Reggaetón de resistencia

La música y la política siempre han tenido una estrecha relación. Desde los antiguos blueseros que cantaban sobre los sufrimientos de los esclavos en el delta del Mississipi hasta la actualidad, pasando por Bob Dylan, The Clash, Pink Floyd, Bruce Springsteen -y a nivel local, Víctor Jara o Los Prisioneros-, son algunos ejemplos de cómo la música ha servido como medio para denunciar injusticias, posicionar ideas o levantar ideales de sociedad. Hoy tenemos un nuevo ejemplo de este maridaje entre música y política, esta vez denunciando una situación que nos toca de cerca, logrando llegar a muchas personas en todo el mundo.

Y es que una de las canciones más escuchadas en Spotify -sólo hasta el momento en que escribo esta columna iba por los 341 millones de reproducciones- inicia con un mensaje cliché: “Para todos aquellos amores que fueron obligados a ser separados”. Se trata de Me rehúso, hit del venezolano afincado en Miami, Danny Ocean.

Pero lo que a todas luces parecería una frase hecha, en este caso se trata de una fuerte denuncia contra el régimen venezolano: la sistemática represión de las libertades civiles por parte del socialismo obligó a muchos a separarse de su amor o seres queridos, experiencia que él mismo vivió. Así, toda la canción cobra un nuevo significado y pasa a ser una crítica directa al régimen chavista, que obliga a su gente a escapar lejos para recobrar los espacios de libertad.

De esta forma, la música que identifica a una comunidad cultural se transforma en un lienzo donde se expresan discursos políticos, que son asumidos -y bailados- por esta misma comunidad. Me rehúso es una canción que dice mucho de política en una breve frase, y posiciona a la dictadura venezolana como un sistema fallido en el sentido común global. Como el ritmo es bueno y masivo, se constituye en un vehículo sensible eficaz para posicionar el mensaje tantas veces repetido: en Venezuela, como en todas partes y tiempos, el socialismo ha fracasado.

Lo anterior reafirma nuevamente la importancia de los medios artísticos y culturales en la política. No se trata de instrumentalizarla, sino de tomarle el peso a su importancia en la disputa por el sentido común, en cómo entendemos la comunidad política y la manera en que nos relacionamos dentro de ella. En una sociedad cada vez más compleja, quien logre simplificar los mensajes y transmitirlos masivamente quedará un paso adelante, en mejor pie para ganar elecciones e influir en el modelo de desarrollo del país.

Es poco probable que una sola canción cambie el destino de un país. Sin embargo, como nos recuerda el propio Daddy Yankee, la música está lejos de ser inocua y puede producir cambios subterráneos: “Mi arma es el micrófono y mis rimas son las balas”.

 

 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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