Publicado el 02.10.2017

Populismo, patología de la democracia

Por: Jorge Gómez Arismendi

El populismo es un fenómeno complejo de abordar. Ha sido estudiado desde diversos enfoques que, sin embargo, no han logrado enmarcarlo de manera definitiva. No obstante lo anterior, como plantea Müller una de las características clave de los populistas es que tienden, en general, a mostrarse como los únicos capaces de cumplir las promesas (¿incumplidas?) de la democracia. Esto incide en que muchos vean al populismo como una variante válida y legítima dentro de las dinámicas democráticas. Sin embargo, dicha peculiaridad podría indicar no una variante más de la democracia, sino que un síntoma del debilitamiento de sus bases en un contexto de crisis política. En otras palabras, el síndrome populista podría indicar una perversión de la democracia misma.

Es importante entender que la democracia no solo se conforma de procedimientos electorales sino también, y esencialmente, se constituye en base a un discurso que tiene relación directa con su raíz etimológica conformada por las palabras kratos (poder) y demos (pueblo) desde la cual surgirá, posteriormente, la noción de soberanía del pueblo como base de legitimidad del régimen político democrático moderno en contraste con otras formas de gobierno. Como planteaba Robert Dahl «el término deriva del griego demokrati, acuñado a partir de demos (“pueblo”) y kratos (“gobierno”) a mediados del siglo V a.C. para denotar los sistemas políticos entonces existentes en algunas ciudades-Estado griegas, sobre todo Atenas».[2]

La consideración literal de esta noción etimológica de Sartori, no solo impide entender las diferencias entre la democracia de los antiguos y los modernos junto con los límites a la noción de soberanía popular,[3] sino que conlleva un problema difícil de resolver que tiene relación con el concepto mismo de pueblo. Es por eso que preguntas como ¿quiénes son el pueblo? o ¿quiénes deben gobernarse? o ¿quiénes representan al pueblo? son frecuentes y sin respuesta precisa en las democracias modernas, por lo que los diversos actores políticos deben disputarse, mediante elecciones periódicas y un debate político permanente, el apoyo de un gran número de individuos para así poder adjudicarse la representación del mayor número de voluntades. Esta pugna, para encarnar la máxima representación, conlleva una lucha en torno a los discursos predominantes, la cual es una de las bases del proceso democrático en tanto alimentan la polémica[4] política inconclusa, o lo que el filósofo Lefort denominaba el debate sin fin de la incertidumbre democrática.

En otras palabras, el principio de mayorías que constituye una de las bases del sistema democrático moderno tiene sentido en tanto el debate político siempre es inconcluso y no totalizado. No obstante, al ser considerada solo la raíz etimológica de la democracia, este importante detalle no es considerado y la democracia junto con la representación, son mal entendidas como el dominio absoluto de una facción contingente sobre otras facciones menores. Entonces, como plantea Todorov «el pueblo puede convertirse en una amenaza para la democracia, lo que pone de manifiesto la frecuente oposición entre pueblo y populacho, democracia y populismo».[5] Este detalle no es menor si consideramos que la dinámica populista pretende clausurar dicha polémica democrática mediante la imposición de una noción de pueblo en función de un caudillo, desde la cual se excluye del espacio público a cualquier opositor a través de un creciente monopolio de la palabra.[6] Esto, obviamente, contraviene el principio mismo desde el cual se conforma la moderna representatividad democrática[7] bajo la ilusión de una democracia más directa mediante la cual se ve representado el «verdadero pueblo», que es lo que continuamente prometen los populistas.

“el populista tiende a polarizar el espacio público o los ámbitos de la opinión y tiende también a buscar monopolizarlos mediante una retórica de masas excluyente y dicotómica”

Es importante considerar que cuando se produce una crisis de representatividad en el seno de una democracia, lo que se cuestiona no es solo el aspecto procedimental de la misma ni el quiénes se adjudican la representación del pueblo mediante elecciones, sino quiénes lo representan en términos estrictos y reales. Si la crisis se profundiza, se puede llegar a problematizar la noción de pueblo en función de la soberanía, más allá de los límites institucionales. En otras palabras, el marco discursivo de la democracia representativa se ve dislocado, vaciado de contenido. Es en ese tipo de contextos donde los populistas, tal como plantea Canovan,[8] enarbolan la idea del poder robado a la gente y se muestran como aquellos que restituirán de manera definitiva la soberanía usurpada. Así, se produce la dinámica del síndrome populista, con su exacerbación emocional y moralista, centrada en oponer una élite «corrupta o usurpadora» versus un pueblo puro y casto mediante una retórica altamente dicotómica. Por eso, el populismo es esencialmente, según Müller, «una forma de política identitaria».[9] Ahí donde las identidades políticas, de las cuales depende el pluralismo democrático y la representación, se ven agotadas, se produce el vacío que el populista logra llenar con un contenido demagógico: cumplir lo que la democracia no ha cumplido en nombre del pueblo “verdadero, silencioso, escondido o subyugado”. Esto, que para muchos parece ser una profundización y ampliación de la representación democrática bajo el populismo, en realidad va contra la idea misma de representación democrática y significa la restitución de una política facciosa o lo que Norberto Bobbio denominaba «la representación de los intereses».[10]Esto, pues el o los populistas presumen responder a un mandato directo del soberano, del pueblo, sin mediar ninguna clase de restricción jurídica o institucional ni ninguna clase de competencia político electoral. Es decir, restituyen la lógica del mandato imperativo donde el supuesto mandante es el pueblo, pero en realidad lo es el líder populista y las facciones que lo apoyan. Así, es fácil comprender por qué una vez en el poder, los populistas tienden a actuar discrecionalmente, pasando a llevar frenos y contrapesos institucionales, disponiendo de los recursos fiscales de manera arbitraria para favorecer a sus adeptos, generando una amplia base de apoyos mediante el clientelismo político. Esto explica que el populismo sea además de una forma de política identitaria altamente moralista, una forma profundamente antipluralista. Ello conlleva a que una de las características del discurso populista sea el desprecio hacia lo procedimental de la democracia y la exacerbación de los aspectos emocionales de lo político, que se traduce en una exacerbación de la tensión política que la democracia busca enmarcar.  Por eso el populista tiende a polarizar el espacio público o los ámbitos de la opinión y tiende también a buscar monopolizarlos mediante una retórica de masas excluyente y dicotómica. Lo que Müller llama «anti pluralismo moralizado».[11]

