Publicado el 28.12.2020

Reseña: Los economistas de Pinochet

Juan Gabriel Valdés. Los economistas de Pinochet: la Escuela de Chicago en Chile. Santiago: Fondo de Cultura Económica, 2020. (ISBN: 978-956-289-210-0), 358 pp.    

“Se cierne sobre ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos. Nosotros que ya somos su víctima”. La frase está sacada del cuento de Borges, Deutsches réquiem, y parece simbolizar bien el momento que viven los protagonistas del libro reseñado. En un interesante trabajo Juan Gabriel Valdés describe la historia y los personajes que estuvieron involucrados en el convenio de la Universidad Católica con la Universidad de Chicago durante la década del 50, además de las importantes implicancias que tuvieron estos hechos para el país.  

El libro consta de 11 capítulos más una Introducción, una Conclusión y un Prólogo a la presente edición. Esta nueva edición en español (el original es de 1989, publicado por Cambridge University Press) llega en un momento extraño, casi oportunista, pero proporciona una buena reconstrucción histórica con el fin de acercarse a lo que significó la implementación del llamado ‘modelo neoliberal’, tan vilipendiado y caricaturizado en el último tiempo. Este modelo de desarrollo, que permitió a mayorías históricamente excluidas el acceso a bienes y servicios que antes sólo pertenecían a algunos, sufre hoy un importante cuestionamiento por grandes segmentos de la población. Y es que si bien los avances que trajo su implementación fueron positivos, no son suficientes. El estancamiento del crecimiento económico, más las paradojas provocadas por el proceso de modernización que se adaptó a nuestras particularidades ponen un importante desafío por delante. Ya que como bien pudo notar Alexis de Tocqueville (2015): a medida que las desigualdades son menores, estas suelen hacerse más insoportables.  

De tal forma, Valdés en el prólogo escrito décadas después de haber terminado el libro (fue su tesis de doctorado para el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Princeton) explica que “El objetivo central de las reformas estructurales y privatizaciones de empresas públicas desarrolladas por los economistas de Chicago fue reducir drásticamente el rol del Estado e instalar la lógica de mercado en toda la sociedad” (9).1 Es así como en Chile no sólo se habría transformado la economía, sino también variadas esferas de la sociedad tras el golpe de Estado de 1973 que acabó con el gobierno de Salvador Allende, el cual legó al país una preocupante inflación de alrededor del 600%. 

La narración histórica del libro está llevada a cabo de una forma excelente, y genera aquella curiosidad tan importante que facilita proseguir con una historia que de por sí es compleja, excepto por los tramos que se podrían determinar cómo filosóficos, que lo ralentizan. Así, en palabras del mismo Milton Friedman, sacadas de una carta adjunta al final del libro, se podría decir “Mientras que la discusión de Valdés sobre el desarrollo fáctico de los acontecimientos parece bien informada e imparcial, no puedo decir lo mismo en relación a sus reflexiones filosóficas. Parecen extremadamente vagas y compuestas casi completamente de aseveraciones basadas en conceptos indefinidos e indefinibles” (358).  

La transferencia ideológica (capítulo II) es uno de aquellos conceptos filosóficos. El autor, al intentar construir la biografía intelectual de ‘los Chicago’ explica que la transferencia ideológica y su posterior implantación es un punto importante, porque una élite, originada en EE. UU, es transferida a Chile, con la esperanza de que luego aplicase los principios aprendidos “al pie de la letra” (59). Con relación a lo anterior, Valdés explica que Pinochet sostuvo un rechazo hacia las “ideas extranjeras”, y que paradójicamente, “los únicos conceptos desconocidos para la cultura política chilena eran, precisamente, los neoliberales” que terminaría implantando. Este punto es similar al que planteaba un conservador como Mario Góngora (1981, 137) cuando se preguntaba “¿Es compatible el liberalismo como idea con la planificación de un sistema liberal en un país en el cual esa idea no está incorporada en la tradición?”. El problema de fondo de esta afirmación es que Valdés en ningún momento da una definición expresa de lo que entiende por ‘neoliberalismo’, sólo atribuye características normativas y consecuencias de su implementación. Se puede notar esto al decir, por ejemplo, que “Las ideas neoliberales mantienen su importancia dentro de este modelo, ya sea porque son antagónicas hacia ciertos aspectos de las políticas sociales y económicas del gobierno, o bien, porque forman parte de un discurso ideológico que mantiene su influencia vigente entre las organizaciones empresariales y las élites políticas de derecha” (326). Ahora bien, si se entiende por ‘neoliberalismo’ a cómo entiende liberalismo Hayek —quien es catalogado como un neoliberal por excelencia—, es decir; como una corriente filosófica que aboga por la reivindicación de la libertad individual, que implica la libertad económica y que defiende una libertad en la ley, limitando la libertad de cada uno con el fin de garantizar la misma para todos (Hayek 2011, 75), entonces la afirmación anterior sería errónea. Esta tradición ya tenía precedentes en Chile a través de ilustres personajes como José Victorino Lastarria o el economista francés Jean Gustave Courcelle-Seneuil —muy influyente durante el siglo XIX (ver Courcelle-Seneuil 2019)—, quienes rehusaban de la excesiva intervención de lo estatal en las esferas del mundo privado.     

