Nueva Constitución: Utopías duras de matar

Tengo un conocido que siempre se las ha ingeniado para conquistar mujeres estupendas. Cuando uno lo mira, no le ve una particular pinta, tampoco resulta ser demasiado divertido, ni menos millonario, pero los resultados y las imágenes hablan más que mil palabras, la realidad es ineludible: siempre anda bien acompañado.

Intrigado, un día le pregunté cuál era el secreto de su éxito, y el tipo con total tranquilidad y desparpajo me mira, se acomoda en el asiento y se prepara para darme una lección de vida : “Mira Gerardito, todas las mujeres lindas van a cometer al menos un gran error en su vida, y yo quiero ser ese error”.

Las malas ideas son como los virus, siempre andan rondando a la espera de una debilidad, de un traspié o de una coyuntura favorable que les permita convertirse en ese gran error. Ese conjunto de malas ideas que forman una utopía, la última y mas dañosa para la convivencia civilizada y el desarrollo de los pueblos es lo que se conoce como colectivismo. Tuvo dos vertientes que han competido por un lugar en el podio del horror y la miseria, el comunismo y el fascismo.

Por estos lados también les hemos dado otros nombres como revolución bolivariana, castrismo, sendero luminoso, etc. Desde mediados del siglo XIX comenzaron a instalarse en el imaginario colectivo, en la forma de cosmovisiones ideológicas que podían superar la falta de unidad nacional, el exceso de debate de ideas y las crisis económicas asociadas al capitalismo democrático.

Nuestro país no estuvo ajeno a la lucha por las utopías. El fascismo tuvo corta vida porque lo mataron en el seguro obrero, pero las ideas comunistas han permeado la vida e ideas de muchos partidos y hoy, ante la debilidad de Chile, vuelven a florecer como la mala hierba. Son como mi amigo esperando que Chile cometa su gran error.

Gracias a la Constitución, y no a pesar de ella, el desarrollo de Chile de los últimos 30 años ha sido impresionante. El crecimiento económico hizo que el 80% de los chilenos de hoy tenga el nivel de vida del 10% más rico del año 1990. Eso es un salto adelante en términos de igualdad gigantesco. Es un cambio copernicano en superación social. Y eso se nota en la reducción de la pobreza y en la mejora educacional de las nuevas generaciones.

Esto no es casual, la Constitución tiene una columna vertebral que impide las utopías colectivistas porque fortalece al ciudadano y a las instituciones frente a los excesos de la política. La Constitución pone al Estado al servicio de la persona y no al revés; porque reconoce que los seres humanos tenemos derechos anteriores al Estado; porque limita la intromisión del Estado y los políticos que lo administran en nuestras vidas; porque aprendiendo de nuestra historia, limita la capacidad de los políticos de ser irresponsables, emitiendo billetes, ofreciendo lo que no pueden entregar o gastando lo que no tienen.

La Constitución reconoció que una sociedad libre se funda en un gobierno de leyes, con un Estado fiscalizador y legislador, pero no empresario; con un sistema de separación de poderes que establezca frenos y contrapesos al poder estatal y con un sistema de derechos que asegure que las personas puedan desarrollar cada uno libremente su propio proyecto de vida.

Por eso nos debe alarmar cuando un gobierno que ama la utopía y desprecia la realidad, que abraza los prejuicios e ignora la evidencia, pone las energías políticas de un país al servicio de un cambio constitucional -tan inútil como innecesario- y sobre todo cuando no nos dice qué quiere cambiar. Qué es lo que le molesta de una Constitución a cuyo alero se ha desarrollado un país próspero y libre. Por eso, que no le exijan dar buenas razones para mantener la Constitución, exija usted una buena razón para hacerla de nuevo.

Pepe Mujica, el ex Presidente de Uruguay, instruía a los buscadores del Dorado diciéndoles que uno no puede darse el lujo de sacrificar una generación en nombre de una utopía. No sería mala idea que los cínicos de acá -que como mi amigo están esperando el error de Chile- lo escuchen.

Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan las de Fundación para el Progreso, ni las de su Directorio, Senior Fellows u otros miembros.


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