Quién lloró a Loncón

Hace años que hago yoga. Terminando la universidad partí con Bikram —yoga en calor—, debido a mi afición al sauna. Ser devoto al sauna, o del yoga, generaba interesantes reacciones entre mis contertulios chilenos. Algo menos hoy. Más han cambiado, eso sí, las reacciones —que eran peores— frente al hecho que uno mirara pájaros. Y peor aún las tallas. Cuando la misma persona repetía la misma talla varias veces era, además, señal inequívoca de que se estaba en presencia de un ser humano sin inventiva alguna. Y ahí siguen esos, chatos. Todavía hay gente que cree que el yoga es algo extraño o, incluso, el demonio encarnado.  

El sauna sigue perturbando más al chileno, republicanos y frenteamplistas. Mi teoría es que puede ser culpa del exsenador y candidato presidencial Alejandro Guillier. Él, con una especial bajeza ética, utilizó cámaras ocultas para demostrar que un juez era asiduo al sauna. El problema, para Guillier, era que el sauna era un sauna gay. En fin, la reacción de los chilenos frente a una persona que tenga como afición transpirar sin ropa encerrado en una pieza de madera, en Chile, sigue en el ámbito de la talla decadente, el escándalo o la rareza. En los países nórdicos, en cambio, es tan popular como nuestra «hora del té». En Finlandia hay tres millones de saunas y viven poco más de cinco millones de personas. El subsecretario Ahumada, en vez de distorsionar la realidad de los países nórdicos, debería incluir en sus side letters la importación de saunas fineses. Para que despabile, quizás, sería bueno que alguien le mostrase algún paper que adjudique a los saunas el crecimiento económico y la confianza social de los nórdicos. A lo mejor Mariana Mazzucato ha escrito algo así. 

«El subsecretario Ahumada, en vez de distorsionar la realidad de los países nórdicos, debería incluir en sus side letters la importación de saunas fineses. Para que despabile, quizás, sería bueno que alguien le mostrase algún paper que adjudique a los saunas el crecimiento económico y la confianza social de los nórdicos. A lo mejor Mariana Mazzucato ha escrito algo así».

Cuando practicaba Bikram lo hacía como deporte físico y mental. Sin embargo, había toda una comunidad de vida alrededor de ese lugar. Se hacían y deshacían amistades, amoríos, trabajos y quién sabe qué más. La necesidad de pertenencia de estas personas era tal, que el simple Bikram permeaba sus vidas completas —y ellos esperaban lo mismo del resto—. Yo tenía mi vida y no me interesaba la de ellos, lo que les molestaba, hasta que apareció el documental que desenmascaró a su líder como un abusador serial. La energía sectaria se diluyó. Después me cambié de casa y de «estudio». No sé cómo tanta necesidad de pertenencia puede hacer que alguien le exija al resto entrar en su secta. Ocurre con elecciones, religiones y trabajos de invierno. ¿Tanto es el aburrimiento? Después de las iglesias y mediaguas por Chile vendrán los trabajos de invierno en Colchane, para construir zanjas, y los de verano en Tirúa, para «concientizar» con barricadas, cruces, poleras y armas. Habrá que afirmarse —o entretenerse—. Tantos que lloraron con los discursos de Boric, Bassa y Loncón. ¿Seguirán llorando o, peor aún, despreciando a quién no? 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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