Patriotas y fascistas

Después de tres días en Buenos Aires, entregados completamente a frivolidades y placeres —¿qué juicio caerá sobre esto?—, un sentido de pseudotrascendencia, y de ahorro monetario, me hizo evitar perder el avión en la mañana del domingo 17 para llegar a votar ami país. Acá, ejercí mi «deber cívico» (a?) para luego, ansioso, esperar los resultados. Ya temprano, apenas quince minutos después del cierre de las mesas, las tendencias eran claras por lo que empezaron a aparecer las diferentes teorías explicando el triunfo del candidato de la derecha.

Más allá de esto, y de lo repulsivo de escuchar a los comentaristas repetir sin ningún pudor, una y otra vez, el adjetivo «republicano» —incluso se llegó a decir que el hecho de los teléfonos de los presidentes tuviesen cables era algo «muy republicano»—, lo más increíble fueron las reacciones de quienes perdieron: además de los decadentes y explícitos comentarios fascistas a los que ya nos tienen acostumbrados los diputados comunistas —y, esta vez, algunos miembros de la farándula—, más interesante es destacar el fascismo solapado que desató este resultado. Un ejemplo fue un comentario de Gabriel Boric en televisión. Ahí, el diputado criticó a Catalina Parot por usar la palabra «patriota» mientras ella intentaba hacer un llamado a que diferentes bandos se escuchen y busquen acuerdos. La palabra «patriota» era, para Boric, sinónimo de milicia, pinochetismo o nazismo, quién sabe. ¿Tendremos que esperar un proyecto de ley del Frente Amplio pidiendo reemplazar de los textos escolares la palabra «patriota» para referirse a O’Higgins y a los Carrera por quizás qué adefesio de palabra? Y ojo que no estoy delirando: cuestiones similares ya han ocurrido en Estados Unidos con las palabras nigger e indian. Simplemente censura barata que sepulta la realidad y los conflictos —y, por lo tanto, los agrava—. Pero lo peor se vio en las redes sociales.

Allí, diferentes personalidades desparramaban la inquisidora pregunta: «¿Votaste por Piñera acaso?». Algunos respondieron ignorando, pero otros cayeron y se rebajaron: «No, nulo», o «no, por Guillier». ¿Nuevos sacerdotes estos inquisidores? ¿No eran «tan demócratas»? Y esto se vio exacerbado en aquellos comentarios de «tristeza» viralizados. No por perder, algo entendible, sino que porque la elección reflejaría «un país donde la competencia es más importante que la colaboración» —¿acaso Piñera va a prohibir la Teletón, el Hogar de Cristo, las donaciones o hacer lo que uno quiera colaborando con quien quiera? ¿Desde cuándo son excluyentes o dónde se refleja esa supuesta jerarquía?—, uno que fomentaba la división y un sinnúmero de otras caricaturas moralistas. En fin, ¿cómo es que alguien se puede atrever a tratar de mala persona a otra por un simple voto en una elección como ésta, la reciente? Buenismo, fascismo solapado.

 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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