En relación a lo anterior, el populismo parecer ser una forma histriónica de hacer política que puede surgir ahí donde la representatividad entra en crisis y en la cual la razón pública es desplazada por la pasión desmedida e histérica del mesianismo político. El debate y la polémica son reemplazados por el monólogo, muchas veces irracional del populista, donde predomina lo que Weber denominaba la ética de la convicción en desmedro de la ética de la responsabilidad.[12] Esto daría sentido a catalogar el fenómeno como un síndrome propio de lo que algunos denominan democracias fatigadas, donde surge aquello que los griegos denominaban como «hybris».[13] Así, las quejas con respecto a las élites, la clase o la casta política, tienden a ser similares sin importar el espectro ideológico del cual provenga el supuesto redentor del pueblo. Barrer a los políticos, iluminar la política o resolver los problemas reales de la gente, son distintas formas de despreciar la política democrática pluralista que se enarbolan, en distinta medida, desde los discursos populistas frente a las propias expectativas democráticas que se consideran no cumplidas y que los liderazgos populistas prometen resolver. La paradoja es que la supuesta solución que prometen estos adalides, en ningún caso va a aumentar la democracia ni va a mejorarla, sino que puede resultar peor que la enfermedad.

 

Referencias

Bobbio, N, «Las promesas incumplidas de la democracia», Debats, núm. 12, junio de 1985, pp. 32-36.

Canovan, M, «Populism for political theorists? », Journal of Political Ideologies, vol. 9, núm. 3, 2004, pp.241-252.

Constant, B, Principios de Política aplicables a todos los gobiernos representativos, Madrid, Editorial de José Rodríguez, 1890.

Dahl, R, «La Democracia», Postdata, núm.10, diciembre de 2004, p.11. Disponible en http://www.revistapostdata.com.ar/2012/01/postdata-n-10-diciembre-2004/

Lefort, C, Democracy and Political Theory, Cambridge,Polity Press, 1988.

Manin, B,The Principles of Representative Government,New York, Cambridge University Press, 1997.

Müller, J.-W, «El Populismo necesita enemigos; la democracia requiere oposición». Letras Libres, junio de 2016, pp.8-12.

Sartori, G,¿Qué es la democracia? México,Alianza, 1993.

Todorov, T,Los enemigos íntimos de la democracia, Galacia Gutemberg/Círculo de lectores, 2012.

Weber, M, El político y el científico, Madrid, Alianza Editorial, 1979.

 

[1] Bobbio, N, «Las promesas incumplidas de la democracia», Debats, núm. 12, junio de 1985, pp. 32-36.

[2] Dahl, R, «La Democracia», Postdata, núm.10, diciembre de 2004, p.11.

[3] Constant, B, Principios de Política aplicables a todos los gobiernos representativos, Madrid, Editorial de José Rodríguez, 1890.

[4] Polémica viene del griego Polemos.

[5] Todorov, T, Los enemigos íntimos de la democracia, Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2012, p.145.

[6] Para mayor detalle véase «Decálogo del Populista», Fundación para el Progreso, 2015. Disponible en http://fppchile.org/wp-ccontent/uploads/2015/05/Decalogo-del-Populista.pdf

[7] Manin, B,The Principles of Representative Government, New York, Cambridge University Press, 1997.

[8] Para mayor detalle véase Canovan, M, «Populism for political theorists? », Journal of Political Ideologies, vol. 9, núm. 3, 2004, pp.241-252.

[9] Müller, J.-W, «El Populismo necesita enemigos; la democracia requiere oposición». Letras Libres, junio de 2016, pp.8-12.

[10] Bobbio, N, «Las promesas incumplidas de la democracia», Debats, núm. 12, junio de 1985, pp. 32-36

[11] Müller, J.-W, «El Populismo necesita enemigos; la democracia requiere oposición». Letras Libres, junio de 2016, pp.8-12.

[12] Weber, M, El político y el científico, Madrid, Alianza Editorial, 1979.

[13] «Los antiguos griegos consideraban que el peor defecto de la acción humana era la hybris, la desmesura, la voluntad ebria de sí misma, el orgullo de estar convencido de que todo es posible. La virtud política por excelencia era exactamente su contrario: la moderación, la templanza». Todorov, T, Los enemigos íntimos de la democracia, Barcelona, Galaxia Gutemberg, 2012, p.13.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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