Pablo Paniagua: La descomposición de la democracia representativa

Las tendencias y las dinámicas políticas ya están establecidas hacia un rápido proceso de descomposición de la democracia representativa, marcado por cuatro elementos perniciosos que van a determinar el futuro de nuestra vida en común.

Tal como octubre del 2019 pasará a la historia marcando un antes y un después en la política nacional, julio del 2020 también hará lo propio, sobre todo con relación al hacer política y política pública en Chile. El nivel miserable de la argumentación, la falta de racionalidad política y económica y la chacota o farandulización del debate público —vivido durante un difícil julio del 2020 en el Parlamento— marcan un nuevo punto aún más bajo en la forma reciente de resolver nuestros asuntos públicos. Poco importa ya el resultado, pues las tendencias y las dinámicas políticas ya están establecidas hacia un rápido proceso de descomposición de la democracia representativa, marcado por cuatro elementos perniciosos que van a determinar el futuro de nuestra vida en común.

Primero, Chile está cegado por la tiranía del simplismo, que se viene arrastrando desde hace más de una década y que tiene su origen en las movilizaciones estudiantiles del 2011. Este simplismo que afecta al país consiste en tener la convicción obcecada de que todos los fenómenos sociales complejos que nos afectan pueden ser reducidos a, o incluso resueltos, por consigas superficiales (slogans) o por un mero factor de índole subjetivo o supuestamente moral. Chile y, sobre todo las generaciones más jóvenes, han dejado de pensar de forma crítica nuestros problemas comunes, guiándose por lógicas dicotómicas o binarias: apruebo/rechazo, bueno/malo, elite corrupta/pueblo bondadoso, dignidad/desigualdad, lucro/no lucro, etc. Pareciera como si todo el país viviera en una cámara de eco creada por Facebook, donde se exacerba la polaridad conceptual y basta con patalear en la calle, o poner ‘el pulgar hacia arriba’ o ‘hacia abajo’ para resolver nuestros problemas comunes. Este simplismo y la mera convicción moralizante parecieran ser las nuevas formas de resolver los problemas sociales en Chile, renunciando a la evidencia, a la técnica y a la racionalidad. Así, los falsos profetas y los demagogos resultarán insustituibles, mientras que los técnicos y los expertos serán rechazados.

Segundo, políticos y parlamentarios guiados por este mismo simplismo han renunciado completamente a la racionalidad técnica y a los consejos de sus expertos (economistas, constitucionalistas, filósofos, etc.). Sintomático de lo anterior fue la votación del 15-J, en la que prácticamente todos los técnicos, de todos los sectores políticos, subrayaron ad nauseam lo malo y regresivo del proyecto de pensiones, su cuestionada legalidad, y, por ende, que la propuesta del Ejecutivo era superior. Por desgracia, ningún experto, ni progresista ni conservador, fue realmente escuchado. Estábamos acostumbrados a que la renuncia a la ciencia y la técnica fueran típicas de sectores radicales y polarizados tanto de izquierda como de derecha, que no tenían mucha cabida en la discusión pública. Hoy, la situación es gravemente la inversa: la tecnocracia, la ciencia y los números pasaron a no tener cabida en el debate público, mientras que la demagogia, el buenismo y el simplismo pasaron a monopolizar el ambiente. El resultado es un desierto intelectual en la política, en donde no hay ideas, ni verdaderas convicciones, ni tampoco respeto por el saber técnico. En menos de una década Chile sencillamente se embruteció.

Tercero, y quizás aún más preocupante, es la profunda descomposición de nuestra democracia representativaHacer política en Chile se ha degradado a la superficialidad de atender a las supuestas “reales necesidades de la gente” a como dé lugar. Los políticos han dejado de cumplir su rol fundamental de largo plazo, que es proponer visiones de país, de la mano con políticas públicas racionales que los sustenten. Los acontecimientos de julio demuestran que hoy los políticos son simples megáfonos de los antojos e intereses transitorios que se expresan tanto en las calles, a través de la violencia, o en Twitter. Lo ocurrido en el Congreso es reflejo de la descomposición de la democracia representativa; la constante superficialidad política de parlamentarios que apelaban al supuesto “llamado de la gente” como único criterio válido y suficiente para resolver nuestros problemas comunes. En resumen, se ha claudicado el hacer política responsable, a ratos hasta impopular, para someterse a la volátil tiranía de las audiencias y de las redes sociales. El precio será el bienestar social de todos los chilenos.

Al convertirse en estos “megáfonos del pueblo”, los políticos han renunciado a su rol en una democracia representativa, que —como bien nos recuerdan Habermas, Sartori y Mill— es establecer frenos racionales y procesos críticos de deliberación, en los que se puedan encausar racionalmente las pulsiones y los intereses fugitivos de la ciudadanía y así darles un valor ‘agregado-político’ que vele por el bienestar social de todos. Cuando esto no ocurre, la democracia representativa pierde su norte, tornándose superflua y abriendo paso a la ley de la selva del que grita más fuerte en política. Quizás lo más preocupante de lo ocurrido en el parlamento es que hemos renunciado a la real función de la democracia representativa. Como bien lo reconocieron Mill y después Ortega y Gasset, la clave de un gobierno representativo es no dejarse llevar por las meras pulsiones del pueblo o por los vaivenes emocionales de la ciudadanía, sino que procesar dichas pulsiones y emociones, para darles un cause racional y sustentable a través de la deliberación política. Para la viabilidad de la democracia es fundamental controlar y encausar los excesos emocionales y moralistas del régimen popular y representativo. De lo contrario, como nos advertía Mill, “la tendencia natural del gobierno representativo, así como de la civilización moderna, es la de ir hacia una mediocridad colectiva”. Pareciera que Chile ya se encuentra inmerso en dicha mediocridad representativa.

Finalmente, el cuarto factor a no olvidar es que la violencia ya se instauró como mecanismo de extorsión para hacer política pública. Días antes de las votaciones del 8-J y del 15-J, parlamentarios de oposición ya advertían que, si el retiro de los fondos de pensiones no se aprobaba, entonces vendría un “nuevo estallido”. Incluso algunos fueron un poco más lejos, como el senador Alejandro Navarro, quien con ribetes amenazantes advertía que “si Piñera veta el 10% tendrá que huir en helicóptero de La Moneda”. Tales amenazas adquirieron una preocupante verosimilitud la noche previa a la votación del 15-J, en donde se vieron ataques coordinados a cuarteles de policía y supermercados. Dicha jornada previa a la votación ha sido la más violenta desde el Día del Joven Combatiente en marzo de este año. Sólo esa noche se registraron: 13 saqueos, 2 ataques a cuarteles policiales, cinco atentados incendiarios, 28 barricadas y 85 detenidos. Estos ensayos de extorsión de las decisiones políticas y de nuestra vida en común, a mano de la violencia y la calle, supondrían un daño estructural irreparable al funcionamiento de nuestra democracia representativa. Existe el riesgo de que la violencia se convierta en la nueva forma de dirimir nuestros problemas colectivos, y que, peor aún, se consolide como el mecanismo principal que determine nuestro futuro proceso constituyente, degradando nuestra democracia y nuestra vida en común a un punto de no retorno.

Tras los últimos hechos de julio, el presente de la democracia representativa en Chile y de nuestra convivencia pacífica se ven amenazados por: el imperio del simplismo, la renuncia a la técnica y el destierro de los expertos ante el nuevo rol de megáfono de los parlamentarios, y la violencia como método de extorsión para poder dirimir nuestros asuntos colectivos. Como bien nos advertía Octavio Paz, “sin libertad, la democracia es despotismo, sin democracia la libertad es una quimera”. Es de esperarse que estemos aún a tiempo de poder rescatar nuestra democracia representativa y de conservar la libertad como realidad y no como un mero recuerdo.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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