Otro concepto que causa ruido por el ambiguo empleo que se hace de él, es el relativo a ‘conservadurismo’ o ‘conservador’. Incluso, en ciertos pasajes da la impresión de que Valdés comete el error de confundir el conservadurismo con liberalismo y neoliberalismo (a modo de ejemplo véanse páginas 9, 13, 57), dejando ver en realidad la intención de asociarlos a sectores de la derecha y la élite empresarial. Por ejemplo, para Valdés el CEP (Centro de Estudios Públicos) se dedicaría a la “promoción de ideas conservadoras” (57), pese a que el centro de estudios desde sus inicios ha buscado orientar la opinión pública y la toma de decisiones a través de los principios del liberalismo clásico; con una adhesión explícita a las libertades personales, a una economía social de mercado y a la democracia como forma pacífica y estable de gobierno —y pese a que se haya hecho Presidente honorario al mismo F.A.  Hayek, quién en su libro más importante añadió un post scriptum titulado Por qué no soy conservador—. Asimismo, para Valdés la Mont Pelerin Society, que comúnmente se asocia al liberalismo más radical o incluso al libertarianismo, también sería una entidad “ultraconservadora” (57). ¿Acaso para Valdés neoliberalismo o liberalismo significan lo mismo que conservadurismo? Caer en lo anterior sería una generalización que distorsionaría la lectura del libro, ya que ambas son corrientes que difieren entre sí. Con todo, un conservador como Robert Nisbet plantea que, si bien ambas corrientes tienen puntos en común, estas difieren por esencia. Nisbet plantea que conservadurismo y liberalismo tienen un ethos distinto:  
Si el ethos central del liberalismo es la emancipación individual, y el del radicalismo la expansión del poder político al servicio del fervor social y moral, el ethos del conservadurismo es la tradición, esencialmente la tradición medieval. De su defensa de la tradición social proviene su insistencia en los valores de la comunidad, el parentesco, la jerarquía, la autoridad y la religión, y también sus premoniciones de un caos social coronado por el poder absoluto si los individuos son arrancados de los contextos de estos valores por la fuerza de las otras ideologías. (Nisbet 2003, 25)  

Conviene decir que, teniendo en cuenta de que el presente libro se trata de una tesis doctoral, quizás hubiese sido positivo que en su momento se aclararan estas definiciones elementales en algún apartado o apéndice. Asimismo, tratándose originalmente de una tesis, sorprende la gran cantidad de citas indirectas, en vez de haber recurrido a las fuentes originales de información.  

No obstante, uno de los puntos más valiosos del libro es la descripción de la concepción que tenían los economistas de la Escuela de Chicago con respecto a la disciplina. Para ellos “La economía es, de hecho, la teoría de precios, la cual constituye el único paradigma científico para el análisis de los fenómenos sociales” (109). Valdés explica que Karl Brunner, junto a otros miembros de Chicago, como Friedman y Alan Meltzer, no darían valor a la sociología, a la historia y la ciencia políticas como instrumentos que permiten entender de mejor forma los fenómenos sociales (109). Esta actitud provocaría ciertos conflictos —descritos de buena forma— entre los nuevos profesores chilenos llegados de Chicago y los de la vieja escuela, quienes veían a los primeros como amenazas para sus carreras o posiciones dentro de la facultad (215). Como lo intenta demostrar Valdés, ‘los Chicago’ creían ver en la economía una ciencia exacta, exenta de ideología, cuando en realidad el autor intentaría demostrar que elaborar “un breve bosquejo por los aspectos del discurso ideológico implica abordar: la aceptación y adhesión al autoritarismo político como condición necesaria; el uso de la ciencia para legitimar el poder adquirido y el intento de reducir la importancia de la política en la sociedad” (47).  

