Proceso constitucional: Entre Potemkin y Villa Alemana

Grigori Potemkin, amante y ministro de Catalina la Grande, fue probablemente el primer gran escenógrafo de la historia. Cuenta la leyenda que cuando la Zarina decidió visitar la recién conquistada Crimea, Potemkin no halló nada mejor que hacer pueblos de fachada a lo largo de la ruta (tipo Hollywood), los que mirados a la distancia parecían reales e idílicos, todos los cuales por supuesto escondían la realidad de pobreza y devastación por la guerra.

Entre los grandes tramposos electorales de la historia está el dictador nicaragüense Anastasio Somoza. Su frase más famosa era, “ellos ganaron la elección, pero yo gané el conteo de votos”.

Esta frase, sin embargo, es una simplificación de la anécdota atribuida al dictador comunista Stalin, que cuando le preguntaron sobre la importancia de las elecciones, contestó: “Es suficiente con que el pueblo sepa que hubo una elección. El pueblo que vota no decide nada. Es la gente que cuenta los votos la que decide todo”.

Así, otra estrella en el firmamento de los tramposos totalitarios, Josep Goebbels, declaraba que: “Es el derecho absoluto del Estado de supervisar la formación de la Opinión pública”.

De estos mentores, que inspiran a algunos remedos locales, destaca el infame dictador Josep Mugabe, que refinó la técnica para apañar elecciones y nos enseñó que es una coreografía en varios actos; lo primero es empezar con anticipación; penetrar la prensa con periodistas afines; colocar jueces electorales amigos, que cohonesten el proceso; evitar la violencia a toda costa, basta que el triunfo sea plausible y el día de la elección “declare que el pueblo ha hablado y nunca mire hacia atrás”.

Por eso propongo nombrar padrinos del proceso constitucional de la NM a Potemkin, Goebbels y Mugabe. Ni a ellos se les habría ocurrido inventar un Consejo de hombres buenos, que actúe de mirón y acusete, pero que cuando mira y acusa lo ningunean; crear cabildos de tramoya, en que lo único importante es el acta que levante un amanuense del gobierno; en que la audiencia será un grupo de fanáticos chavistas, que de Derecho Constitucional saben poco y nada, pero que de manejo de barras bravas saben mucho, y aquellos oportunistas a los que les interesa dejar escrito en piedra alguna ventajilla particular.

Mi predicción es que este sainete va a terminar con un gran discurso, en que el Potemkin de turno se congratulará por un proceso ejemplar, y pretenciosamente, nos informará que el pueblo ha participado masivamente; ha hablado, libre y espontáneamente, y, para sorpresa y regocijo de la Presidenta, ha concordado enteramente con las convicciones de la Nueva Mayoría.

Nuestra Constitución tiene un mecanismo de modificación. No es un documento grabado en mármol, pero como toda Constitución de un país civilizado, que cree en la estabilidad institucional, su modificación requiere mayorías calificadas y no simples, como una ley común. Así, EE.UU., que inventó la Constitución moderna, exige aprobación de 2/3 de ambas cámaras y después, de ¾ de los estados, para asegurarse de que la modificación es consensual y no parte de un delirio colectivo transitorio.

Teniendo un Congreso democrático y una Constitución, que ha dado estabilidad y progreso a Chile, que el Gobierno pretenda crear una parodia de participación para supuestamente averiguar cuál es la voluntad popular, me parece un tongo de cuarta categoría. Si el Gobierno tiene una propuesta de reforma, que sea honesto y la someta al procedimiento del Capítulo XV de la Constitución, pero que no la disfrace como la opinión del pueblo, para así arrinconar y amenazar al Congreso.

Chile es legalista. De hecho, Neruda decía que en Chile no habría revolución hasta que no se publicara en el Diario Oficial.

Por eso, como abogado que respeta el Derecho, no me trago esta pantomima. Yo no fui a ver a la Virgen de Villa Alemana y tampoco me van a calzar con estos cabildos jurel tipo salmón. Este proceso está bien para cualquier cosa, menos para reformar la Carta Fundamental de un país serio. Y solo merece indiferencia de cualquiera que se diga demócrata, republicano y constitucionalista.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad de los autores y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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