Reforma sindical: Bárbara para la CUT, mala para Chile

El famoso economista Joseph Schumpeter popularizó el concepto de la destrucción creativa que no es más que la desaparición de actividades que el progreso tecnológico o el cambio de costumbres dejan obsoleto. Es una forma honesta y no desfigurada de entender el progresismo.

Así Gutemberg y la imprenta dejaron obsoletos a los copistas; el motor a combustión, a los fabricantes de carretas, y el salitre sintético, a nuestra industria salitrera. Este es un fenómeno que sirve al progreso de las sociedades, pero que puede afectar a grupos poderosos. Por eso el cambio nunca se da pacíficamente y sin resistencia de los afectados.

En el libro “¿Por qué fracasan las naciones?”, los autores atribuyen ese fenómeno a la negativa de los grupos de poder de reconocer su obsolescencia. Famoso es el caso de los venecianos y su “Serrata” política y económica que la transformó de una pujante república comercial a un museo viviente. En USA las automotrices usan su lobby para que el contribuyente subsidie un desenlace inevitable como es la reestructuración de esa industria. No menos relevante y tratado con maestría en el libro “Infinitesimals” es el triunfo en Italia de los jesuitas y la geometría euclideana sobre los galileanos y los infinitesimales. Esa victoria significó que las matemáticas modernas se desarrollaran en el norte de Europa y así que la ciencia y la revolución industrial nacieran en Inglaterra y no en Italia, cuna del Renacimiento.

La reforma sindical tiene mucho de eso. La élite sindical, busca a través del poder político mantener una posición de privilegio que la modernidad está dejando obsoleta por 3 razones fundamentales: los cambios en las preferencias asociativas de los jóvenes; los cambios en la forma de organización de la empresa moderna, y la integración de Chile al mundo.

Los milennials buscan otro tipo de asociatividad que la nuestra. Hoy pocos jóvenes se integran a los colegios profesionales. En el caso de los abogados sub-30 es más probable verlos en Desafío Levantemos Chile o en “Techo” que en el Colegio de Abogados. No es raro entonces que los trabajadores jóvenes no muestren interés en los sindicatos, simplemente no les parecen atrayentes o necesarios. Por supuesto, por ley se pueden transformar en obligatorios, y es eso lo que persiguen las élites amenazadas.

A este cambio cultural se agrega otro factor desestabilizador del sindicalismo tradicional, como es la forma de organización de la empresa moderna. Hoy, la idea de que una empresa haga de todo y sea autosuficiente es una quimera, ineficiente. La empresa moderna es una agrupación de cientos de pequeñas empresas especialistas, coordinadas por una gestión central, que genera un producto o servicio a partir de los aportes de esos subcontratistas.

Finalmente, el cambio industrial con la integración de nuestra economía ha sido gigantesco y la conflictividad laboral es un lujo que las empresas y sus trabajadores no se pueden permitir. Estamos compitiendo internacionalmente con los mejores del mundo y si no atendemos a nuestros clientes, lo harán otros. Nuevamente deterioramos nuestra competitividad por prejuicios ideológicos.

Esta reforma hace un diagnóstico equivocado: que en Chile el trabajo está subremunerado y el capital está sobrerremunerado. Eso es falso. Las cifras del Banco Central y de la Bolsa lo desmienten, la rentabilidad del capital en Chile es baja. Esto, incluso antes de que se subieran los impuestos, lo que empeora las rentabilidades del trabajo y capital a favor del fisco. Lo que sí muestra la evidencia es que tenemos problemas de inversión y de baja fuerza laboral que la reforma sindical agrava.

El costo de no darse cuenta a tiempo de los cambios puede significar la diferencia entre el desarrollo y el estancamiento. Hoy el poder de la CUT puede llevarla a una victoria pírrica. Su éxito puede ser el fracaso de Chile. Los jóvenes pagarán el costo de tratar de detener la modernidad para satisfacer a las élites sindicales, que en vez de adaptarse al futuro lo quieren detener en el Congreso.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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