Posmo-liberalismo

El prójimo tiene un núcleo de preferencias tan irreductibles como las nuestras y respecto de las cuales el diálogo puede resultar un pasatiempo divertido, pero a la vez impotente, ineficaz, si lo que se persigue es modificar esas preferencias. No se trata solo de una consideración utilitaria, de eficacia del discurso. Hay algo más.

Conviene pensar hasta qué punto querer convertir a otro a nuestras preferencias significa negar la propia individualidad e incluso la dignidad de ese otro. Me pregunto si reconocer al prójimo como un igual conlleva congruentemente renunciar al deseo de someterlo. No se trata simplemente de tratar con indulgencia a nuestros hermanos -pobrecitos- que viven en el error, como tratamos con indulgencia a la abuela loca (“sí, sí abuelita, es tal como usted dice”). Sino reflexionar hasta qué punto un auténtico respeto por el otro -por la dignidad del otro- exige renunciar a la idea de que poseemos acceso privilegiado a una realidad objetiva; renunciar a la idea de que nuestros desacuerdos explicativos pueden ser resueltos mediante la apelación a argumentos cuya validez no depende de nosotros (Maturana).

La renuncia a la pretensión de universalizar nuestras preferencias conlleva la idea de des-politizar, de reducir sin complejos la república en favor de lo que despectivamente Deneen llama “res idiotica”. Vale decir: privatizar.

Me parece que con lo dicho quedo situado en la sustancia de lo que deseo expresar con la palabra “posmoliberalismo”.

Pienso que los liberales deberíamos asumir alegremente el final de la verdad y de los valores trascendentes, desprendernos -como dice Jameson- de unos universales que ya no necesitamos. Sin alharacas. Un liberalismo ateo, antimetafísico y antidealista. Los liberales debemos aprender a bailar sobre el abismo. Reemplazar el liberalismo clásico por un liberalismo alciónico.

Esto que digo, desde luego, pondrá los pelos de punta a los conservadores. Los conservadores momifican en su psique su momento preferido de la cultura y lo proyectan prepotentemente hacia la eternidad. Pero a los pobres conservadores les toca siempre vivir otro momento de la cultura. Son los eternos desfasados. Los anacrónicos. Por eso fracasan siempre y se transforman en abuelos gruñones para los que todo tiempo pasado fue mejor, y que rabian porque nadie les hace ya caso. Oscilan entre la sensación pesimista de decadencia y la esperanza ingenua de una regeneración, de un retorno a la Arcadia feliz, a “su” momento de la cultura. O, bien, se convierten en ridículos predicadores de miedos apocalípticos. En anunciadores vociferantes de terrores del año mil. Hay conservadores que hacen uso y abuso de la pendiente resbaladiza (pienso en el reciente libro de Deneen). Todo abandono o menosprecio negligente o deliberado de sus reliquias culturales tendrá efectos deletéreos sobre la humanidad. Como si la metafísica o el Derecho natural nos protegiera contra algo. Como si hubieran protegido a la humanidad, alguna vez, contra algún mal.

Pero incluso aquí puede haber puntos de convergencia. Despolitizar la sociedad exige retomar la crítica a la democracia. Aquí los conservadores tienen un punto a su favor. La renuncia a las ontologías trascendentales, la renuncia a la verdad, el abandono de los universales ha entronizado a la democracia como único medio de resolver nuestras diferencias políticas. El último tribunal de apelación de una Polis abandonada por los dioses. Los conservadores se acordarán de Antígona y dirán que “hay leyes no escritas, inmutables, de los dioses: su vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre”, y toda esa cháchara inútil. Los liberales tal vez podríamos decir que la mera participación en la deliberación democrática no es suficiente para asegurar la bondad de método, ni compromete nuestra adhesión al resultado. Sobre todo, si nos atrevemos a admitir que las preferencias están ancladas en un estrato prerracional -emotivo- poco permeable a los argumentos. Tarde o temprano la deliberación democrática queda clausurada por una votación que sigue siendo un acto de fuerza de la mayoría contra la minoría.

Liberales y conservadores podríamos concordar -si bien por motivos distintos- en que hay que reducir cualitativa y cuantitativamente los asuntos sujetos a deliberación democrática: En una palabra: Privatizar. Esto resulta especialmente urgente cuando asuntos privatísimos como la dieta ¡la dieta! empiezan a ser abarcados también por el régimen de lo público.

Este programa privatizador tiene otra variante: el abandono de la plaza pública. Propongo a los liberales un recogimiento o repliegue sobre uno mismo. A trabajar sobre sí mismos, en lo que Michel Onfray llama la escultura de sí. Debemos prepararnos no para alcanzar el poder, sino para enfrentar al poder. Y eso requiere que cada uno se forje una individualidad poderosa. Como dice Onfray sólo la construcción de un individuo radiante, soberano, solar y libertario es realmente revolucionaria. El enemigo no es el Estado, el enemigo es el poder y el poder está en todas partes. Las resistencias deben instalarse ahí donde aparezca el poder.

“Dudar supone admitir la posibilidad de estar equivocados. Es también un ejercicio de humildad.”

Nuestra función no es propositiva, sino crítica. Desconfiemos de los liberales que tienen programa. Los liberales debemos aportillar el poder. Partiendo por aportillar las certezas. Las nuestras incluso. Porque las certezas son también cadenas. Como Sócrates, debemos ser tábanos, sujetos irritantes. Debemos sembrar dudas. La duda es el mejor antídoto contra el fanatismo liberticida. La duda impone prudencia, tacto, incluso una saludable timidez en el trato con el prójimo. Dudar supone admitir la posibilidad de estar equivocados. Es también un ejercicio de humildad.

Quiero concluir con unas palabras de Humberto Maturana, un científico, pero también un humanista. Él dice que nuestros desacuerdos son una invitación a una reflexión responsable en coexistencia, en lugar de la negación irresponsable del otro. La batalla cultural más importante es la que libramos dentro de nosotros mismos. Si primero somos capaces de admitir nuestro propio desamparo, será más fácil ver en el prójimo a otro desamparado y tenderle la mano.

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Claudio Palavecino (autor invitado) es abogado y profesor de la Universidad de Chile.

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Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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