¿Qué nos une?

Se fueron las vacaciones, se inicia marzo. Este verano tuve el privilegio de recorrer los espectaculares parajes de algunos fiordos cordilleranos del Chiloé continental. Disfruté la belleza de los brazos de mar con esos acantilados donde crecen helechos, ulmos, alerces, cipreses y canelos y, bajo el graznido de las gaviotas y el canto del chucao, se deslizan las cascadas a las aguas donde viven el rollizo, el jurel, el salmón y las sardinas, crecen cholgas y choritos, habitan los lobos de mar y llegan las toninas.
 
Es una belleza natural que sobrecoge y nos alecciona sobre nuestra minúscula dimensión humana, una belleza que nos deslumbra y vuelve modestos, y a la vez reflexivos frente a la responsabilidad que tenemos ante esa naturaleza intrincada, nuestros compatriotas, sus descendientes y el planeta entero. Esos parajes constituyen una reserva natural del planeta, y exigen un manejo responsable que combine y vele por la preservación y el aprovechamiento sustentable y renovable de ellos. Es un desafío que nos toca como chilenos y del cual ya algunos han recogido el guante.
 
Esos escenarios que parecen de otro planeta, plantean al viajero una pregunta insoslayable: ¿Estamos los chilenos a la altura del desafío que la naturaleza nos plantea? “Chile es un paisaje”, dice Nicanor Parra. Puede ser. Nuestros pueblos precolombinos no alcanzaron el nivel de la civilización incaica, olmeca, azteca o maya, y tampoco construimos imponentes testimonios arquitectónicos en la colonia ni en los siglos XIX y XX, y lo poco que tuvimos lo destruyeron políticos nada visionarios y los terremotos. ¿Estamos, pese a ello, a la altura de nuestro paisaje? ¿Qué opinan los visitantes sobre nuestras ciudades y qué dicen de nuestros grandes paisajes naturales?
 
Y mientras amanezco entre muros tapizados de bosques verticales, surge también otra pregunta: ¿Qué nos une en verdad a los chilenos? En el actual clima político enrarecido y polarizado, cargado de odios, desconfianza y discrepancias llevadas al extremo, con ausencia de liderazgo y excesiva intolerancia, vale esa pregunta: ¿Qué nos une? Porque el hecho de que esta estrecha y larga franja haya permanecido unida durante más 200 años, y eso en épocas en que no había caminos ni comunicaciones, y no se haya balcanizado ni fragmentado, se debe a la existencia de una voluntad nacional que se propuso conservar (a ratos ampliar), defender y proyectar al país como tal, un país que se propuso marchar, pese a todo, unido.
 
¿Qué nos unió y nos ha mantenido unidos durante siglos? ¿Cuál es nuestro denominador común más allá de los símbolos patrios, la selección de fútbol o la Teletón de Don Francisco?, se pregunta uno ante estos parajes majestuosos, que parecieran albergar parte de la respuesta, aunque no la respuesta completa.
 
Tiendo a pensar que es una interrogante que deberían plantearse los políticos, desde la Presidenta hacia abajo, antes de “hacer” política bajo las circunstancias actuales. En la medida en que adquieran plena conciencia de la trascendencia de esa unidad a lo largo del tiempo, y la rescaten e incorporen a sus visiones, programas y sueños para Chile, podrán liderar al país con respaldo transversal, contribuir a recuperar el prestigio de la política y a unir a los chilenos. De alguna forma nuestros políticos deben comenzar a ver más allá de sus partidos, sus cargos, sus programas y sus ideologías. Marzo representa una nueva oportunidad para iniciar el viraje hacia la mesura, los acuerdos y los consensos sepultados.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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