Publican ensayos de Jorge Millas sobre la violencia

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Fundación para el Progreso reedita los textos que publicara el filósofo chileno en 1975 con el título ‘Las máscaras filosóficas de la violencia’. Fernando Claro, quien trabajó esta nueva edición, comenta su contenido y vigencia para el Chile actual.

Jorge Millas (1917-1982), como intelectual chileno es símbolo de uno de los más importantes bastiones de la democracia, la libertad de pensamiento y expresión, que defendió contra las izquierdas y, luego, contra la derecha en dictadura, lo que le costó tener enemigos en todos lados’, comenta Fernando Claro, director ejecutivo de Fundación para el Progreso, quien es el editor responsable de esta nueva publicación de dicho centro de estudios. ‘La filosofía de la violencia’ (a la venta en librerías), fue originalmente un discurso que dio el filósofo en la Universidad Austral de Valdivia, cuando fue decano de su Facultad de Filosofía. Luego se publicó en la revista de ideas Dilemas. ‘Él reflexionaba sobre la violencia en función de los delirios revolucionarios de los años 60 y 70 que han destruido, y siguen destruyendo Latinoamérica. Estas ideas pensadas en Europa pero que destruyen África y Asia, como decía Raymond Aron. Roger Scruton sostenía que Mayo del 68 había quedado en nada, en las universidades. Yo creo que estaba equivocado, nos quedó a nosotros, a los países que aún no nos hemos desarrollado y no cultivamos una cultura democrática y sufrimos de estos liderazgos’.

¿Qué los motivó a ustedes como centro de estudios a publicar estos escritos de Millas? ¿Se puede hacer una analogía del momento en que fue escrito con la situación actual del país?

‘Como Centro de Estudios que defiende, divulga y cultiva las ideas relativas a la democracia liberal, tiene todo el sentido del mundo hacerlo. La eliminación de la violencia política es condición necesaria para el correcto funcionamiento de una democracia, pero lo más interesante del libro de Millas es que tenía clarísimo los falsos argumentos que la justificaban, explicaban o escondían, y que son exactamente los mismos que da Fernando Atria cuando dice que la violencia ‘fue necesaria’ para ciertos fines -los de él, claro- y por lo tanto hay que perdonar a quienes la ejercen. O Gabriel Boric, cuando dice el 20 de octubre de 2019 que ‘entregando cartas a la Moneda no se logra nada’, o mucho antes, cuando defiende la violencia, como relata Alfredo Jocelyn-Holt en su libro sobre la toma de Pío Nono’.

¿Se puede decir que Millas en su vida fue víctima de la violencia durante la dictatura?

‘No conozco en detalle la biografía de Millas. Sí sufrió injusticias, eso está claro. Bajo una dictadura en todo caso yo al menos sí justifico el uso de la violencia política contra la tiranía -aunque no el terrorismo, cuestión diferente’.

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Falacias al argumentar sobre la violencia

Sobre el primer ensayo de Millas ‘La falacia del género sumo’, que fija los ejes de sus textos siguientes, es interesante constatar ahí su afirmación acerca de la falacia que sostiene que: ‘Siempre hay ‘violencia’ solo que a veces se trata de la violencia ‘institucionalizada’ y a veces de violencia ‘no-institucionalizada”. A su juicio hablar de ‘violencia institucionalizada’ es una incoherencia.

‘Ese es uno de los otros argumentos que utilizan para esconder o justificar la violencia, el retórico, que consiste en vaciar a las palabras de su significado. Millas dice que el género absorbe a los particulares prendidos en su dominio. Si bien esto a veces tiene ventajas, como toda abstracción, estas se pagan al anular toda especificidad perteneciente a los particulares subsumidos en el género. Si todo es violencia, entonces nada termina siendo violencia; si Piñera y Bachelet son dictadores, entonces nadie es dictador. Se vacía de contenido al concepto y se le inmuniza así de toda crítica o análisis, porque es simplemente imposible conversar sobre él, se genera un diálogo de sordos. ¿Hasta dónde llega la elasticidad del término ‘violencia’?, se preguntas Millas, y lo que intenta hacer es delimitar precisamente el concepto, para que no pueda ser usado de modo ambiguo y justificarlo así con todo tipo de situaciones particulares. En ese sentido, situaciones y retóricas tan actuales que relacionan la pobreza, las estafas o la contaminación de la naturaleza como violencia, en realidad no lo son. Menos para Millas. Son actos y situaciones lamentables que debemos urgentemente eliminar, pero no es bueno para la calidad del debate hacerlo pasar por ‘violencia”.