Es por estos dichos que Friedman respondería a afirmaciones como la anterior diciendo que Valdés “en la primera parte del libro no entiende la diferencia entre positivo y normativo” (357). De hecho, en su famoso Essays in Positive Economics —texto que hubiese sido prudente citar en algún pasaje— Friedman realiza la fundamental distinción entre una economía positiva, es decir, “independiente de cualquier posición ética particular o de juicios normativos” y de una economía normativa, o sujeta a una ética o visión de mundo particular, y cómo estas congenian (Friedman 1966, 4). Según Friedman deberíamos ser capaces de distinguir los elementos positivos de la ciencia económica, de aquellos elementos normativos que sí son sujetos a visiones éticas o ideológicas en el mundo. Pese a todo, Valdés logra realizar una buena defensa de la imposibilidad de prolongar al plano político una ciencia positiva, y esperar que esta siga manteniendo una ‘posición neutral’ o puramente científica.   

Es así como Los economistas de Pinochet: la Escuela de Chicago en Chile llega en un momento trascendental de la historia nacional, en el que a través de dialogo constitucional, se discutirá y definirá el próximo modelo de desarrollo que aspiraremos a seguir. ‘Los Chicago’ pudieron implantar el llamado ‘modelo’ sin trabas, durante un periodo de excepcionalidad, lo que recuerda a la crítica de realismo político de Raymond Aron a F. A. Hayek, según la cual la doctrina política de este último autor sólo podría haber sido aplicada en dictadura (Mansuy 2015) —crítica bastante cuestionable si se lee en detención toda la obra del pensador austriaco—. Pero ahora la situación es diferente, los tiempos ameritan acuerdos que sean capaces de brindar legitimidad a una institucionalidad en crisis, y los grupos de presión jugarán un papel importante ahí. Esta vez será la política quien deberá asumir su rol protagónico y tendrá que poner en el lugar correspondiente a las ciencias; es decir, en una posición orientativa y de consejo. Ante este posible cambio constitucional los liberales tienen una oportunidad histórica para colaborar con fundamentos teóricos, conceptuales y prácticos que ayuden a consolidar, refaccionar, y sobre todo legitimar un modelo de desarrollo que proporcionó uno de los periodos más exitosos y estables de la historia del país —teniendo presente que lo alcanzado no es suficiente y que se debe hacer mucho más—. No obstante, y cómo explica el historiador Juan Luis Ossa (2020, 117), Chile necesita “afinar las tuercas de la modernidad”, ya que estos engranajes desde hace largo rato no han sido aceitados. Ha sido en parte debido a estas negligencias y omisiones, que elementos nocivos para cualquier sistema como lo son privilegios, monopolios, y colusiones, han sabido proliferar y perpetuarse, erosionando la confianza en los fundamentos del ‘modelo’. Es por esto que llegó el momento de analizar de forma realista y crítica nuestra modernidad, con el fin de mantener todo lo que ha sido positivo y modificar aquello en lo que se esté al debe. Es importante que se tengan presentes los avances que hemos hecho, y que luego se planteen cambios con realismo, más que plantear ambiciones refundacionales basadas en meras repúblicas imaginarias, sólo existentes lejos de la realidad chilena. Ante esto, una tarea tan delicada como la reconstrucción histórica e intelectual de nuestras últimas décadas resultará fundamental. No cabe duda de que libros como el presente aportan herramientas que se deberán utilizar en el momento clave en que, como país, nos sentaremos a deliberar sobre quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes queremos ser.  

Bibliografía 

Courcelle-Seneuil, J, G. 2019. Libertad y socialismo. Santiago: Fundación para el Progreso. 

Friedman, M. 1966. The Methodology of Positive Economics. En Essays in Positive Economics. Chicago: The University of Chicago Press. 

Góngora, M. 1981. Ensayo histórico sobre la noción del Estado en Chile en los siglos XIX y XX.  Santiago: La ciudad. 

Hayek, F.A. 2011. Principios de un orden social liberal. Madrid: Unión Editorial. 

Nisbet, R. 2003. La formación del pensamiento sociológico. México D.F: Fondo de Cultura Económica 

Mansuy, D. 2015. Liberalismo y política: la crítica de Aron a Hayek. En Subsidiariedad: Más allá del Estado y del mercado. Santiago: Instituto de Estudios de la Sociedad. 

Ossa Santa Cruz, J. L. 2020. Chile Constitucional. Santiago: Fondo de Cultura Económica. 

Tocqueville, A. 2015. La democracia en América. México D.F: Fondo de Cultura Económica. 

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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