Política galuchera

Hoy la política se ha convertido en un show y el que mejor juega las reglas del espectáculo es aquél que recibe más atención. Una política faranduleada donde hasta las peores ideas prenden si se saben escenificar bien. Así, los incentivos para el buen trabajo político se han ido desvaneciendo, siendo reemplazados por dinámicas de matinal que premian el aplauso fácil, ese que les permite a los políticos mantener la cuotita de poder con la que se ganan la vida a costa de impuestos pagados por todos los chilenos.

El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente, decía Lord Acton, famoso político e historiador inglés que nos invita a reflexionar sobre la importancia de las reglas en nuestra sociedad. Como la naturaleza humana siempre tiende a corromperse cuando se hace del poder, entonces es esencial limitar a los poderosos bajo una serie de reglas “constituyentes” que eviten al máximo esa tendencia al abuso.

Este es el origen más profundo de una Constitución: la creación de instituciones y el reconocimiento de derechos, orientados a limitar y controlar el poder político. La Constitución es el guion teatral con el que la ciudadanía va dirigiendo democráticamente nuestra narrativa de progreso, estableciendo instituciones robustas para que los diversos actores políticos cumplan bien su papel en el ejercicio dramático de administrar conflictos sociales. La política tiene mucho de teatro.

Sin embargo, ni los guiones de Shakespeare o Calderón son lo suficientemente buenos si estos no son interpretados por actores diciplinados que se aprendan las líneas, estudien, ensayen, emocionen, den sentido. En vez de eso, nos tienen acostumbrados a una comedia barata, donde en vez de personajes complejos, que inspiren, que lideren; hoy han tomado protagonismo los bufones, esos que corren con capa rosada, consiguiendo el aplauso fácil.

Los actores mediocres siempre culpan al guion. Y eso fue justamente lo que hizo nuestra clase política cuando en vez de hacer una autocrítica profunda a su desconexión total con la ciudadanía, prefirió imputar toda la culpa a un papel con tinta llamado Constitución. Un cuerpo normativo que por muy supremo que sea, se termina convirtiendo en letra muerta si los actores se caen al galucheo.

Hoy vivimos la oportunidad histórica de redefinir democráticamente un nuevo guion constitucional para Chile. Sin embargo, si no complementamos esta oportunidad de reescribir nuestra trama social con un profundo cambio de estándar que reivindique la labor política, este proceso solo profundizará aún más la desilusión social que provocan los bufones que hoy dominan la escena.

Me niego a creer que un país que fue capaz de resolver democráticamente una transición pacífica a la democracia, hoy crea que el arlequín es el arquetipo político que necesitamos. La cultura del show lleva a la cultura del resquicio, del abuso y la corrupción. Es este el camino, decía Aristóteles, que desvanece la democracia en una tiranía.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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