‘Dice que la violencia institucionalizada es una incoherencia porque cuando existe violencia ‘institucionalizada’ eso implica que el orden jurídico no opera, es decir que no hay instituciones, ninguna norma. La violencia está sustraída de toda norma. Millas de hecho, prefiere llamar a la coerción del Estado como ‘fuerza institucionalizada’, y no ‘violencia institucionalizada’, ya que, desde el momento en que la violencia se institucionaliza, se somete a cierto marco jurídico y moral, por el cual se cumplen estándares y es posible reclamar la responsabilidad por los casos de abusos y arbitrariedad en su uso. Ahí entonces, ya no se puede hablar de violencia’.

Millas antes de entrar a escudriñar en los filósofos de la violencia, hace una advertencia relevante de un punto de vista cognitivo. Dice: ‘Hablar plácida y analíticamente de la violencia haciendo su ‘fenomenología’ como quien hace la ‘fenomenología’ de una polka es hacer literatura y de la mala’. Porque dice, siempre quedará el hecho de que tras la violencia hay víctimas, del temor, del dolor, del crimen. Por tanto hay que partir haciendo filosofía de la violencia desde las víctimas.

‘Millas llama a pensar la violencia desde las víctimas, a quienes estos filósofos de la violencia olvidan -Millas les llama cultivadores de una ‘antifilosofía de moda’-. Olvidan por completo el sufrimiento de las personas que han perdido familiares, su casa, su paz, sus negocios u otra cosa, en pos de lo que ellos quieren, sea esto lo que sea, ya sea liberación de los pueblos o grandeza de la nación. Dicen que la violencia ‘trasciende’ para anestesiar nuestra sensibilidad para con las víctimas: difuminación de la realidad, de nuevo. El amor estético de Mussolini lo iguala al odio humano del Che Guevara como mecanismos de indiferencia frente al martirio humano’.

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Filósofos de la violencia

Para él, uno de los principales y más populares filósofos de la violencia es Nietzsche. A su juicio, la violencia de clases que pregona el marxismo tiene una clara filiación nietzscheana.

‘Millas entiende que ahí sí hay filiación nietzscheana pero se diferencia por los fines que toma esta luego en los otros pensadores. Sorel trabaja la violencia desde Nietzsche y la ‘purifica’ cuando esta toma parte en la lucha de clases, al igual que lo sería para los teóricos marxistas como Marcuse o Sartre, o los fascistas, como Mussolini. El fin justifica los medios, de nuevo, ya sea la liberación del pueblo, la nación o la purificación de la raza. Las víctimas no ven ni entienden esta grandeza, así que ellos, los grandes teóricos y visionarios, se ven a sí mismos con la misión educadora en pos de ese destino espiritual, un mesianismo, ¿habrá algo más parecido al discurso de Atria y cía.?’

A juicio de Millas, ‘los fines políticos no modifican esencialmente las valoraciones y la ética originaria del mesianismo de la violencia’. ¿Se puede explicar más esa afirmación?

‘Simplemente que esta autopercepción mesiánica de la vida, que lleva a tantos líderes a volverse locos en pos de ese fin, hace que todos al final se parezcan en su argumentación y estética para llevarlo a cabo, dice literalmente: ‘El lenguaje y los conceptos de un H. S. Chamberlain, un Maurice Barrés, un Mussolini, un Spengler, se parecen muchísimo a los de un Fanon, un Sartre, un Marcuse’. De nuevo nos hace mirar a los mesías político-teológicos que nos rodean acá en Chile’.

Otro filósofo de la violencia a juicio de Millas es Herbert Marcuse, quien a su juicio practicaría la falacia del género sumo, según su análisis. Marcuse defiende la idea de que el terror no necesariamente es parte de la violencia revolucionaria. ‘Contra lo que quiere hacernos ver Marcuse, el odio parece a muchos revolucionarios un elemento indispensable de la violencia’, dice Millas.

