Patricio Aylwin: El último político

Restablecer la política, el diálogo, es una tarea difícil en un contexto donde predomina la noción de que no hay adversarios, sino enemigos. Lo que algunos ven como claudicación, falta de convicción o traición por parte de Aylwin, en realidad fue la demostración de que en política, el medir los efectos de actos y decisiones debe primar sobre la demagogia y la simple convicción.
 
Aylwin demostró su alta vocación política, esa mezcla entre pasión y mesura, en la forma en que contribuyó a terminar con la dictadura de Pinochet. Ese fue quizás el principal desafió en su vida y lo trató de cumplir de una manera responsable: evitando más derramamientos de sangre. Conforme a sus convicciones y experiencia, tenía claro que la violencia no sería la forma de volver a una democracia..
 
En tiempos donde prolifera el simple voluntarismo con forma de retroexcavadora, con la arrogancia de aquellos que desde la comodidad del presente se presumen jueces morales de la historia, la figura de Aylwin debería recordamos lo que implica tener verdadera vocación política, esa mezcla entre convicción y responsabilidad.
 ⋅
Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad de los autores y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


Comparte esta publicación: