Que lo que Dios ha unido…

La historia enseña que hay dos formas de mantener unidos a los países y naciones: una coercitiva y otra libre. Las coercitivas son de distinta naturaleza. El Imperio Otomano o el Califato mantuvieron unidos un imperio sobre la base de la religión. No importaba si usted era egipcio, turco, árabe o persa, lo importante era que fuera musulmán. El Imperio Soviético (URSS) o la antigua Yugoslavia se mantuvieron unidas por un partido. No importaba si se era bosnio, serbio o croata, ortodoxo, musulmán o católico. Lo que los mantenía unidos era un partido político y la ideología comunista. Tanto así que cuando fracasó el comunismo y se autodisolvió el partido, junto con ellos se disolvieron esos países.

Otras formas coercitivas nacieron de ideas raciales. Mussolini hablaba de la razza para referirse al italiano que tenía un determinado origen sanguíneo. La Alemania nazi habló de que los pueblos germanos tenían una unidad racial y sanguínea. No importaba si usted era un judío que llevaba 10 generaciones en Alemania, hablaba alemán, votaba en las elecciones y había arriesgado su vida sirviendo en el ejército alemán. Si no era de la raza aria no era germano.

Las formas no coercitivas de formación de una comunidad nacional se han construido sobre la base de la idea de ciudadano y de una historia común. El Imperio Romano o Estados Unidos comparten esta noción. En Grecia y Roma se empezó a formar la idea del ciudadano, una persona que era dueño de tierra, que tenía el derecho a traspasar esa propiedad a sus herederos, que pagaba impuestos, servía en el ejército y participaba votando en el quehacer de la ciudad. Ese ciudadano empoderado permitió el desarrollo de la sociedad libre.

Estados Unidos reprodujo este concepto. Y, a partir de millones de inmigrantes de todas las religiones, razas y orígenes, construyó un hogar común sobre la base de la ciudadanía y de una historia común, en que su Constitución, la declaración de independencia y su acta de derechos, el Día de Acción de Gracias, la oración de Gettysburg y el 4 de julio forman parte de una historia común y venerada que los une.

“Ojalá los constituyentes no se olviden de lo que nos une y no se dejen llevar por lo que nos desune. Así construiremos ese hogar común que se merecen todos los chilenos”

Hemos elegido una Convención Constituyente que tiene el desafío de mantenernos unidos como país. Las élites están más radicalizadas que la ciudadanía, por eso debemos rescatar la moderación ciudadana y unirnos en torno a una historia que nos hermana a nuestros símbolos patrios (cómo olvidar el himno en el Maracaná) y a nuestro amor por la tierra. Celebramos la diversidad que nos han traído los inmigrantes croatas, alemanes, palestinos, etcétera, y la que nos aportaron las etnias vernáculas. Todos han contribuido con trayectorias distintas a una historia común que aprecia la democracia, la tolerancia, el respeto a la ley y sobre todo el derecho de vivir en paz, en libertad y poder realizar su proyecto de vida. Ojalá los constituyentes no se olviden de lo que nos une y no se dejen llevar por lo que nos desune. Así construiremos ese hogar común que se merecen todos los chilenos.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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