Ojo con el vecino

El lunes terminó parte de un proceso extraño para quienes nacimos después de los ochenta. El gris de la dictadura, y la UP, apenas se lograba captar con lecturas o de asomado al escuchar gritos de los más grandes. Se hablaba poco o nada de política en la adolescencia. Torturas, reforma agraria, desaparecidos, Patria y Libertad, MIR, comunistas, podían entrar y salir de la conversación rápidamente. No era un tema generacional. La Unión Soviética o el penal de Caszely eran prehistoria, solo cuentos. Freddy Mercury era alguien del pasado, desaparecido. Ni Los Prisioneros existían. Ni pensar esto para los nacidos en el 2000, combatientes sorpresa del 2019. 

Chile, el Jaguar, esos años tenía a los chilenos subiéndose a aviones, entrando a la universidad y atentos a Francia 98. Entrados los 2000, se durmió. Nos creímos eso de los “ingleses de Latinoamérica”, y por mientras, destruíamos nuestras ciudades y los líderes, ya más viejos, taponeaban y ninguneaban a los jóvenes. Con la Constitución arreglada del 2005 podrían haber hecho mucho. Hicieron poco en pensiones, algo más con la salud y nada con las ciudades. Comiendo caldillos de congrio en Valparaíso, se repartían el Sernac por acá y la división jurídica del Ministerio de Educación para allá. Y mientras, por abajo, se destruían unos mitos y se iban creando otros, con profetas y todo. 

Con las redes sociales todo cambió y, en 2019, ya pasado el 2011, frente a los desmanes escolares en el Metro, no sé a quién se le ocurrió empezar a cerrarlo. Miles de personas volvían a sus casas caminando desde el trabajo, ya tarde, sin transporte, cansadas, hastiadas de los gobernantes, de la Iglesia, de los empresarios y hasta de la ANFP, y les venían a cerrar el Metro. Se las tuvieron que arreglar en esta metrópoli deprimente que es Santiago, que, además, se estancaba económicamente. Fue una locura, una semana completa, hasta el viernes, cuando quemaron miles de estaciones de Metro y todo estalló. Aún no sabemos qué fue eso. 

“Nos entregaron una propuesta constitucional que concentra el poder, desestabiliza el sistema político y nos deja listos para «volver al vecindario»”

Al caos desatado se sumaron miles de chilenos. Azuzada por irresponsables líderes, profetas antes ocultos y políticos ambiciosos, la calle se imaginó a un dictador inexistente, destruyó la ciudad y cuestionó todo. Era entretenido, adrenalínico, llegó incluso a entregar sentido y pertenencia a mucha gente. Fluyó el mito constitucional y después de casi tres años, el lunes, nos entregaron una propuesta constitucional que concentra el poder, desestabiliza el sistema político y nos deja listos para «volver al vecindario». 

A todo esto, nos propone también tener juntas vecinales, constitucionalizadas y con tribunales. Qué miedo. Gane quien gane, habrá que inventar otro mito, porque la geometría no sustituye a los mitos, dijo el poeta. Ojalá inventen un mito que haga sentido, que se pueda alimentar, no mentiras, como dijo el mismo poeta, y no lo hagan «rechazando el pasado». Eso es un «matricidio», como también lo llamó. 

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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"La libertad no se pierde por
quienes se esmeran en atacarla, sino por quienes
no son capaces de defenderla"

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