones y endilgarle el costo a la señora Juanita. El Estado asigna mal los recursos, y por eso construye salas cuna en las que no hay niños.

El Estado es sujeto de captura por grupos poderosos. Sus empresas pueden repartirse como coto de caza entre camaradas. El Estado no sabe cuándo entrar o salir de un negocio. Si hace 5 años hubiéramos vendido Codelco, hoy lo compraríamos por un quinto de su precio original y el resto de la plata estaría diversificada, como lo hace cualquier persona prudente. El Estado no tiene dueño que lo proteja, como vimos en el BancoEstado, en que el Gobierno subordinó el interés empresarial del banco a su agenda política.

Los funcionarios públicos son malos empresarios, porque no los premian por hacerlo bien y los critican cuando se equivocan. Entonces, juegan al empate; son aversos al riesgo, a innovar y a tomar decisiones.

Ahora, la Nueva Mayoría nos quiere convencer de que cuando se trata de salud y educación, el Estado sí la rompe. Estas son áreas en las que las leyes del mercado y la naturaleza humana no existen. No hay costos, precios, incentivos, escasez, demanda, innovación, etc. Es un derecho, y con eso basta para legitimar una aventura, como agrandar la participación del Estado en la satisfacción del servicio y eliminar toda forma de lucro con dineros públicos.

En educación y salud teníamos una oportunidad histórica de desarrollar una industria de servicios. En vez de exportar materias primas, estábamos exportando educación y salud. Tenemos la capacidad profesional, los capitales y la tecnología para competir con los gringos por educar y sanar a los sudamericanos. Pero estamos mutilando nuestro desarrollo, coartando la inversión privada en esas áreas.

Las ideologías absurdas -tipo Prebisch en los 60- vuelven a frustrar nuestro desarrollo. En vez de confiarle nuestra salud y educación al ingenioso turco que todos llevamos dentro, volveremos a confiárselas al burócrata que llegará con los salvavidas cuando nadie los necesite.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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