‘Habla del odio por lo que dije antes, para citar al Che Guevara. Millas hace un juego y pone la cita y le pregunta al lector, ¿es este acaso un discípulo de Mussolini?, y no, es el Che Guevara. Ese odio, dice Millas, es lo que permite negar a la víctima y así olvidarla, dormir tranquilo. Quiere levantar la idea de que el sentimiento terrorífico que se genera alrededor de todos los actos violentos no existe cuando el fin es ‘noble’. Le llama ‘terror revolucionario’, en contraposición al ‘terror blanco’ -que sería real-. Hay que preguntarle a la gente del sur qué opina de la diferencia entre el terror revolucionario y el blanco’.

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La violencia en la Historia

En el capítulo ‘Realismo y violencia’, Millas aclara que del hecho que la violencia haya estado siempre presente a través de la Historia, como protagonista de los hechos del hombre, no se deriva que este, dotado de inteligencia y de una dimensión espiritual, deba fortalecerla y embellecer ‘su fea apariencia, con modos intelectuales y espirituales de justificación y disimulo’. Millas sostiene que la violencia ‘más que algo dado en la historia es un producto genuino del hombre mismo’.

‘Claro, y antes dice que Marx estaba equivocado con eso de que no se trata de comprender al mundo, sino que de transformarlo. Dice que se trata de ambas cosas, y pensarlo y comprenderlo tiene primacía sobre transformarlo. Es entonces un deber pensar, porque somos humanos’.

‘Confundir lo fáctico con lo ético, dice Millas, es convertirnos en animales puros. Es cierto que la violencia existe en nosotros en cuanto animales y en toda nuestra historia en cuanto humanos pensantes, pero calificarla como ‘necesaria’ -y por eso aceptarla- no hace más que negar parte esencial de nuestra naturaleza. Bloquear la violencia y anteponerle y preferir la palabra es la única condición que mantendría viva la afirmación de que somos capaces de tener algo así como una vida espiritual’.

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“La peor explotación del hombre”

En el capítulo ‘La moral revolucionaria y la enajenación de la violencia’, Millas sostiene que ‘la violencia como recurso de acción política, es un modo más radical de explotación humana que la forma meramente económica de ella, aun si tomamos en cuenta las consecuencias morales y culturales que esta última trae aparejadas’.

‘Lo dice a propósito de que la violencia es una forma particular de explotación del hombre por el hombre, mucho peor a la que dicen combatir los marxistas. Dice incluso que es la explotación total del hombre por el hombre, ya que implica una aniquilación física, intelectual y moral total del adversario, solo porque es útil políticamente. Dice además que esa supuesta explotación marxista ya no es tal, debido a las regulaciones laborales que existen y que el capitalismo ha permitido ir transformando a través de sus instituciones jurídicas y sociales -y yo le agregaría que no era cierta debido también a la teoría del valor descubierta a fines del siglo XIX, que desmintió todo lo dicho por Marx al respecto’.

En ese mismo capítulo, Millas escribe una oración muy actual: ‘Las víctimas de la violencia no tienen apelación. No hay voz, ni la propia ni la ajena, que pueda abogar por ellas. El ambiente de histeria colectiva que la sostiene cuando se ha generalizado, o la actitud de ideación monomaniática y de desenfreno pasional que la nutre en los casos individuales, no dan lugar a ningún procedimiento que por amor a las personas pueda perjudicar los propósitos y la acción ‘trascendente’ de los victimarios’.

‘Millas habla sobre la enajenación total de quienes reflexionan sobre esto. Olvido absoluto de las víctimas por fines y acciones ‘trascendentes’. Pregúntele qué sienten a las personas que viven en La Araucanía, pregúntese si sienten que tienen voz para apelar algo o incluso a quienes las defienden en público. Millas escribe esto preocupado porque se está abriendo un camino proviolencia en la filosofía desde un irracionalismo que está camuflando la realidad cuando, la filosofía, debería hacer todo lo contrario, iluminarla.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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