Pospinochetismo

La reciente discusión en torno a la petición de perdón de parte de algunos procesados por violaciones a los derechos humanos, denota que en Chile seguimos bajo los clivajes políticos de un período que parece perseguirnos como un lastre. Y esto no se trata de negación sino de la forma en que la historia de 30 o 40 años atrás, marca nuestra presente discusión política más coloquial, lo que se ve reflejado en el hecho de que jóvenes, con espinillas de muy poca data, se estén definiendo políticamente en base al clivaje Allende-Pinochet.

“esta lógica nos impide reflexionar políticamente en serio, en base al presente y sobre todo con miras al futuro”

Las posiciones adoptadas por estos jóvenes carecen de reflexión política y responden más bien a actos de fe, como quien adhiere a una barra brava por costumbre, por tradición o por desconocimiento. Ello explica su nulo criticismo con respecto a otras dictaduras y también en parte su peligrosa disposición al autoritarismo, tal como dejó en evidencia una reciente encuesta de la Universidad Diego Portales. Pero esto se explica por el congelamiento al que la reflexión política en Chile ha sido sometida, por la comodidad de quienes detrás de cualquier discusión presente, retornan a la dualidad de 1973 como punto de inicio. Así, nuestra política se sigue constituyendo sobre un eje binario centrado en la figura de Pinochet, a partir de la cual se forjan identidades políticas mutuamente excluyentes. Nada más existe bajo ese prisma. Como decía Nietzsche «no nos habremos liberado de dios si todavía creemos en la gramática». Y es que cada tanto, volvemos a la lingüística polarizada y beligerante de hace 40 años, donde los fachos y los comunachos se constituyen como los sujetos políticos de excelencia. Pero son abstractos, no tangibles. Así, lo que se crea no es una política en serio, que asume los antagonismos concretos y los reconoce, sino una de ficción, engañosa, de molinos de viento, basada en abstracciones. Esa es la puerta para que surjan aquellos que finalmente terminan por destruir el juego político, inclusive en nombre de la Humanidad, la Patria o la lucha contra el Neoliberalismo. Entonces no es raro que jóvenes que solo han vivido bajo las lógicas democráticas, enarbolen cánticos infantiles e irresponsables a Che Guevara o  dediquen seudo poemas a Fidel Castro. Tampoco que otros tanto definan su filiación política, no en base a una reflexión ideológica personal, sino en base a la pertenencia tradicional a cierta posición, es decir y paradojalmente, bajo un claro criterio marxista. Así, seguimos entrampados bajo la gramática que llevó al quiebre democrático en Chile. Lo peor es que ese discurso sigue siendo alimentado por jóvenes líderes que se presumen demócratas y además políticos, pero que no miden los posibles efectos de su retórica sectaria, bajo sus aires revolucionarios y de profetas de alta moral. Lo peor es que esta lógica nos impide reflexionar políticamente en serio, en base al presente y sobre todo con miras al futuro para pasar a lo que podríamos llamar la era del postpinochetismo.

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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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