Partió el mejor de todos

Estos días de duelo permitieron a los chilenos agradecer la excelsa y prolongada contribución de don Patricio Aylwin al país, así como celebrar su decencia, mesura, modestia y espíritu unificador. Pero estos días permitieron algo más: contemplar la reaparición, por primera vez en mucho tiempo, de otro Chile, de uno mayoritario, invertebrado, variopinto y orgullosamente republicano, que en raras oportunidades sale a las calles a manifestar sus sentimientos.
 
No se trató ahora de los chilenos que, con energía, y a veces con indignación o violencia, suelen marchar para exigir bonos, condonaciones o servicios gratuitos, o bien para denunciar abusos de empresas o el desprestigio de los políticos. Se trató de un sector que los jóvenes no conocen y algunos mayores olvidaron: el Chile republicano. Lo vimos aparecer en las calles (aunque la mayoría de ellos siguió las ceremonias fúnebres por radio o TV) sin que ningún partido, sindicato o autoridad lo convocara, sin alzar la voz ni romper un vidrio. Es un Chile inspirado por su gratitud e identificación con un admirable político que pertenece a todos.
 
Tanto esfuerzo desplegado últimamente por los estrategas para arrastrar gente a actos partidarios, marchas o cabildos, cuando ella estaba dispuesta a salir a la calle si el objetivo era noble. Así aparecieron de súbito miles que querían despedir a un líder íntegro e integrador, que sueñan con políticos probos, esperan se acabe la política como industria del odio y confían en la recuperación del diálogo cívico. Pero esta gente dejó traslucir sobre todo un anhelo básico: recuperar el orgullo por su patria, vivir en un Chile capaz de prosperar con justicia, seguridad y libertad, y contar con una clase política proba y capaz de superar las discrepancias de toda república mediante el diálogo.
 
Nuestros políticos hablaron mucho esta semana sobre el ejemplo que deja Aylwin en materia de decencia, coraje y reencuentro nacional. Ahora les corresponde practicar aquello que celebraron. Tal vez lo primero que deben hacer es recordar a Aylwin íntegramente, no de forma sesgada. Es cierto, Aylwin fue el primer Presidente de la transición, pero también el gran adversario de Salvador Allende, cuyo gobierno dividió a los chilenos y destruyó la economía con “la vía chilena al socialismo”. Aylwin, al igual que la DC, se opuso a la Unidad Popular y respaldó el golpe de Estado. Y hay que contar la historia como fue: en esto estuvo con el centro, la derecha y la mayoría del país.
 
La grandeza de Aylwin estriba en que supo reconocer que se equivocó al suponer que los militares devolverían pronto el poder a los civiles, y en que rectificó y luchó por la democracia sin rencores ni sed de venganza. El coraje civil de don Patricio lo engrandece y hace diferente: asume su historia, explica por qué estuvo contra la izquierda en la UP y justificó el golpe, y por qué se alió con la izquierda en dictadura. Aylwin reconoce errores, pide perdón y cambia, y no trastoca el relato histórico para obtener ventajas.
 
Observando a esa masa ciudadana que salió a despedirlo, uno comprueba que la integra principalmente gente de mediana edad o mayor. Ve menos jóvenes. Esto no debe llevarnos a condenar la ausencia, sino a preguntarnos si los republicanos hemos hecho las tareas ante nuestros hijos, sobrinos y nietos, ante la juventud. Y nos lleva a preguntar a los políticos si muchos no convirtieron ya sus curules en trincheras, y las elecciones internas, en un mecanismo para perpetuarse en los cargos.
 
El ex Presidente exhibió otras características que valoramos casi sin darnos cuenta. Por un lado: su respeto por la dignidad de su alta investidura. Sabía que en la república importan las formas. Por otro lado: el modo en que cultivó y cuidó el lenguaje. En rigor, Aylwin fue un orador elegante, agudo y lógico, lo que realzaba su autoridad. Cada Presidente deja un legado lingüístico, que perdurará en el tiempo para bien o para mal. Y él lo sabía.
 
Aylwin tenía conciencia de que a un Presidente no se lo evalúa por las intenciones sino por sus resultados; y era un convencido de que en Chile no sobra nadie, que diversidad y justicia enriquecen, y que nadie monopoliza la verdad. Sabía por experiencia que no disponemos de un país de repuesto en el maletero, que tanto en la vida como en la política a menudo menos es más, y que, como dice Michel Houellebecq, cuando la realidad se levanta sobre la mentira y falla la realidad, solo queda la mentira.
 
El ex Presidente se fue. Lo extrañaremos, pues representa todo lo que hoy nos falta. Ítalo Calvino dice que un clásico es una obra que nunca termina de decirnos cosas nuevas. En ese sentido, don Patricio Aywin es un clásico: dialogará durante mucho tiempo con Chile. Y será un interlocutor exigente.
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Las opiniones expresadas en la presente columna son de exclusiva responsabilidad de los autores y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.

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